Volar, el deseo eterno


El hombre siempre ha querido volar. Levantar los pies del suelo por sus propios medios y dirigirse hacia donde quiere simplemente con desearlo. Lo cierto es que todos conocemos la sensación porque hemos soñado con ella. Y  recordamos la leyenda de Ícaro y sus plumas derretidas cuando se acercó demasiado al sol.  A Leonardo da Vinci y su prototipo perfecto. Menos conocida es la historia de un sastre francés que murió intentando probar que el traje que había diseñado era el que le convertiría en pájaro, lanzándose desde la Torre Eiffel en 1912.  Y hace unas semanas fue Felix Baumgartner el primer humano que rompió la barrera del sonido en caída libre desde la estratosfera.

Hay muchos ejemplos de sueños, planes y fracasos relacionados con el vuelo humano. Basta con mirar al cielo y comprobar con placer cómo un águila planea sin dificultad en espacios abiertos para que nuestra imaginación la acompañe, aventurando cómo sería estar ahí arriba, bajo sus plumas. Volar, siempre como un deseo insatisfecho.

 

Al final, la mejor manera de hacerlo, la que nos garantiza un ascenso placentero sin más peligro que aquél que nuestro corazón y emociones soporten, son las buenas películas, los libros que amamos o aquellos que descubrimos, y canciones tan evocadoras como ésta de The Cinematic Orchestra, que acompaña las imágenes del documental de Disney The Crimson Wing: Mystery of the Flamingos, en las que la música, si cerramos los ojos,  parece contarnos un cuento con un comienzo delicado y prometedor, al que sigue un nudo que tira de nuestra emoción, para terminar con unas notas de piano tan leves como los saltos que los flamencos dan sobre el agua al aterrizar, caminando de puntillas hasta llegar a tierra, a un lugar donde descansar. Eso es lo que podemos disfrutar si decidimos abrir los ojos y mirar la película.

Pero es imposible olvidar una de las mejores maneras de volar, quizá la menos segura, pero capaz de impulsar más placer e inspiración en nosotros que ninguna otra: la suma del amor y el deseo. Como dice Octavio Paz en “La llama doble” , “no es la eternidad, tampoco es el tiempo de los calendarios y los relojes, el tiempo sucesivo. El tiempo del amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno sólo, de todas las vidas en un instante”. La mejor manera de levantar el vuelo. Sin duda.

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