Noticias de(sde) la Noosfera

En lugar de espacios hay cosas que guardan relación con estados de amor, y en lugar de tiempos hay cosas que guardan relación con estados de sabiduría.

Enmanuel Swedenborg

 

Un amigo me envío ayer por correo electrónico una de esas noticias extrañas, marginales, que lo mismo podrían suponerlo todo que quedarse en nada, y que, por tanto, deberían ser siempre glosadas.

No se trata únicamente, en mi modesta opinión, de otra escaramuza ideológica entre gobiernos o bloques de países de distintos signos, a la manera de uno de ellos que, pequeño pero llamativo, saca pecho para ruborizar a sus poderosos rivales, sino, también, de revitalizar una vieja idea casi olvidada. Fue Vladimir I. Verdnasky, científico soviético, quien primero concibió, al menos expresamente, la noción de “Noosfera” como el estadio último de la evolución en que el conocimiento humano se apropia y transforma la naturaleza viva e inanimada conforme a sus fines dando lugar a un mundo distinto, supremo, enteramente dominado por esa novedad cósmica que es el pensamiento consciente. Tal visión, en cierto modo ingenua ya para nosotros (que hemos aprendido que semejante dominio del conocimiento es, a menudo, fuente de horrores humanitarios y también de control social), no podía quedar sin inmediatas secuelas, a veces degeneradas, como las consecuencias obtenidas por los transhumanistas rusos, que postulaban el advenimiento de un hombre física y mentalmente superior, o como la interpretación del teologo francés Teilhard de Chardin, que esperaba todavía una “Cristoesfera” tras la Noosfera -por cierto, ignoro si todo el barullo conceptual que arma el alemán Peter Sloterdijk en torno a las esferas proviene de aquí…-.

Después, Arthur C. Clarke retomó la idea transcribiéndola en términos de ciencia-ficción, que se dirían los suyos naturales, aunque parece que personalmente él se lo tomaba muy en serio. Resulta fácil acordarse de los famosos inicio y final de 2001 Odisea del espacio, que no tienen nada de misteriosos y se explican con esa base, o, menos conocida, la novela El fin de la infancia, donde Clarke lleva a la humanidad al estado de la fusión de todas las conciencias particulares en una ingente Conciencia Universal. En realidad, deseos de esta naturaleza, que pretenden la erradicación de los problemas y la violencia de la Historia humana, entendida como una unidad, mediante su superación intelectual ya existían antes, mucho antes incluso de la obra de Verdnasky. La Filosofía misma, que como escribía Hegel es el mundo puesto del revés, no es otra cosa que esto, después de todo, y es natural, porque pensar equivale a pensar el orden, ya que el caos, el desorden, incluso aunque fuese el fondo real originario e irreductible, en el momento en que es pensado ya está siendo pautado, reglamentado[1]. La Filosofía es una disciplina de ciencias, de eso no cabe duda -más aún: es la fundadora de las ciencias y del marco de comprensión de la ciencia misma-, y quien ignore este hecho debe volver a repasárselo todo con más cuidado. Pero también ciertos poetas, como William Blake, han entendido que el intelecto humano procesa todo un mundo y lo estructura en categorías, en este caso de la Imaginación, con mayúsculas. La utopía actual de una Sociedad del Conocimiento, más allá de la Sociedad de la Información de la que muchos alardean o de la Sociedad de la Comunicación que más bien nos prometen, responde a anhelos e ideales parecidos, que, si bien muy matizadamente, no encuentro tan alocados. ¿Es posible, entonces, que en Ecuador estén tocando una tecla clave para un futuro viable y deseable, pese a que no nos fiemos de los políticos, pese a que sepamos de sobra que las grandes cosas se hacen ya al margen de ellos y sus socios (Internet y la World Wide Web, que es el verdadero milieu de una mente globlal, no reconoce paternidades políticas, por mucho que ahora estén rumiando como limitarlos y aprovecharlos)? ¿Y por qué no?

Dichos matices, que son de envergadura, yo los pondría en la propia imagen que se tiene del conocimiento. La Noosfera, como sinergia de las facultades superiores del hombre, que se intenta alcanzar y/o colectivizar, la pensamos hoy no como Verdnasky o Clarke, de los que sabemos lo justo, sino al modo del positivismo decimonónico, cuya mentalidad está incomparablemente más extendida. Todavía pululan positivistas por ahí que no saben que lo son o a los que molesta serlo, que creen que una fórmula de Física copia el cerebro de Dios y diagnostican la defunción de las Humanidades. Si les preguntas cómo es que tal fórmula se halló hace tan poco tiempo, te responderán en las claves de un progreso histórico totalmente calcado de Auguste Comte, aunque no sepan quién fue ese tipo. Total, eso no importa. Para ellos, igual que para aquel, la Ciencia, también con mayúsculas, es el único método de la Verdad, más mayúsculas, y Ciencia es lo que puede ser cuantificado en referencia a hechos constatables. Qué demonios sea un “hecho” desnudo, así, sin más, es dificilísimo de establecer, tanto que, realmente, el positivismo, en su versión “neo-“, fracasó definitivamente en los años cincuenta del pasado siglo cuando el Círculo de Viena trató de detectar “hechos” en las más básicas percepciones del aquí y del ahora, que es lo menos que, francamente, se puede pedir. El resultado es que, desde entonces, se acepta comunmente el denominado “principio de Hanson”, que consiste en afirmar que no hay hechos sin teoría que los aprehenda, incluso que no hay hechos descualificados de valores. De manera que no tenemos “hechos”, sino fe, fe en que la Ciencia progresa y al progresar mejora la humanidad. Los positivistas antañones hablaban de la religión del Gran Ser, a cuyo culto se erigieron templos, por ejemplo, en Brasil, y ese Gran Ser no es el viejo Dios, no: es la Humanidad como conjunto, o sea, la Humanidad como Conciencia Universal o Noosfera. Esos positivistas que digo que pululan por ahí quizá tampoco sepan nada de esto, pero cuentan con un imaginario más literario a su servicio. En efecto: no sólo muchas películas, de ciencia-ficción o de política-ficción, sino también, al trasfondo, la obra de dos grandes escritores extremadamente populares, Julio Verne e Isaac Asimov. Ambos fueron, uno después del otro, potentísimos divulgadores científicos, profundos positivistas y buenos narradores, cuyo legado alegra el alma pero enturbia un tanto el juicio. Verne no tiene un libro que no sea una joya didáctica, y en los primeros, más optimistas, encontramos auténticos tratados científicos literaturizados. 20.000 leguas de viaje submarino, por ejemplo, es un tratado de Oceanografía, y la bilogía De la Tierra a la Luna – Alrededor de la Luna, uno de Balística y de Selenografía respectivamente. Más que un visionario, Verne fue un ingeniero de ensueños que elaboraba meticulosamente la verosimilitud de cada detalle científico de sus ficciones. Un lector juvenil actual no aguanta tanta erudición ni cobrando. Asimov, por su parte, que prefería la divulgación directa a la narrativa (y que fue miembro de la exclusiva asociación para superdotados Mensa, algo en lo que tiene mucho que ver el ser norteamericano aunque de origen ruso), expresó aún más claramente que Verne su positivismo de fondo en la idea ficticia de la “Psicohistoria” que preside su magnífica saga de la Fundación. La  “Psicohistoria” es Comte maximalizado y proyectado sobre un futuro civilizatorio remoto y galáctico. La mayoría de sus novelas terminan por converger en la mitografía futurista de la Fundación, en la que terminan por jugar un gran papel las Leyes de la Robótica, nada menos que una forma de entrega artificial absoluta al destino de la Humanidad. Y el propio enclave imaginario de la “Fundación” de sus novelas es lo que los creyentes de la Noosfera denominan Noocracia, o sea, puesto que el Hombre, mayúsculas otra vez, se define por el Conocimiento, dejemos que sean los expertos, los científicos, los sabios, los que ocupen el Poder en la Tierra y todo saldrá bien.

Bueno, pues resulta que ese Poder es el que se creen justificados para reclamar los positivistas residuales. Platón ya había indicado el camino al apuntar que el rey debe ser filósofo, o el filósofo, rey (antes de Platón, efectivamente algunos filósofos griegos pertenecieron a familias reales). Tengo un amigo -otro amigo- que acaba de defender lo mismo, el año pasado, en un libro en nombre del comunismo. Realmente, se diría que hay una conjura intemporal “noosferica” en estas cosas, y, por consiguiente, que no pueden más que tener razón. La decisión del gobierno de Ecuador parece ir por esta misma senda: Socialismo es Justicia y Justicia es Reinado del Saber, en una orgía de mayúsculas. Todas las medidas tomadas en el proyecto Flok Society, que son, sin duda, estupendas, conducen a la Noocracia como horizonte final. La revancha del “pensadero” que el comediógrafo Aristófanes escenificó para reírse del pobre Sócrates. Y yo estoy con todo mi entusiasmo de ese lado, hasta apoyaría a Correa pero sin pancartas, aunque con los matices siguientes. Porque lo cierto es que a Sócrates el conocimiento como tal le importaba un rábano, según Platón: él sólo buscaba aquellos enunciados que promocionasen la virtud, personal y cívica, si es que son diferenciables. Igualmente, los movimientos actuales que fomentan la virtud ciudadana menoscabando la rapacidad del Capital, como el Decrecimiento (bien representado en nuestros malos tiempos en España, pese a que hace décadas ya existía algo parecido fuera, el Downshifting), parecen entender que el conocimiento-en-sí no tiene más valor que el de fijar las verdades que harán felices a los hombres, dado que verdad es la otra cara de la utilidad y una vez materializadas verdaderas utilidades o utilidades verdaderas ya tenemos, por fin, la Felicidad humana conquistada. El paraíso, declaró Correa; la Noocracia, decimos aquí. Pero no se deben confundir medio y fines, ya que ningún hombre es feliz tan fácilmente, si es que barrer las injusticias y las desigualdades fuese fácil, precisamente porque piensa. Iniciativas políticas y movimientos sociales como los mencionados -y muchos que se quedan en el tintero- están hoy tan acuciados por las muy legítimas urgencias del combate contra las atrocidades de la llamada “crisis” que no reparan en lo que significa realmente pensar. Pensar no es solamente averiguar las leyes de la existencia material moralmente limpia y aplicarlas; aún cuando esto sucediese (y es de temer que no ocurra nunca: ni sus propios paladines lo creen del todo…), el pensamiento no habría quedado satisfecho, porque pensar es hacer mundos, por decirlo con la expresión de Nelson Goodman, o practicar “las cosas bellas”, para decirlo ahora con Aristóteles. Puesto que, a diferencia de los animales, se supone que pensamos, necesitamos hacer mundos y no solo habitar mansamente el mismo que ellos. Lo necesitamos porque lo deseamos, y nadie va a frenar ese deseo, que es un deseo íntegramente intelectual. Lo cual nos devuelve a William Blake, que ya se percató, pre-románticamente, de que es la Imaginación -pero una Imaginación racional, no la locura surrealista- lo que nos mueve, más que el conocimiento científico[2].

Ahora bien, si aceptamos que vivimos antes en universos estéticos que en entornos utilitarios, como yo creo que prueba sobradamente y más que nunca nuestra experiencia de moradores del Primer Mundo en el del siglo XXI (que cada cual se pregunte si trabaja para mantenerse o trabaja para poder ir al cine, por ejemplo), entonces hay que reconocer que el ser humano produce y se alimenta de excedentes. La Noosfera es la sobreabundancia de excedentes vitales, estéticos, imaginativos, y como tal sólo puede haber sido causada por la cultura del Capital. De hecho, antes del capitalismo, los excedentes se proyectaban fundamentalmente en la forma de religión o mitología, consiguiéndose con ello antes que nada la conservación de clases privilegiadas. Oponerse a los abusos planetarios del sistema capitalista con argumentos hiperpracticistas -Decrecimiento- o morales -Socialismo-, entre otros, no tiene por qué significar obviar esta deuda. La inquietud fáustica, propia del Capital tanto como de la Filosofía moderna, no tiene remedio completo, como querían, respectivamente, Marx y Heidegger, sino sólo parcial. Podemos no arrasarlo todo en beneficio de unos pocos, desde luego, pero no podemos estarnos jodidamente quietos, porque nos lo impide hablar, socializarnos, pensar. Hablar, socializarnos y pensar son una y la misma cosa, uno y el mismo acto, es absurdo sustituir la producción desenfrenada capitalista por una potenciación de la vida social para luego querer que esa vida social no genere movimiento histórico, es decir, imaginativo. En conclusión: hay que tender a la Noosfera, establecer el copyleft, los códigos abiertos y libres, la democratización de la red, etc., pero no desde el punto de vista positivista, para asentar en la práctica la verdad o las verdades, sino desde un punto de vista estético, post-nietzscheano, para inventar, forjar y compartir nuestras vivencias (vivencias también de conocimiento, por supuesto, así entendido en tanto experiencias personales y colectivas de realidad).

Finalmente, la Sociedad de la Comunicación, que nos prometen, podría ser la mejor rúbrica para una meta más democrática e igualitaria, y no noocrática y piramidal, gracias a las llamadas “nuevas tecnologías”, una vez adecuadamente universalizado su acceso. Sociedad del Conocimiento es un bonito nombre, pero desprende un aura de uniformidad que le falta a la Comunicación, puesto que toda comunicación lo es de diferencias o no se está comunicando realmente nada –a no ser que consideremos recibir órdenes (compra esto, piensa aquello…) como un modo de comunicarse, y esto es precisamente “informar” y lo que ahora nos venden como Sociedad de la Información. Intuyo que a Verne, o a Asimov, no les disgustaría demasiado ese futuro, no siendo exactamente el que previeron. No hay que olvidar que la tentación de demarcar desde el poder político o económico, noocráticamente, qué es conocimiento y qué no lo es ejerciendo la censura sobre las prácticas sociales ha sido históricamente demasiado fuerte: cabe esperar que también los ecuatorianos lo vean así y, con ellos, lentamente, el resto del globo. Homecoming…

 


[1] En este sentido, es ilustrativo el capítulo primero de la novela El hombre que era jueves, de G.K. Chesterton, donde se intenta refutar en la práctica y en la teoría al personaje arquetípico del artista-anarquista moderno.

[2] El guionista de cómic Alan Moore, al que sigo, propugna desde hace un tiempo una visión similar a la de Blake, grosso modo, con su concepto de Espacio/Idea, reflejado narrativamente sobre todo en la serie limitada Promethea.

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