El blues del vidrio azul

 

Hoy, día de San Valentín, me siento ante mi ordenador tratando de criticar el exceso de color rojo que domina en la hiperdosis de publicidad valentiniana.

Tengo ante mí una botella vacía. De cristal fino, dulcemente azul. La bella sencillez del silicato depurado. Pienso: “Si hubiera existido hace mil años hubiera sido un milagro, pero hoy es un simple objeto desechable y reutilizado”.

La he llenado de de agua limpia y clara. De la del grifo milagroso que apenas apreciamos. La he dejado reposar sobre la mesa tranquila, muy tranquila, mientras la última burbuja se afanaba en ascender a ser aire de sí misma.

Luego he bebido un trago lento, largo, fresco, que me ha recordado unos versos que hace tiempo le agüé a Pessoa: “Feliz quien se contenta con el espectáculo del agua. Que al beber no recuerda que ya bebió otras veces”.

He abierto el programa Word y he pensado en ella. Sí, en ella, no en ellos, ni en nosotros, ni en vosotros. En sus afanes, sus ansias, sus virtudes y sus carencias. Quería escribirle un tango lento, pero como nada se me escurría del caletre, he vuelto a pensar en el milagro del agua y el vidrio.

Y me he fijado en el de mi ventana. Detrás de ese vidrio seguro que me protege de la intemperie, la tarde se afana en prolongar sus luces azulíquidas, melancólicas, pausadas. He ahí otro milagro, para el que sigue atinando el bluesaceo de Pessoa: “Para quien todo es nuevo e inmarcesible siempre”.

La botella está ahora medio llena sobre la mesa tranquila. El vidrio azul ha perdido parte de su brillo aguamarino. La tarde tiende a recostarse en sus grisuras azulsólidas. Bebo otro trago lento, menos fresco, pero igual de sano. Siento que el agua me alivia la garganta y me serena el ánimo.

Pienso en ella, en sus tragos amargos, en sus ansias inquietas, y siento no poder regalarle un tango lento. A cambio, le he escrito este blues sereno. Y he pensado en el milagro que es poder hacerlo, y que ella lo lea, y que ambos lo entendamos.

Y me he dicho que es bueno que, una vez más, muchas más, hablemos del amor… ¡ese milagro!

*La imagen es del fotógrafo Hugo Gonźalez Granda

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