Una vida con propósito

Una falsa dicotomía es una vieja falacia lógica que funciona haciendo creer al interlocutor de que solo dispone de dos opciones, una, habitualmente, la mala, ya ridiculizada previamente, y la otra, la buena, la que defiende el orador. Es la estrategia que utiliza el pastor evangélico Rick Warren en uno de los libro más vendidos de la historia: Una vida con propósito. En un mundo materialista y egoísta, en donde la gente confunde la felicidad con el dinero, el éxito o la fama, solo te queda Dios como alternativa y promesa de auténtica felicidad. Solo Dios puede dar un propósito, un sentido a una vida que, de otro modo, es necesariamente absurda. Ya está, falsa dicotomía planteada y recogiendo frutos.

Todos hemos sentido alguna vez que nuestra vida puede ser absurda. Tenemos un trabajo que no nos gusta y en el que no nos sentimos realizados; nuestra vida es monótona, rutinaria o aburrida y no encontramos nada en ella que nos ilusione de verdad; o pensamos que moriremos como uno más de los millones de seres humanos que nos precedieron y murieron en el más silente anonimato, sin dejar huella alguna que, al menos, demostrara que existieron. Nos sentimos vacíos y no encontramos el modo de llenar nuestras vidas. ¿Por qué? Creo que psicológicamente somos muy bipolares y nos encerramos, sin necesidad de que Warren lo haga por nosotros, en falsas dicotomías hechas a nuestra medida. O todo o nada, o soy el mejor o no valgo nada. Piense el lector cuántas veces, debido a un fracaso vital, nos decimos a nosotros mismos que somos unos fracasados, unos loosers en el clásico discurso norteamericano. ¿Eres realmente un perdedor por tener un fracaso vital? Me han echado del trabajo o mi mujer me ha abandonado. ¿Eso justifica que eres un pésimo ser humano? ¿No haces o has hecho en tu vida nada bien a parte de ese presente fracaso?  Somos muy malos ponderando el valor de nuestras vidas. Pensamos con las entrañas de un ahora dolido y proclamamos sentencias absolutas sin ningún fundamento. La sensación de vacío de sentido es siempre fruto de uno de esos momentos en los que la razón se nubla ante unas emociones siempre más insistentes y obstinadas.

Yo no soy creyente. Pienso que todas las religiones que han existido hasta la fecha son falsas en sus postulados fundamentales. No estoy seguro de si hay o no algo parecido a lo que podríamos entender como un dios pero, en cualquier caso, no le importo en absoluto. No hay nadie que, desde las alturas, esté preocupado por mi vida e intente que me vaya todo bien.  Creo, además con cierta certeza, que cuando muera no habrá un más allá. Mi cerebro, la sede de todo lo que soy, será pasto de los gusanos y con su desaparición, yo me iré con él. Mis seres queridos también desaparecerán y no me volveré a encontrar con ellos en ningún lugar. Es trágico, pero me engañaría a mí mismo si pensara en lo contrario. Sin embargo, esto no resta nada de sentido a mi vida, precisamente porque lo que plantea Warren es una falsa dicotomía. La alternativa a creer en Dios no es ser un egoísta materialista obsesionado con el éxito o la fama. Yo no soy especialmente materialista. Sé que la mera acumulación de posesiones no me va a hacer muchísimo más feliz. Sin embargo, no me importaría tener un coche mejor o una casa más grande. Si tuviese más dinero podría viajar más o podría disponer de más tiempo para leer o estudiar, o pasarlo con mis amigos y seres queridos. Querer tener más dinero no es algo malo en sí mismo, precisamente, porque nuestro sistema permite canjear ese dinero por cosas que sí tienen valor. Tampoco vivo obsesionado por el éxito o la fama, pero me gusta que reconozcan mi valía. Cuando he hecho un buen trabajo, me gusta que me premien por él. No hay nada de malo ni de egoísta en algo así. El problema está cuando esa búsqueda del éxito se hace obsesiva o enfermiza. Entonces entramos en el campo de la patología pero, igualmente, una religiosidad obsesiva y enfermiza puede llevarte al mismo lugar. He conocido a gente religiosa que vivía bastante infeliz. Se sentían muy culpables por sus pecados, por su incapacidad de ser buenas personas o de ser buenos cristianos. Otros, igualmente religiosos, parecían bastante felices con sus creencias. Y es que ser religioso o no, no te garantiza para nada ser más o menos feliz. Hay muchísimos otros factores que interferirán en tu bienestar emocional.

Soy profesor y una de las cosas por las que estoy contento con mi trabajo es que, al realizarlo, cumplo una buena función social. Enseño, hago que chicas y chicos sean mejores. Además, debido a mi especialidad, enseñó buenos valores: defender la justicia, la verdad, la libertad, valorar el conocimiento, la cooperación, la generosidad… Creo que mi trabajo, con todas sus imperfecciones, tiene sentido, tiene un propósito claro. Tengo una mujer y una hija preciosas. Sé que mi cariño y amor hacia ellas es fruto de la química cerebral y de la contingencia de una serie de valores culturales. No hay nada mágico y trascendente en ello. No obstante, llevar a mi hija un regalo y contemplar su alegría al recibirlo, no deja de ser algo maravilloso. Educar a una niña, intentar dejarle como herencia lo mejor que hay en mí, es algo pleno de significado. No hay nada de absurdo en ello por mucho que Dios no exista o que el Universo termine en un cataclismo cósmico que barra para siempre todo logro de la humanidad.

Cuando, a raíz de un debate en clase sobre temas de religión, expongo a mis alumnos que no creo en las religiones, me preguntan sobresaltados en qué diablos creo entonces. Y es que la falsa dicotomía opera ya muy claramente en sus mentes: piensan que o crees en Dios o no crees en nada. ¡Valiente falsedad! ¿Cómo que no creo en nada? Tengo más creencias que la mayoría de las personas debido que mi trabajo como filósofo consiste en ir construyendo (y destruyendo) creencias. Tengo creencias políticas, económicas, éticas, filosóficas, artísticas, sociológicas, antropológicas, etc. de toda clase. Los no creyentes creemos en muchísimas cosas. También se nos suele acusar de que no tenemos vida espiritual. Vale, si por vida espiritual entendemos rezar, hablar con Dios, participar en rituales religiosos o demás actividades relacionadas con la religión, yo no tengo vida espiritual. Pero eso no implica, de nuevo como falsa dicotomía, que sea una persona superficial o que no tenga ningún tipo de vida mental. ¡Todo lo contrario! Contantemente estoy reflexionando sobre todo. ¿Y es que por qué la experiencia religiosa tiene el monopolio sobre todo lo que denominamos vida espiritual? ¿Disfrutar y reflexionar profundamente sobre una ópera de Mozart o un poema de Cernuda no es una actividad plenamente espiritual?

Pero es que si miro a la gente que me rodea la historia se repite. La mayoría de mis conocidos no son gente especialmente religiosa y sus vidas tampoco parecen demasiado absurdas. Trabajan, ríen, aman, lloran, se divierten, anhelan…. No veo, para nada, esa falta de sentido de la que se queja Warren. La mayoría, además, suelen valorar la realidad bastante bien: les importan la amistad, el amor, la familia… por encima de los bienes materiales. No conozco a nadie que, careciendo de amigos y de pareja, centre su vida en la compra de una smart TV. Y si lo hace, preguntémosle si no cambiaría su televisión por suplir sus otras carencias. La búsqueda del amor o de la amistad siguen siendo metas que están por encima de cualquier conquista material.

Hace unos días mi cuñado se compró una cara y enorme smart TV. Nos la enseñó, y mi hija y mis sobrinas pasaron un buen rato bailando al visualizar vídeos musicales en tan prodigioso artilugio tecnológico. Fue un momento divertido y feliz otorgado por una compra de lo más materialista. Evidentemente, si toda la vida de mi cuñado girara en torno a la compra de una televisión, su vida sería bastante triste. Pero es que no es así. La compra de una televisión es un pequeño logro en su vida, un logro poco importante. Él el muy consciente de eso, él sabe que la televisión no le va a proporcionar la felicidad absoluta. Pero es que no hay nada que proporcione la felicidad absoluta. Este concepto es un mito: no hay un nirvana, ni un estado mental de ningún tipo que equivalga a la felicidad absoluta. La vida está llena de pequeños o grandes momentos en los que uno puede ser más o menos feliz, pero no hay un fin del camino que consista en la consecución de una felicidad total. ¿Cómo sería un estado así? ¿Estar todo el tiempo dando saltos de alegría? No creo que eso sea ni siquiera deseable.

Warren, como la mayoría de los predicadores de la moral en estos tiempos convulsos, se basa en exagerar, en hacer falsas, y burdamente simplistas, generalizaciones. Hay infinidad de formas de vivir, creer y actuar en el mundo. Efectivamente, habrá formas mejores de ser que otras, habrá formas que harán más probable que tu vida te lleve a un mayor bienestar. Pero reducir todas ellas al binomio o con Dios o sin Él, es de una simplicidad insultante (más cuando suelen ser o con el dios cristiano, el único dios verdadero, o sin Él). Existirán, sin duda, personas a las que vivir conforme a sus creencias religiosas les hará muy felices, pero existen también muchas otras que viven perfectamente sin Dios y a cuyas vidas no les falta, en absoluto, nada de sentido. Medir la felicidad y el sentido de las vidas de las personas, únicamente, con la vara de su adhesión al cristianismo es de un proselitismo vergonzante.

*Fotografías de Joel Robinson.

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