De cómo construir una biblioteca

Uno de los criterios con los que he construido pacientemente mi biblioteca personal es tener los libros tales que si hubiera una especie de holocausto nuclear o zombi (vete tú a saber) y todos los libros del mundo fueran destruidos quedando únicamente los míos, se pudiera reconstruir la civilización occidental tal y como la conocemos solamente a partir de ellos. Quizá tengo una cierta nostalgia de ser un monje benedictino salvando los resquicios de la cultura griega de la barbarie del Medioevo. Me gusta imaginarme en mi scriptorium, transcribiendo a bellos códices un manuscrito en árabe de la Retórica de Aristóteles, sabiendo que si mi obra queda inacabada jamás nadie podrá leer de nuevo al estagirita. Sería una gran responsabilidad, pero la aceptaría con sumo gusto.

Otro criterio es pensar que en mi biblioteca tengo, por así decirlo, todos los libros que es necesario leer. Pienso, ingenuamente lo reconozco, que hay algo así como una biblioteca esencial que, una vez leída, uno ya sabe todo lo que tiene que saber y puede decir estupideces como que es suficientemente culto o sabio. Desgraciadamente, la sabiduría es un camino interminable, siempre inacabado por definición, por lo que una buena biblioteca siempre estará sin terminar. Sin embargo, sí que existen muchos libros que no es necesario leer. Si en el mundo televisivo hablamos de telebasura, no hay menos bibliobasura en el mundo editorial. Hoy en día, decir que uno lee no es ya garantía de sapiencia alguna pues quizá el 80% de lo que se escribe es basura. Y esto no es un prejuicio de gafapasta que quiere mostrar a los demás que solo lee maravillas reservadas a la élite intelectual siendo todo lo demás entretenimiento para el vulgo, es que es una verdad como un templo. Por esta razón odio que me regalen libros. Por probabilidad casi siempre te regalarán basura. Antes mantenía el sano y disciplinado deber de, una vez comenzado un libro, terminarlo. Ahora no: comienzo muchos y termino pocos. Cuando a la décima página hay ya muchos indicios de que nada va a ir a mejor, cerramos y a otra cosa. Mi tiempo es limitado y uno no está ya para tragar con todo.

Construir una biblioteca es construirse a sí mismo tanto, o por lo menos igual, a como te construyen tus vivencias. No solo porque si no hubiese leído nada no podría escribir estas líneas sino porque tampoco entendería nada de la realidad que me envuelve ni la experimentaría tal y como lo hago. La lectura es una forma de aproximarse al mundo, de transformar la percepción que se tiene de él. Me gusta tener en mi mente un archivo de imágenes sacadas de capítulos de libros a partir de las cuales explicar todo lo que sucede. Siento un prepotente, pedante y ladino placer cuando puedo entender algún acontecimiento en base a una lectura. Leer da profundidad, abre las puertas a otro mundo que subyace por detrás de los acontecimientos y que permite hilar las cosas, dotarlas de un sentido más sutil. Es como si la realidad se iluminara, se completara y se enriqueciera, se volviera como un bosque sombrío en el que, poco a poco, cantan los pájaros, fluye el sonido del agua, se abren las flores y los frutos caen a un suelo cubierto de hojas.  Por doquier aparecen  dríades y faunos, mitos, historias, narraciones que dotan al bosque de alma. El bosque se hace humano. Donde antes solo había una naturaleza hostil e indiferente, ahora hay un lugar habitable. Siguiendo la máxima de Heidegger: somos en la medida en la que habitamos el ser, construir una biblioteca es una gran forma de anidar en las tempestades de un mundo demasiado rápido e inestable, de construir un hogar en el que merezca la pena quedarse.

En casa tengo la mayoría de los clásicos de la literatura, la filosofía y la ciencia. Están metódicamente colocados en sus estanterías por épocas, autores y temáticas (Nunca he soportado que una biblioteca esté desordenada y cuando voy a una librería y me encuentro libros esotéricos al lado de obras maestras de la filosofía me pongo gravemente enfermo). La ubicación dentro de mi casa también es importante. Aquí el criterio es el uso (y el espacio, qué remedio). En mi estudio están los que más utilizo, los que quiero tener rápidamente a la mano cuando sean necesarios. Además, han de estar a una altura adecuada de modo que se vean bien y que puedas cogerlos sin agacharte o estirarte demasiado. Me gusta tomarme un segundo de descanso, girar mi silla de oficina (objeto también importante de elegir: el lugar donde está tu trasero cuando lees es casi tan importante como lo que lees) y ver la estantería con los libros que quiero ver solo a un leve golpe de vista, y coger los que quiero coger con solo un leve golpe de brazo, aunque solo sea para hojearlos o manosearlos.

Luego también están libros que tengo para leer en el escusado. Se bromea mucho con la idea de que si te quedas sin papel higiénico, siempre puedes recurrir al desdichado libro que tengas entre manos en ese maldito instante, por lo que convendría que, por respeto, no fuera una gran obra. Yo no tengo ese problema y he de confesar que he pasado muchas horas sentado en el trono disfrutando de solemnes lecturas. Reconozco que la asimetría entre la calidad de la lectura y la honorabilidad del lugar donde se realiza no me ha preocupado mucho. No obstante, jamás me ha faltado papel con tanta urgencia que haya tenido que mancillar un buen libro. Eso sí, he leído muchos que se lo hubieran merecido.

Y luego están los libros para leer en la cama (que es donde, por goleada, más leo). Me gusta mirar mi mesita de noche y verla atestada de libros de modo que casi ni se ve la lamparilla ni el despertador, ni un retrato de Wittgenstein que tengo allí enmarcado. Me encanta acostarme, encender la luz y barajar entre tanto libro cuál será la elección para esta noche: ¿algo ligero y digerible ya que el día ha sido duro? ¿O algo denso que hoy mis neuronas piden jaleo? ¿Novela, ensayo, divulgación…? Es un gran momento, como cuando un niño mira un catálogo de juguetes para elegir el que le pedirá a los Reyes Magos. Lo malo está cuando aparece Morfeo y tus ojos comienzan a entrecerrarse. Entonces vas leyendo automáticamente, sin darte cuenta de lo que lees. Creo que, a veces, he avanzado hasta tres o cuatro páginas sin enterarme absolutamente de nada. Cuando, a la noche siguiente vuelves, te das cuenta del estropicio y tienes que retroceder, pero, entonces, el maldito Morfeo vuelve a aparecer cual Sísifo furioso y la historia se repite. Tengo libros en los que he tardado meses en avanzar unas cuantas páginas. Y después suena el despertador y ahí es cuando maldices lo mal que organizas tu tiempo y juras y perjuras que vas a cambiar, sabiendo de antemano, que a la noche siguiente te volverás a dormir cuando bien haya entrado la madrugada.

Hablemos de los contenidos. ¿Qué leo o qué libros he leído? Soy muy de clásicos. Es una buena guía de lectura pensar que si una obra aparece en las historias de la literatura o es encumbrada por la crítica seria es por algo y, entendiendo que hay tanta basura, es mejor ir a lo seguro. Hay autores que leí en otro tiempo y que me fascinaron aunque ahora no me parecen para tanto. Si tus intereses cambian con tu edad, tus gustos literarios también. Lo que antes fue una joya ahora no es más que latón (y viceversa). Recuerdo que me encantó leer a Houellebecq (ahora pienso que es un nihilismo demasiado fácil), a Hermann Hesse (lleva un rollo místico insoportable y es un tostón), a Aldous Huxley (muy, muy, muy sobrevalorado) o a Bukowski (tiene su estilo y ese realismo chabacano tenía su aquel, pero no daba para mucho más). Me parecen imprescindibles Thomas Bernhard (necesario para comprender un siglo XX muy sombrío), Kundera (me encantó La insoportable levedad del ser), Nabokov, Jünger, Alfred Kubin, Orwell (su lamentablemente siempre actual 1984), los robots de Asimov; me gusta el señor Umberto Eco con sus péndulos y sus rosas; Saramago y Pessoa, Capote, Henry Miller, Raymond Carver, Sartre (su Náusea y sus obritas de teatro) y Camus (hay que leer El extranjero), Bradbury (con sus bomberos quemalibros y sus Crónicas marcianas), Oscar Wilde, Allan Poe, Lovecraft, Baudelaire, Nietzsche, Conrad, Kafka (al que no he terminado de coger el punto pero prometo que ya lo haré), Tolkien, Carroll y Stevenson (de adolescente), Sade (de adolescente morboso y pajillero). También leí algunas obritas de la colección de literatura erótica de Tusquets hace ya algunos años. Recuerdo que me daba vergüenza sacarlos de la biblioteca); he pasado bastante miedo leyendo a Stephen King (el único best seller que he leído con gusto); Paul Theroux y su Costa de los mosquitos marcaron profundamente mi espíritu en mis últimos años de universidad; por no hablar de los más alabados por la ortodoxia: Proust, Joyce (aunque reconozco que en este segundo puede habar algo de timo. También prometo que sacaré tiempo de algún verano para terminar el Ulises) o Faulkner (suelo decir que el mejor libro que he leído nunca es El ruido y la furia). Dentro del panorama de las letras hispanas confieso haber leído menos. Tengo el estúpido prejuicio de creer que lo extranjero siempre es mejor que lo de aquí, y dentro de lo de aquí he preferido Sudamérica a España. Supongo que he seguido a rajatabla el Nadie es profeta en su tierra. Están Borges o Cortázar (Sí, Rayuela, cómo no), García Márquez (Sí, yo también he caminado por Macondo), Vargas Llosa o Juan Rulfo (Pedro Páramo es perfecta). En España mi favorito es Don Miguel de Unamuno, con el que me he reído a carcajadas; también Ortega (ojalá todos los filósofos escribieran como él), nuestro malhumorado premio Nobel José Cela (su Colmena y su Pascual Duarte); tengo un grato recuerdo de un libro que me mandaron leer en el instituto: La lluvia amarilla de Llamazares (leedlo: apuesta segura); Baroja, Quevedo, Miguel Delibes, Pérez-Reverte… Asignatura pendiente y necesaria para aprobar el curso: leer más literatura española contemporánea. Ya basta, faltan todavía muchos que, ahora mismo, no recuerdo.

Por mi trabajo, lógicamente, he leído mucha filosofía y mucha divulgación científica (hubo un tiempo incluso en que leí algo de poesía pues tuve una época en la que iba de poeta. Afortunadamente para el género la cosa no llegó a más), pero creo que ya os he aburrido bastante, así que no voy a meter aquí otro listín de obras. Haced vosotros el vuestro, quizá os sirva para conocer quiénes sois, saber por qué pensáis o sentís como soléis hacerlo y, sobre todo, saber qué dogmas y prejuicios se ocultan detrás de vuestra peculiar perspectiva del mundo. Eres lo que lees y, sobre todo, lo que no lees, que siempre será mucho más que lo primero y nunca tendrás tiempo suficiente para corregirlo.

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10 Comentarios

  • Sólo un apunte: “sobre todo” va separado. Aunque supongo que, simplemente, el dedo no le dio al espacio.
    Coincido con casi todos los autores. Y estoy de acuerdo con Llamazares y su “lluvia”, es estupendo y tengo un grato recuerdo de ese libro.

    Saludos de un compañero.

  • Que, por cierto, Cortázar, por supuesto que admito’ Rayuela’ porque es su más conocida obra (y por cierto, fantásticas). Pero imprescindible es ‘Historia de cronocopios y famas’.

  • Santiago me ha encantado tu biblioteca y como describes
    tu pasión por los libros. Yo, la verdad, clásicos pocos, aunque cada día me aficiono más y para mí mis libros son ese tesoro que no quiero perder, a veces me aterra el apego que tengo hacia mis libros soy bastante egoísta y no suelo dejarselos a nadie….

  • Es curioso que en esa supuesta salvación de libros que harías ante una crisis nuclear no nombres a Cervantes o Shakespeare.
    También me llama mucho la atención que no hayas hablado ni de una sola escritora; o llamar tostón a Hesse, quizá cuando la magnitud de su genialidad está más allá de cualquier opinión. Un saludo.

  • Sobre Joice, con Ulises, coincido. Después de múltiples intentos de abordaje y más de 800 páginas leídas, encuentro una obra sobrevalorada tan solo de confrontarla con su imprescindible Dublineses. Ademas de confirmar junto con Borges y Gracián, que no hay necesidad de exponer algunas ideas en miles de páginas cuando pudieron ser expresadas en unos cuantos párrafos.

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