El eterno masculino

Paul Newman en La gata sobre el tejado de zinc

 

Se ha escrito ya mucho, y se ha filmado casi tanto, sobre la belleza masculina. Me permito aportar mi grano de arena al monumental asunto más por placer que por originalidad, y porque el verano siempre revela nuevos rincones incluso en el más antiguo objeto de deseo. Me van a perdonar que hoy, aunque no sea lo más políticamente correcto, regrese al viejo tema de las canciones y les glose al hombre amado. Todas las mujeres, y quizá también algunos hombres, sabrán de lo que hablo. Cualquier historia necesita una heroína, brillante, valiente, atormentada tal vez; pero, si la historia es buena, a su lado hay un hombre que, sin mucho ruido, le descubre el lado más alegre y sensual de la vida. Como mujer, no todo es resolver retos científicos, lograr la perfección artística o levantar imperios. Los hombres siempre lo han sabido, y las mujeres más inteligentes han sido capaces de aprenderlo amando esa sutil y etérea sonrisa varonil que, en la época más atea, tanto se parece a lo sagrado.

 

Marlon Brando en “Un tranvía llamado Deseo”

 

La verdad está tanto en las especulaciones antiguas como en el inaprehensible quehacer cotidiano, la familiaridad de un hogar conocido, la sencilla mirada del hombre amado. Quizá los hombres saben mejor que nosotras la profundidad del misterio de la vida. Quién no ha visto temblar, en los ojos de un varón hermoso, el secreto que tantas veces buscamos en nuestras lecturas y nuestros pensamientos, quién no se ha conmovido más por la delicadeza de un gesto masculino que por el más brillante de los versos. A veces contemplar esa figura que, elegante y modesta a un tiempo, de manera imprevista se nos ofrece es suficiente para recordar la imprecisión de todo sistema de conocimiento que quiera dominar el mundo. Los hombres, su potencia engendradora que se recrea cada amanecer con la llegada de un nuevo día, tienen un vínculo especial con las fuerzas inagotables de la naturaleza; al fin y al cabo, la vida surgió cuando un rayo de sol incidió gozosamente en el líquido proteico original, y es en la participación de esa potencialidad infinita donde se yerguen la belleza y la vida. El milagro de la paternidad. A la vez, el cuerpo masculino encierra en sí la superación de cualquier dialéctica que hayamos querido imponerle, al hincar esa perpetua dación en la exquisita recepción: el misterio irredento del placer anal.

 

Michael Fassbender en “Fish Tank”

 

Cómo sorprenderse, entonces, de que a día de hoy sigamos escribiendo sobre ellos, haciendo películas sobre ellos, siempre fascinadas – y fascinados – por el embrujo que son capaces de ejercer. Hoy, como ayer, el amor de un hombre nos recuerda el verdadero valor de las cosas aparentemente más simples, nos muestra, sabia y dulcemente, el camino a una felicidad fuera de la soledad y del miedo. Entre citas de Madame de Staël y de Emilia Pardo Bazán una amiga y yo desgranamos los nombres de las musas que nos han hecho y nos hacen suspirar: Mr. Darcy y su incontestada encarnación, Colin Firth, camisa desbocada, recién bañado en el lago de Pemberley; la carnal intuición grabada en el físico rotundo de Marlon Brando o, más contemporáneo, Michael Fassbender; la mirada herida de Paul Newman en La gata sobre el tejado de zinc; la vulnerabilidad de un Ewan McGregor; el descaro y la reserva, la sensibilidad y la perfidia que vibran en el rostro de Nikolaj Coster-Waldau. Ella añade la sonrisa de Harrison Ford en La guerra de las galaxias, y yo retorno a la escuela británica, al romanticismo y la ironía que cincelan la espalda y los pómulos de Benedict Cumberbatch. Sin embargo, aunque es justo rendir homenaje a estos hombres de bandera, el encanto no es cuestión de renombre, o de dinero. La seducción es esa presencia, ese detalle, que nos atrapa y que nos impulsa a dejar lo que estemos haciendo e invitarle a un café.

 

Benedict Cumberbatch en Sherlock

 

Y es que hay el poder varonil que no necesita de reconocimiento y oropeles, y es ese momento preciso en el que sabemos que de poco valen nuestros triunfos – artísticos, políticos, deportivos – si no tenemos la admiración y el respeto de nuestro hombre preferido, si no hay un cuerpo que nos espere en casa para consolarnos al final de los días ásperos. Un cuerpo viril y esbelto, descansando entre las sábanas, que a pesar de nuestras torpezas nos acoja y nos acepte. Ellos son mejores que nosotras: lo sabemos porque no organizan reuniones consigo mismos para preguntarse, sesudamente, dónde radica la magia de eso que hemos dado en llamar amor. Comparados con la desnuda ternura de un hombre, nuestras obras, ¡nuestros imperios!, son tan ridículos como una masturbación culpable. Nosotras presumimos de construir otros mundos, pero el gesto mínimo del chico (la suave sombra de unas pestañas que descienden, labios voluptuosos fruncidos con gracia, ese precioso movimiento al abrocharse el pantalón) nos promete además la íntima posibilidad de vivirlos.

Qué sería de nosotras sin ellos. Qué sería de nosotras sin los chicos, que no necesitan exhibir sus logros, que solícitamente celebran los nuestros. Ellos no necesitan hacer oír su voz; no necesitan de imperios ni palabras. Ellos, con un mohín, callan y sonríen.

Los queremos así.

 

 

Nikolaj Coster-Waldau en Juego de Tronos

 

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