La carta

Mi abuelo era una persona huraña e insolente. Solía pasar el día deambulando por la casa, gruñendo y hablando solo. Por las tardes, cuando ya sus piernas no le sostenían en pie, se quedaba en el salón. Sentado siempre en el sofá que se encontraba más alejado de todos los demás, leía unos libros enormes, con las páginas muy amarillas. Yo tenía la impresión de que siempre se trataba del mismo ejemplar.

Sólo leer parecía apaciguarle, sólo mientras lo hacía podíamos disfrutar de algunas horas de tranquilidad. Cuando se levantaba para ir al baño, cosa que hacía frecuentemente, iba perdiendo las hojas por el suelo y nunca permitió que le ayudásemos a recogerlas. Ignoro por qué nos esforzábamos tanto, por qué le prestábamos tanta atención con las pocas satisfacciones que recibíamos de él. Aún ahora, cuando le recuerdo, dudo si era demasiado independiente o simplemente era un ser egoísta, al que le molestaba cualquier asunto que no le concerniese. Era  evidente que deseaba vivir en su mundo y que nadie se ocupara de él.

 

Imagen de Carl Mydans
Imagen de Carl Mydans

Mi padre siempre afirmaba que era un hombre con “poco agrado” y no le daba más vueltas. Mi madre comentaba a menudo que él en realidad nunca había sido así, que siempre fue un padre cariñoso y afable, dedicado por entero a su familia, y que aunque viajaba constantemente, por motivos de trabajo, jamás le sintieron lejano, y  que, por el contrario, todos anhelaban su vuelta y la serenidad que su sola presencia devolvía a la casa. También nos contaba, y lo hacía siempre como si hubiese ocurrido ayer mismo, que un día regresó completamente cambiado. “Era evidente que algo le preocupaba -continuaba relatándonos-, pero ninguno de nosotros, creo que ni tan siquiera mi madre, supimos nunca qué pudo pasarle, qué sucedió en aquel viaje. Jamás -decía-, volvió a ser el hombre tierno y feliz que siempre fue”.

Ella nos repetía  esta historia continuamente, supongo que para intentar disculparle; supongo que necesitaba recordarle así. Hasta el día de su muerte mantuvo ese carácter agrio y esa manera de ser que le impedía disfrutar de todo lo que le rodeaba.

Después de comer se recluía en su cuarto y echaba el cerrojo. A pesar de que le advertíamos insistentemente de los peligros de encerrarse así, nunca nos hizo el menor caso. Al poco tiempo, abría la puerta  y bajaba al salón.

 

Emmanuel Sougez
Fotografía de Emmanuel Sougez

Aquella mañana no consintió en levantarse de la cama, permaneció todo el día  en su dormitorio, sin permitir que entrásemos ni a preguntarle ni a llevarle la comida. Yo me sentía intranquila, no podía dejar de pensar en él y en cómo se encontraría. Recuerdo que le preparé un zumo, siempre le habían encantado las naranjas, y desoyendo las advertencias de mi madre subí a su habitación. Abrí la puerta con mucho cuidado y al ir a entrar pude verle, medio incorporado, abrir con una llave el cajón de su mesilla y sacar un sobre de él. Extrajo con mucho cuidado la hoja que contenía y estuvo leyéndola durante un largo rato. Su cara se fue transformando lentamente, su expresión atormentada cedió ante su contenido y, en poco tiempo, me pareció verle rejuvenecer muchos años. Sonreía tímidamente mientras la leía y ni siquiera reparó en mí. Jamás le había visto así. Decidí regresar a la cocina, antes de que notase mi presencia. Mi madre  se extrañó al verme regresar con el  vaso de zumo entero y me preguntó:

-¿Qué ha pasado? ¿Tampoco quiere el zumo? Ya sabes lo tozudo que es, ¡no sé ni cómo te has atrevido a subir!

–  Ya, mamá, no te preocupes, al menos he comprobado que está bien.

 

Imagen de Andre Kertezs

Esa misma noche murió. Mi madre y yo le encontramos a la mañana siguiente con la hoja en el pecho. Ella rápidamente la cogió y se la guardó en el bolsillo de su bata. Parecía haberse quedado plácidamente dormido. Nunca supe qué contenía aquella carta, mi madre la quemó esa misma noche en la chimenea del salón.

 

*La imagen que encabeza este artículo es de Pedro Luis Raota.

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1 Comentario

  • Me ha encantado tu relato Luisa, seguro que la carta era de alguien a quién amaba, escribe mas y envíalo

    para que todos lo conozcamos.

    Un beso muy fuerte.

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