Fiesta, noche y ojos cerrados

 

La noche es un territorio que la moral oficial ha desaconsejado habitar desde siempre, haciendo creer que la oscuridad física del firmamento engendra toda clase de vástagos (miedos, fantasmas, vicios, debilidades) prestos a destruir la integridad de quienes osen entregarse a ella. Las fiestas nacieron para ser  dominio exclusivo de la noche, como respuesta del ser humano ante esa amenaza impuesta mostrando su voluntad de dejarse tentar, de acercarse a los supuestos peligros y probarse ante ellos, de encararse a la norma y bordear sus límites (o directamente sobrepasarlos).

El niño espera ansioso el momento en que podrá ver amanecer sin haber dormido. El joven mitifica la fiesta como momento en que sólo importa exprimir un presente fugaz en forma de acumulación de gestas sexuales e ingestas alcohólicas. Pero llegado el momento se topa con la realidad de que sus gestas se cuentan con los dedos de una mano, y sus ingestas pasan una factura cada vez mayor cuando llega la mañana. Y aunque el mito cae por su propio peso y aflora con fuerza el inexplicable componente de melancolía que toda fiesta contiene, no deja de acudir a ellas de adulto pensando cada vez que todo puede pasar, que el conjunto de pulsiones y expectativas de todos los presentes puede cristalizar en una nueva distorsión momentánea de la realidad donde no importan ni el futuro ni sus consecuencias, sólo la extraordinaria vivencia.

Aunque el tiempo nos vuelva cuerdos y a medida que crecemos parece que organizar a una fiesta o acudir a ella no tiene ningún sentido, siempre queda un remanente de inquietud, de curiosidad por saber qué parte indómita de nosotros aún no hemos sacado a la luz, y, sobre todo, si hay algo que está haciendo mella en nuestra relación con los otros, la fiesta proporciona siempre un marco exclusivo donde podremos dar rienda suelta a la existencia de esa fisura sin necesidad de esconderla entre convenciones. De esto último parte el entramado psicológico de La Notte (Michelangelo Antonioni, 1961) y Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999), dos obras maestras en afortunada sintonía. Adelanto aquí que destripo gran parte del argumento de las películas, así que recomiendo a quienes no las hayan visto que no sigan leyendo y las vean cuanto antes.

Ambas cintas presentan como centro un matrimonio en la treintena, sumido en una profunda crisis que los cónyuges sufren en silencio, temerosos de revelárselo mutuamente mientras buscan a tientas un elemento catalizador que los obligue a enfocar el conflicto. La estructura de las películas es en espejo. La Notte muestra en su primera parte cómo Lidia Pontano (Jeanne Moreau) vaga entre las modernas construcciones de un Milán próspero y agobiante intentando calmar la tristeza derivada de sus dudas sentimentales, que la azotan hasta conducirla a un estado donde no sabe si se comprende demasiado a sí misma o todo lo contrario. Mientras, su marido Giovanni (Marcello Mastroianni), duerme en casa y discurre de una habitación a otra preocupado por la ausencia de Lidia y a la vez liberado por la misma. Cuando por fin se reencuentran, acuerdan salir a compartir su tiempo, primero en un decadente cabaret, después en una lujosa fiesta a la que no deseaban ir. Ésta última cubre toda la segunda mitad de la película.

Por su parte, Eyes Wide Shut arranca en el momento en que la pareja formada por Bill y Alice Harford (Tom Cruise y Nicole Kidman, respectivamente) acaban de vestirse para acudir de compromiso a una fiesta con lo más granado de Nueva York. Lo que allí sucede es el detonante para que Bill se lance a las calles de la gélida e igualmente agobiante ciudad con el propósito de remover los cimientos de su  unión maltrecha, mientras Alice aguarda en casa sumida en desasosegantes sueños.

Tanto en el film de Antonioni como en el de Kubrick los golpes dramáticos son fortísimos pero van por dentro, en la mente de los protagonistas, de ahí el tono como suspendido y continuo de ambos, que consigue su carácter de ensoñación e hipnosis a través de la perfecta destilación del potencial simbólico de las imágenes por parte de los dos directores (no por casualidad son dos de los más grandes maestros del arte cinematográfico). El epicentro último de los terremotos sentimentales de Lidia, Giovanni, Bill y Alice es el sexo, su necesidad y todos sus caprichosos designios; más soterrado en la cinta de Antonioni (que se decanta por mostrar la sensualidad inherente, aprovechando todas las posibilidades lumínicas del blanco y negro) y absolutamente visible en la de Kubrick (que apoya en colores de extrema viveza las pasiones que transitan la pantalla). Por debajo, directamente derivados del influjo del cuerpo y no menos cruciales, están los vaivenes amorosos de los personajes. La suma de todo es lo que les lleva a probar a abandonarse en medio de una fiesta llena de cuerpos y corazones ávidos, tanto como los suyos.

Resulta llamativo comprobar la forma en que las dos películas hermanan su discurso en las respectivas escenas en que las parejas se preparan para salir: mientras Lidia pide a Giovanni que le abroche el vestido, su rostro es de total pesadumbre. Afirma no querer ir a la fiesta y estar a solas con él, mientras su expresión lo niega todo. Él está más preocupado por acabar su copa. Mientras Alice, sentada en la taza del váter, pregunta a Bill qué tal le queda el peinado, él responde de manera automática sin ni siquiera mirarla, algo que ella le reprocha también casi de forma automática. En estos dos momentos, cada película consigue describir en pocos segundos todo el mundo de sentimientos resquebrajados que azotan a estos matrimonios.

Ya en las fiestas, vemos cómo en Eyes Wide Shut, Alice bebe aceleradamente para no dudar en abrazarse a un refinado caballero de edad avanzada cuyas intenciones para con ella son claras desde el principio. Mientras tanto, Bill prefiere adherirse a dos jovencitas de ademanes cursis y conversación banal. Ambos juegan a encontrar un lugar desde el que poder mirar al otro de reojo, como si la complicidad de saber a qué están jugando acrecentara su deseo de seguir haciéndolo. En La notte, la propia Lidia invita a su marido a que encuentre a una misteriosa chica que lee apartada. Una vez que Giovanni ha dado con ella y queda prendado de su magnetismo (ni más ni menos que el de la inmensa Monica Vitti), Lidia los observa con temor y satisfacción, mientras accede al flirteo con otro hombre. Este juego peligroso de miradas cruzadas e incitaciones, de seducciones consentidas y emociones a flor de piel, resulta por completo fascinante en manos de la exquisitez fílmica de Kubrick y Antonioni, y del portentoso trabajo de sus actores.

Tanto en una obra como en otra, hay un elemento que irrumpe en mitad de la fiesta para detener el juego. En La notte es la lluvia repentina. En Eyes Wide Shut el mal viaje de una prostituta que se encontraba con el anfitrión. Cuando, ya lejos del lugar de la fiesta las parejas se han vuelto a reunir, se produce una nueva comunión entre la visión de los realizadores. La antigua carta de amor que Lidia lee al pie de un árbol a Giovanni al final de La notte es equivalente a la conversación que mantienen Bill y Alice en la juguetería al final de Eyes Wide Shut. En ambos casos sirve para clarificar las cosas y determinar que los personajes necesitan permanecer unidos, que su vínculo sobrevive, como dice Alice, a todas las aventuras, a las reales y a las que sólo eran un sueño, pues la realidad de una noche, incluso de toda nuestra vida, nunca será la verdad completa. Pero garantizar esa permanencia requiere que hagan algo, y que lo hagan con suprema urgencia: follar. En un giro inesperado las dos películas se intercambian y La notte deja a Guido y Lidia entregados a la pasión sexual en mitad del campo. Eyes Wide Shut lo omite cerrándose (y cerrando toda la filmografía kubrickiana) con el pleno convencimiento y determinación en el rostro de Nicole Kidman. Dos finales nuevamente perfectos y contundentes, para dos obras de arte que se han adentrado como pocas en los complejos vericuetos del desencanto afectivo, desde estéticas propias y poderosas, y con un fondo convergente que las complementa, las equipara y redimensiona toda su validez y su fuerza.

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2 Comentarios

  • Excelente análisis.

    En el final de la trilogía “Antes del anochecer”, que empezaba una larga noche, como recordarás, la presencia de los hijos hace imposible ya la fiesta, y la dialéctica de negativa la pareja experimentada se ha hipertrofiado ya hasta tal punto que ni follar resuelve nada, y sencillamente se aborta.

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