La sabiduría de nutrirse

Releo al principio de la primavera  los avatares de lady Chatterley, el trayecto de su cuerpo desde aquellos años en que conversaba incansablemente con los muchachos y solo después los besaba con los ojos cerrados, fingiendo amor para seguir siendo libre de conversar con otros, sin demasiadas ataduras todavía, porque “las charlas, las discursiones eran lo más importante; hacer el amor y las relaciones afectivas eran solo una especie de reversión primitiva. Después, una se sentía menos enamorada del chico y un poco inclinada a odiarle, como si se hubiera entrometido en la vida privada, en la libertad interior“. Sin embargo su cuerpo indicaba que “l´amour avait passé par lá“, se redondeó sutilmente y su expresión adoptó el aspecto emotivo y triunfante de un rostro que cree tener la vida por delante.

Todo cambió con la guerra y con lo que la guerra hizo con tantos jóvenes que habían acudido alegremente a su llamada. Jóvenes como Clifford Chatterley, un aristócrata aficionado a las letras con el que se había casado precipitadamente antes de que partiera para el frente, y al que solo volvió a ver como un paralítico que ya había perdido para siempre la conexión con el mundo. De pronto se encontró aislada en una mansión decadente al lado de una mina, escuchando estériles tertulias de intelectuales mediocres que habían perdido el rastro de la vida y solo soñaban con el dinero y la fama aunque tenían palabras para justificarlo todo. Poco a poco se fue asfixiando y una noche fue consciente de que su cuerpo había cambiado, de que se estaba consumiendo. Y su delgadez sin brillo la asustó como la evidencia de su infelicidad, de la lejanía de todo lo que consideraba auténtico, como el espectro de una vejez prematura a los 27 años por culpa del descuido y la renuncia. Luego todo volvió a cambiar con Mallors, el guardabosques, un hombre entonces muy delgado …

La novela es un relato sobre los cuerpos, sobre cuerpos de diferentes volúmenes que expresan emociones o tratan de ocultarlas, que desean o están inhibidos, que permiten o limitan conductas, que sienten o están anestesiados, que se resignan o pugnan, que aman o renuncian. Cuerpos rotos no necesariamente en lo que parece más evidente. Cuerpos con más o menos músculo o grasa pero solo como consecuencia de un hábito, de un trabajo, de una edad, de una clase social, de una tragedia personal, de un pasado, de unos intereses, de unos deseos, de una disciplina.

Cada vez observo con más estupor la obsesión por el peso que percibo a mi alrededor. No solo las muchas personas de todas las edades que diariamente me piden una dieta, sino la publicidad continuada en todos los medios de comunicación de un modelo de cuerpo inalcanzable para la mayoría de la gente. Saludos en los que la primera frase siempre está relacionada con el peso (¡que delgada estás! o ¡qué barriga tienes!); conversaciones sobre la comida en términos restrictivos, proyectos de mejora emocional relacionados con la talla del vestido. Por no hablar de la industria médica en todas sus versiones. El escándalo frecuente de un negocio fraudulento sobre gente vulnerable; la amplificación de los riesgos y de los márgenes de normalidad para incrementar las posibilidades de negocio y de influencia; la infantilización de los pacientes; las prescripciones de dietas imposibles, con moralina incluida, que llenan de culpa contraproducente, que  produce efectos paradójicos; la falta de conocimiento profundo, recursos y motivación para abordar la obesidad realmente patológica.

Nutrirse adecuadamente, ese debería ser el concepto. Tener no solo la disciplina para ingerir un número de calorías adecuadamente relacionado con la edad y la actividad física sino también haber acumulado la sabiduría de saberlas cocinar y comer para disfrutarlas como el mejor gourmet. 1.750 calorías o las que se necesiten de forma muy apetitosa, si hay que perder algo de peso, consumidas con sosiego en una ceremonia reparadora. Con música al gusto (¡y no un maldito telediario!), con la mesa bien puesta, con una agradable conversación si es posible. Comiendo lento aunque se tenga prisa, literalmente suspendidos en el tiempo, como en una actividad zen.

Pero nutrirse es también, según la segunda acepción del DRAE, “aumentar o dar nuevas fuerzas en cualquier línea, especialmente en lo moral“. Lo que comemos, al margen de aspectos fisiológicos sobre los que no podemos intervenir,  no solo depende de malos hábitos o de la publicidad, es también un reflejo de nuestro ánimo, de cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo. La variación del apetito es una respuesta conductual a los problemas y retos de la vida y también un reflejo de nuestros recursos para afrontarlos. Por eso son más frecuentes en las crisis del ciclo vital o en situaciones de estrés o de aburrimiento o de soledad. Y por eso es esencial consumir nutrientes para limitar los daños que nos producen e incluso intentar crecer a partir de ellos.

Creo que alguna vez leí una frase atribuida a Goethe que decía: “Cada día hay que escuchar una bella melodía, contemplar una bella pintura y leer un bello texto”. Actualmente podríamos añadir el ver una buena película. No me parece un mal consejo, por eso intento practicarlo y recomendarlo sistemáticamente, sobre todo porque ahora eso está al alcance de la mayoría de la gente de forma muy fácil. Es sencillo leer cada día un poema, por ejemplo, en Poemas del alma o en A media voz , ver películas o series en múltiples webs o comprarlas en el kiosko o escuchar música en Spotify o Accuradio. Y si no se sabe muy bien qué ver o leer o escuchar recomiendo comenzar con Lo que Sócrates le diría a Woody Allen o La cultura: todo lo que hay que saber o La historia del Arte de Gombrich acompañado del regalo que supone Google Art Project. Después de leer La conquista de la felicidad y la Carta a Meneceo es fácil internarse en el bosque de Ignoria y desarrollar un gusto propio para seguir nutriéndose interminablemente a lo largo del tiempo.

Sin embargo hay algo previo. El cuerpo, nuestro cuerpo, el que realmente tenemos, precisa un respeto. Hay que aceptarlo y escucharlo. No intoxicarlo con comida basura y tampoco con entretenimiento basura. No despreciarlo. Respetar sus ritmos y sus tiempos, ejercitarlo de distintas formas para que sea más inteligente, más ágil y más sensual. Conquistar desde él, para él un proyecto de vida en el que se encuentre a gusto, desde el que pueda amar y trabajar. Vivir en este tiempo, en este mundo con intensidad y consciencia.

 

Etiquetas de este artículo
,
More from Ramón González Correales

El premio

Un premio es un accidente, algo que puede obtenerse o no, que...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *