Parkinson, Gastaut-Geschwind y el sentido de la locura

La mayoría de la gente solo asocia la enfermedad de Parkinson a los temblores. Asociamos Parkinson a la imagen de una mano temblorosa incapaz de tareas tan ordinarias como abrocharse un botón o los cordones de los zapatos. Si tenemos algún conocimiento más, pensamos en un trastorno del cerebelo, la parte del cerebro encargada de la coordinación de los movimientos (de hecho, conocemos la función cerebelar gracias al propio Parkinson). Las neuronas del cerebelo no funcionan correctamente y como consecuencia el movimiento se vuelve descontrolado. Sin embargo, es una visión sesgada: lo que es menos conocido es que, aparte de que los temblores no son un síntoma necesario (a veces, solo se da rigidez y lentitud de movimientos), el Parkinson tiene efectos más profundos en la mente de los que lo padecen.

La periodista y psicóloga Alejandra Folgarait y el neurólogo Marcelo Merello nos cuentan en su muy recomendable Historias del cerebro, unos casos muy ilustrativos sobre comportamientos alterados en pacientes de Parkinson. Por ejemplo, el de una anciana de clase alta que, por las noches, salía a rebuscar en los cubos de basura para transportar los desperdicios a su casa (un claro síndrome de Diógenes), el de una mujer que no podía dejar de comprar zapatos (hasta arruinar a su familia), o el de otra que se levantaba todas las noches para lavar la ropa una y otra vez (llegando a quitar la sábana a su marido mientras dormía, lavarla, secarla, plancharla y volvérsela a poner encima de nuevo).

 

 

Estas personas, además de Parkinson, padecían TCI (Transtorno del Control de Impulsos): todos ellos sentían la irresistible tentación de realizar obsesivamente una serie de actos una y otra vez, ignorando por completo si les resultaba dañino. Bien, ¿y qué relación podría haber entre Parkinson y TCI?

Sabemos que una producción insuficiente de dopamina es una de las causas del Parkinson, por lo que a los pacientes se les trata, exitosamente, con dopaminas sintéticas (agonistas dopaminérgicos) y con el precursor de la dopamina (la famosa L-dopa de Oliver Sacks). No obstante, a pesar de que estos fármacos son muy eficaces con los problemas motores, pueden provocar otros problemas a largo plazo, tales como el TCI.

Un caso muy peculiar era el de un aburrido contable que, de buenas a primeras, comenzó a cometer las mayores heroicidades: se tiró al mar para evitar un naufragio (aunque al final lo tuvieron que rescatar a él) y entró en un edificio en llamas para salvar a una anciana (lo que le costó un mes de ingreso hospitalario por intoxicación de monóxido de carbono). Su carácter se había vuelto, sin mediar suceso significativo alguno, heroico, demasiado heroico. Pero la cosa no fue a más: su psiquiatra bajó la dosis de dopamina y el contable volvió a ser tan aburrido como siempre.

 

 

Y es que, según nos cuentan Folgarait y Merello, los pacientes de Parkinson son rígidos, no solo en su movilidad, sino en su forma de ser: les es difícil cambiar de opinión sobre la marcha, son totalmente conservadores a la hora de asumir riesgos y absolutamente incapaces de afrontar situaciones nuevas. Si habláramos de ellos en términos de juego, tienen demasiado miedo a perder. Por el contrario, si se les trata con dopamina y desarrollan TCI (alrededor de un 6% de los tratados lo desarrollan), se vuelven ciegos al peligro, miopes al futuro y se lanzan sin control a conductas alocadas o temerarias. En términos de juego, tendrían demasiada necesidad de ganar. Somos cobardes e indecisos, o temerarios y adictos al riesgo en función de la presencia de un neurotransmisor en nuestro cerebro… ¡La valentía no es un don de los dioses, ni siquiera el fruto de una elección personal, sino el efecto de una pequeñísima molécula!

Nuestra definición de trastorno o patología mental no es algo absoluto sino relativo a la disfuncionalidad vital. Decimos que alguien está mentalmente enfermo cuando no puede llevar una vida normal. Si puede llevarla o, incluso, su “trastorno” la mejora, nadie diría que hay atisbo de locura. Quizá si nuestro contable hubiese sido un cruzado medieval luchando por liberar Jerusalén de los sarracenos, su comportamiento heroico lo hubiese catapultado a los cantares de gesta ¿Quién sabe si los grandes guerreros de la historia eran, sencillamente, personas con unos niveles de dopamina anormales?

 

 

Estamos tan acostumbrados a la normalidad que la platonizamos, hacemos de ella una vara absoluta de medida de la realidad, tachando como enfermos a los que, sencillamente, se alejan demasiado de un promedio (además, tengamos en cuenta que ese promedio es una mera abstracción no representada por absolutamente nadie. Y si encontrásemos a alguien que representara la total normalidad, la perfecta salud mental, al ser un caso tan extraño… ¡ya estaríamos ante otro enfermo!) Recordemos, por ejemplo, el síndrome de Gastaut-Geschwind: un trastorno epiléptico que te convierte en un ferviente metafísico, en alguien con unas enormes inquietudes religiosas. Supongamos que ese síndrome otorgara a sus poseedores una cierta ventaja evolutiva. Pensemos que, al igual que pasa hoy con los barbudos hipster, en algún momento de la historia de nuestra especie se puso de moda como modelo de macho atractivo a las personas hiperreligiosas. Si hubiesen conseguido un mayor éxito reproductivo, sus genes se habrían expandido y ahora el síndrome de Gastaut-Geschwind sería lo normal. Nuestra sociedad sería una especie de súper-secta en la que solo cabría rezar y laborar para el sumo sacerdote.

La pregunta que debería inquietarnos, al menos un poco, sería: si un hombre primitivo de los albores de nuestra especie (pongamos 150.000 años) contemplara hoy nuestra conducta: ¿no le parecería todo lo que hacemos una completa locura? Desde luego, si nos viera cazando pokemons o haciendo tuerking no tendría duda alguna. Quién sabe si nuestra conducta y actividades mentales no son fruto de un trastorno tras otro durante eones de tiempo evolutivo.

 

parkinson_foto

 

No obstante, esto tampoco nos debe llevar a un concepto radicalmente relativo de enfermedad mental. Hemos definido enfermedad como disfuncionalidad ante una vida normal (si bien cabrían más definiciones. Psicólogos y psiquiatras tampoco se ponen de acuerdo), siendo el concepto de vida normal algo no tan subjetivo o relativo como pudiera pensarse. No puedo imaginar algún tipo de vida en que sufrir síndrome de Down, un autismo severo o ser esquizofrénico, supusiera una ventaja sobre los demás, y no una disfuncionalidad totalmente incapacitante. Lo mismo pasa con el Parkinson. No sé cómo podría ser una sociedad que premiara tener problemas para realizar las más sencillas acciones locomotoras. Una falacia muy habitual, y terriblemente simplista, es pasar de decir que “no tenemos una definición totalmente precisa e irrefutable de algo” a “no hay definición y, por lo tanto, todo vale”. Constructivistas, posmodernos y demás tipos guays, saltan de alegría y ya dicen que la enfermedad mental es un constructo social, histórico o una mera etiqueta que expresa el poder de una clase dominante, etc. que no tiene nada que ver con ninguna clase de realidad ni física ni biológica ni de ningún otro tipo.

No, queridos amigos, ya seas un masái, un yanomamo o un hamer, ya vivas en el siglo XXI o en el VII antes de Cristo, si hay un esquizofrénico entre los tuyos, notarás que algo no va bien y que su comportamiento no le permite llevar una vida normal.

 

Etiquetas de este artículo
More from Santiago Sánchez-Migallón

Tú no existes

El giro humanista del Renacimiento se concretó, sobre todo con la figura...
Leer más

4 Comentarios

  • Puntualización, un poco la de siempre. La posmodernidad no tiene nada que ver con el foucaultismo, que está muy presente, por ejemplo, en la teoría de género. Supongo que esto es lo que quieres decir con “constructivismo”. La posmodernidad, en cambio, es una reflexión acerca de en qué sentido el capitalismo globalizado (o “capitalismo tardío”, como dice Jameson) ha transformado el carácter de nuestra cultura, introduciendo elementos que nos estaban previstos en la modernidad, tergiversando de un modo peculiar, pues, esta concreta fase última de la modernidad. Pueden ser constructivistas en el sentido de que precisamente la globalización ha mostrado un mundo plural que no puede ser reducido a la unidad moderna, y ese gran cruce de caminos de lo plural contemporáneo puede ser manejado, puede ser intervenido, porque en él desaparece el fundamento que se apoyaba en lo natural-único. Precisamente esa lectura que nos recomiendas viene a abundar en eso mismo: no es que no haya normalidad, es que hay muchas maneras de normalidad (la yanomama, la hamer, etc.), pero todas ellas bien diferenciadas de las maneras también variadas de la anormalidad o de la patología. Los psiquiatras, desde Sacks, cuando quieren vendernos sus libros de curiosidades se ponen muy posmodernos…

    Foucault, sin embargo, era algo muy distinto, él hablaba del poder que subyace al saber, como sabes, y además nunca mencionó la posmodernidad. En fin, que creo que mezclas asuntos distintos, y no entiendo en qué sentido iban a ser todos en el mismo saco tan “guays”…

    (De hecho, lo guay ahora, por lo menos en España, es el podemismo que también ataca la posmodernidad para defender la vigencia de la ilustración, y, como Trump, la antiglobalización y el retorno a la autonomía de los estados nación; si en algún momento la posmodernidad fue guay, tan guay como los foucaultianos -que en realidad cultivan un feo pesimismo y no son nada guays personalmente-, ese momento ha pasado y ahora se refugian en el arte raro).

  • Óscar:

    Cierto, he usado el término posmoderno de modo muy desdibujado. Es una mera etiqueta pero la preciso. Para mí es un posmoderno quien niega la mayor de la modernidad: razón, ciencia, verdad, progreso… y, en consecuencia, defiende posturas abiertamente relativistas a nivel epistemológico. En este sentido Foucalult es postmoderno, Lyotard y Vattimo, Deleuze y Guattari, Lacan, Derrida, Rorty, Feyerabend, Latour (la llamada sociología del conocimiento)… en fin, prácticamente todo el stablishment francés y su rollo postestructuralista hoy tan bien respresentado por un tal Zizek (inspirador de Podemos) y, por supuesto, la doctrina Queer y todos los estudios de género también inspirados por estos pensadores y liderados por la señora Butler.

    Molan mucho porque constituyen todo lo políticamente correcto para la progresía: anticapitalismo, defensa de la diferencia, de lo singular, de gays y lesbianas, etc. frente a malvadas instituciones opresoras como la tecno-ciencia, el estado-totalitario-fascista, la rancia e intolerante moral puritana de la Iglesia-inquisición o el sutil falocentrismo que domina todo. Todo esto monta una peli de buenos y malos que, lamentablemente, gusta mucho a los jóvenes universitarios.

    Ahora, viene muy a cuento, Donald Trump representa el villano perfecto, además, ¡dirigiendo el país más poderoso del mundo!. Ni a Steven Spielberg se le ocurriría un guión mejor.

  • Tus palabras y, sobre todo, la curiosa relación de ideas que haces al final, me sugieren algo que podríamos llamar “neofukuyanismo” (injustamente, por cierto, para el propio Fukuyama, que ya no está en estas posiciones…) y que igual me decido a tratar por escrito uno de estos ratos, aunque no sé si tengo ya cabeza para estas cosas…

  • Santiago,

    por lo poco que he leído hasta ahora de tus escritos me parece que no puedo estar más de acuerdo contigo. Aunque desde luego mi “nivel” por decirlo de alguna forma está muy por debajo. Ahora bien, yo tengo Parkinson, así que tengo algo que contarte.

    Por supuesto estoy de acuerdo con la tesis que defiendes. Estoy enfermo, no cabe duda. Eso de que la enfermedad mental o neurológica es un “constructo social” me parece una estupidez, simplemente. Pero creo que en el caso del Parkinson hay que hilar más fino.

    No es la dopa lo que te “cambia”, son los agonistas. Y unos más que otros. De verdad no exagero cuando digo que te cambian. Pienso, aunque no puedo estar seguro, que no todo el mundo que sufre este cambio se da cuenta. A fin de cuentas, uno sigue siendo uno mismo. Pero yo creo, con mis dudas insisto, que mi conocimiento sobre el cerebro e IA (poco) y mi rabioso racionalismo (mucho) me permiten despegarme un poco de mi mismo y observar mis acciones desde cierta distancia.

    ¿Qué veo? Pues a veces me asusto un poco, pero otras veces puede que sea positivo. Intentaré explicarme. Todo el mundo estará de acuerdo en que llevar a mi familia a la ruina jugando a la ruleta es malo. Al señor que se tiró al mar y se metió en el incendio le salió mal, cierto, pero ¿actuó mal?. Si siendo “normal” (sin agonistas) eres el contable aburrido y competente al que su jefe explota sutilmente, y de pronto dejas de huir del enfrentamiento y lo encaras, ¿es malo?

    Otra forma de expresarlo. ¿No es equivalente “antes era más panoli” que “ahora soy más decidido”?

    Pues creo que depende de la suerte que tengas. Si tu jefe te despide y te quedas en la indigencia será malo, pero si consigues otro trabajo mejor será bueno.

    ¿Dónde está la línea? Pues no lo sé ahora (con Parkinson) pero tampoco lo sabía antes (sin Parkinson). Como todo el mundo, vamos.

    Muchas gracias por compartir estos escritos. He llegado aquí por el Parkinson pero los leeré todos con mucho interés.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *