La fotografía de Cecil Beaton: del tiempo y la belleza

Cecil Beaton por Ronald Traeger

Creo que leí en algún sitio que la mayoría de los seres humanos tenemos una extraña capacidad para sesgar la realidad hacia lo positivo, para engañarnos un poco y sacrificar algo de lucidez en aras de vislumbrar una esperanza que nos posibilite levantarnos por la mañana sin demasiadas telarañas de angustia o de tristeza que nos impidan comenzar los días y seguir peleando por la vida, aunque pueda estar todo a punto de perderse. A pesar de las expectativas fundadas de la existencia como un “valle de lágrimas” la vida siempre parece que se abre paso, que tiene tendencia a burbujear como los juegos de los niños, aún entre las ruinas del mundo, quizá impulsada por un deseo que también nutre la sociedad de consumo en la que vivimos, para crear fantasías que, sin embargo, no siempre están al alcance de la mano. Aquello que Thorton Wilde ponía en boca de Clodia en “Los idus de Marzo” respecto a los peligros y las virtualidades de la poesía:

 

Marlene Dietrich por Cecil Beaton

 

“Ni el sol ni el estado de ser hombres permiten que se los mire fijamente; al primero, tenemos que mirarlo a través de gemas; al segundo, a través de la poesía. Sin poesía, los hombres marcharían a la batalla, las novias entrarían en el matrimonio, las mujeres se convertirían en madres, los hombres se cubrirían la cabeza y morirían; mas, ebrios de poesía, todos esos hombres y mujeres corren hacia esas ocasiones con no sé qué esperanzas ilimitadas.

 

Audrey Hepburn por Cecil Beaton.
 

Sin embargo, quizá por la terrible experiencia histórica, por eso de que después de Auschwitz  era difícil escribir poesía, el arte y la literatura del siglo XX se han encargado de subrayar, sobre todo, el lado oscuro del mundo, la fragilidad siempre latente detrás de cualquier vida, el horror siempre posible tras la aparente seguridad del momento presente. Los fotógrafos, en concreto, se han encargado de viajar a los lugares más oscuros, a las vidas más rotas, para tratar de reflejarlas en su mayor crudeza, quizá para que el que las mire tome conciencia del dolor, para intentar crear una conciencia ética que sin embargo siempre se torna ambivalente o paradójica, como subraya Susan Sontag, porque fotografiar también supone, de alguna manera, una actitud de no intervención, y porque la propia imagen puede crear otra forma de belleza extraña que termina saturando la capacidad de empatía o de indignación y acaba siendo casi otra imagen decorativa, entre la sucesión de imágenes con las que nos inunda y percibimos el mundo moderno.

 

Foto: Cecil Beaton

Cecil Beaton no ha sido aparentemente ese tipo de fotógrafo. Vivió las tragedias del siglo XX, fotografió guerras o países del tercer mundo, pero en sus fotos parece haber un sesgo luminoso que hace deseable la vida aún es sus peores circunstancias. Tres soldados encendiendo un cigarrillo en medio de una guerra parecen contener toda la determinación y la alegría liberadora de la mejor masculinidad; una niña herida en una cama de hospital contiene en su mirada la pureza feliz de la infancia; los retratos de actrices o escritores perfilan lo más bello o lo más profundo que podrían transmitir con su imagen, aunque no lo tuvieran del todo dentro, aunque nunca hubieran soñado vivir en esos escenarios que conquistan en sus fotos o encontrar ese gesto que parece iluminarlos para siempre.

 

Foto: Cecil Beaton

 

También sus fotografías de moda parecen soportar el paso del tiempo, amarillean muy poco, sorprende, cuando se las mira, que esos modelos ya hayan envejecido o estén muertos porque podrían vivir ahora, salir en el Vogue de ahora. A menudo con detalles de mayor modernidad y más ambición, con mucha mayor profundidad y encanto, que las fotografías  que podemos encontrar ahora mismo en cualquier kiosko. Pero además hacía dibujos que reflejaban la sensibilidad de su mundo, diseñaba vestuarios, construía escenarios para el teatro o el cine, a un nivel tan alto, que lo llevaron a ganar tres premios Óscar y cuatro Tony.

 

Edith Sitwell por Cecil Beaton

 

Nació en 1904 en una familia acomodada, estudió en Cambridge, desde el  principio se codeó con las clases altas y los ambientes artísticos. Sería muy sencillo decir que su vida fue fácil y que cualquiera hubiera hecho sus fotos o sus creaciones en unas circunstancias parecidas. Pero su paso por HealthKit Mount School ya le había mostrado que la vida iba en serio y que el patio del colegio era una selva muy peligrosa. Allí fue acosado por su compañero Evelyn Waugh, luego famoso novelista, algo que pareció dejarle huella. Además los retos siempre adquieren una nueva altura en función del punto de partida y nunca es fácil descubrir a lo que quiere dedicarse la vida, tener el coraje y talento para conseguirlo y, sobre todo, encontrar la distancia exacta para estar dentro y fuera a la vez del grupo social al que se pertenece, conseguir un espacio de independencia para vivir de otra forma si se prefiere, para amar de varias maneras, sobre todo, lo cual no es algo ajeno al tono emocional que se precisa para crear como él lo hacía.

 

Marilyn Monroe por Cecil Beaton

Se movió de forma eficaz entre la aristocracia y las clases altas de su tiempo pero probablemente con cierta distancia, anotando objeciones entre sonrisas, manteniendo oculta una parte de sus impresiones que apuntaba descarnadamente en un diario, fantaseando en un mundo con parecidos brillos pero más perfecto, más benigno, más bello, en definitiva. En todo lo que se escribe de él se incluye esta frase suya:

“La belleza es la palabra más importante del diccionario. Es sinónimo de perfección, esfuerzo, verdad y bondad”

 

 

Foto Cecil Beaton

 

Lo que sin duda quizá define una forma de escapismo pero también un cierta actitud existencial, un carácter; un compromiso con una idea siempre evanescente y de alguna forma fronteriza y trágica, con tendencia a soportar el tiempo de esa forma tan melancólica con que la soportan algunas antigüedades exquisitas que siempre recuerdan el perfume de la muerte. Quizá hasta que de nuevo conectan con una mirada joven que se siente concernida y las resucita, con toda la fuerza del pasado, en otro escenario. Y entonces los objetos, las fotos, traen el viento de la mejor vida, el impulso de lo que quizá ocurrió o fue imaginado, de las vidas posibles, de la belleza que vuelve a existir con solo poder soñarla.

Cecil Beaton al que es tan agradable volver algunas veces para mirar los ojos del deseo o de la esperanza sin engañarse demasiado. Lo que de él decía Truman Capote…

 

Truman Capote en 1948 por Cecil Beaton

 

(…)“Lo que quiero decir es que he observado a Beaton en todos los climas, mentales o no, y a menudo he tenido el privilegio de verle trabajar con una cámara: en realidad, de vez en cuando hemos colaborado: he escrito el texto que acompañaba a sus fotografías. He tenido esa clase de experiencia con otros fotógrafos, en especial Henri Cartier-Bresson y Richard Avedon, a quienes respeto mucho: considero que, junto con Beaton, deberían ocupar los tres primeros lugares en cualquier lista de los mejores fotógrafos del mundo. Pero ¡qué distinto es cada uno a la hora de trabajar! Avedon es principalmente un fotógrafo de estudio; de cualquier manera, parece más cómodo y creativo en medio de máquinas que funcionen a la perfección y de atentos ayudantes. Trabajé con Avedon hace poco, en condiciones primitivas, haciendo un reportaje en el Medio Oeste norteamericano; no tenía ayudante y usaba una cámara japonesa recientemente introducida que es capaz de tomar más de cien fotos antes de que haya que cambiarle la película. Trabajamos como esclavos toda la mañana, anduvimos kilómetros y kilómetros en medio del polvo y el calor y luego, cuando volvimos al motel en que nos alojábamos, Avedon, con una risita nerviosa, anunció de repente que todo nuestro trabajo había sido en vano: hacía tantos años que no trabajaba sin ayudantes, que siempre le preparaban el material, que se había olvidado de ponerle la película a la cámara.

Cartier-Bresson es otra tasse de thé, por completo es autosuficiente hasta la exageración. Recuerdo una vez que le vi trabajar en una calle de Nueva Orleans; bailaba por la calle como una libélula agitada, con tres Leicas suspendidas alrededor de su cuello y una cuarta pegada al ojo; hacía clic-clic-clic (la cámara parece parte de su cuerpo) continuamente, con alegre intensidad y una absorción religiosa. Bresson es nervioso, alegre y compenetrado, un «solitario» del arte, con una pizca de fanatismo.

 

Truman Capote en Bangkok, 1957 por Cecil Beaton

 

Pero Beaton no. Este hombre, con esos ojos azules tranquilos (a veces fríos) y esas cejas levemente levantadas, es tan casual y despreocupado como parece: con una cámara en la mano, sabe lo que hace, eso es todo, no hay necesidad de perder la paciencia o adoptar posturas afectadas. A diferencia de muchos de sus colegas, nunca he oído hablar a Cecil de la Técnica o el Arte o la Honestidad. Él, simplemente, hace fotos y espera que le paguen por ello. Pero su manera de trabajar es muy especial. Una de las cosas que inmediatamente llaman la atención acerca del comportamiento de Beaton es la forma en que crea la ilusión de un tiempo sin fin. Aunque aparentemente siempre trabaja presionado por un horario descorazonador, sería imposible suponer que no es un caballero de ocio casi tropical: si tiene diez minutos para tomar un avión y está hablando por teléfono con alguien, no hace nada para acortar la llamada, sino que continúa desplegando sus maravillosos modales.

 

Isabel II de Inglaterra por Cecil Beaton

 

Sin embargo, uno puede estar completamente seguro de que no va a perder el avión. Lo mismo sucede con sus modelos: la persona que posa para Beaton tiene la sensación de estar flotando ligeramente en el espacio, le parece que no le están fotografiando sino pintando, y quien lo hace es una presencia casual y apenas visible. Pero Beaton está allí, sin duda. A pesar de su paso imperceptible, es una de las personas más «presentes» que existen: su inteligencia visual es genial, nunca se podrá inventar una cámara que pueda cubrir o captar todo lo que él ve. Escucharle describir en términos estrictamente visuales una persona o un cuarto o un paisaje es oír un recitado que puede ser hilarante o brutal o muy hermoso, pero que, por cierto, siempre será brillante. Y eso, esa extraordinaria inteligencia visual que se manifiesta en sus fotos, por más diluida que esté, es lo que hace que la obra de Beaton sea única, que preserve detalles que los historiadores de siglos venideros agradecerán más de lo que agradecemos ahora nosotros.”

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Pablo Picasso por Cecil Beaton
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