La profesión del esclavo griego

Necesariamente será una y la misma la educación de todos, y que el cuidado por ella ha de ser común y no privado.

Aristóteles, “Política”

 

 

A fines del s. XIX y hasta mediados del XX, se produjo una época prodigiosa en la Física y la Química, sobre todo, que los especialistas denominan la “bella ciencia”. Acabó con la explosión de la primera bomba atómica, la de Hiroshima. De repente, ya no resultaron tan apasionantes las exploraciones de Planck, Bohr, Rutherford, Einstein, Pauli, Pauling y tantos otros que allanaron el mundo subatómico, eso que parecía tan insondable como inútil, que era bello precisamente porque no tenía aplicación inmediata alguna. El artefacto de Hiroshima arrasó una ciudad y también un ideal científico, justamente aquel que había formulado Aristóteles más de dos milenios antes. Aristóteles había escrito, como todo el mundo sabe, que la ciencia no sirve para nada, y que justamente por ello es superior. ¿De qué podría servir saber que sólo dos electrones pueden ocupar la órbita de un átomo, o que esas órbitas están bien definidas y no son caprichosas o imprecisas, etc.? Dos hongos rojizos y alucinantes mostraron para qué servía exactamente, o para qué podía servir eventualmente, conocer detalladamente todo eso (por lo visto, el Proyecto Manhattan había resultado demasiado caro para las arcas de EEUU como para no poner a prueba sus engendros, fuese cual fuese la situación de la guerra con Japón). Creo que con la filosofía ocurre una cosa parecida. Hasta Francis Bacon o René Descartes, más o menos, podemos establecer un largo periodo de “bella filosofía”, en el que el conocimiento de la naturaleza o del hombre no se concebía todavía como dominio de la naturaleza y del hombre, sin perjuicio de que los poderes de toda la vida usasen de la filosofía para sus propios fines, como hubiesen utilizado cualquier otra ideología y como, de hecho, usaron también la ciencia todo lo que pudieron antes de 1945.

 

La 5ª Conferencia Internacional de Solvay sobre Electrones y Fotones, se celebró en octubre de 1927. 17 de los 29 participantes fueron premios Nobel. Fila trasera, de izquierda a derecha: Auguste Piccard, Émile Henriot, Paul Ehrenfest, Édouard Herzen, Théophile de Donder, Erwin Schrödinger, Jules-Émile Verschaffelt, Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg, Ralph Howard Fowler, Léon Brillouin. Middle row, left to right: Peter Debye, Martin Knudsen, William Lawrence Bragg, Hendrik Anthony Kramers, Paul Dirac, Arthur Compton, Louis de Broglie, Max Born, Niels Bohr. Primera fila, de izquierda a derecha: Irving Langmuir, Max Planck, Marie Skłodowska Curie, Hendrik Lorentz, Albert Einstein, Paul Langevin, Charles-Eugène Guye, Charles Thomson Rees Wilson, Owen Willans Richardson.

Desde luego, no es que Bacon o Descartes tengan culpa alguna de nada, esa sería una idea absurda. Pero el caso es que enterraron definitivamente a Aristóteles, el gran sabio que decía que la filosofía y/o la ciencia son una ocupación casi divina que no produce rendimiento útil alguno, porque si lo produjese ya no sería noble filosofía, sino tarea servil propia de mujeres y esclavos. Hoy no podemos apenas asimilar esta actitud, puesto que hemos creado toda una cultura global en torno al extremado valor de las tareas serviles (comerciar, producir, ahorrar, trabajar para otro, practicar la usura, dar espectáculo y crear entretenimiento, etc.) que a partir de la Reforma Protestante son las únicas que realmente parecen interesarnos. Los profesores de filosofía a la antigua, como yo mismo, nos recordamos a esos esclavos cultos y pejigueros que los romanos se compraban para que diesen clase a sus hijos, helenos muy finos a los que había que respetar pero también tener algo atemorizados. Al igual que los romanos eran sumamente prácticos pero admiraban a la vez que recelaban de sus exquisitos griegos, los profesores de filosofía nos movemos en un entorno de culto a la eficiencia pero revestido de un supuesto manto de cultura en el que no saben muy bien ya dónde demonios meternos. Tal vez enseñemos cosas inútiles, como quería Aristóteles, o tal vez hagamos de los chicos individuos levantiscos, como quisiera Marx, el asunto es que en ambas hipótesis los romanos del neoliberalismo actual cada vez nos quieren menos, o es que no se fían en absoluto de nosotros. La analogía, en realidad, no es perfecta, puesto que aquellos esclavos griegos usualmente vivían peor que un funcionario actual, y además solían ser más instruidos de lo que somos los profesores de filosofía ahora. Pero la sensación de estar fuera de lugar y a la vez representar algo prestigioso -¡la bella filosofía, cuyo tiempo ya murió- ha retornado este curso, que casualmente me han caído en gracia unos alumnos excelentes para el curso de Segundo de Bachillerato. Y en un formato, o ratio, inigualable: tan sólo doce chicos y chicas, como los apóstoles pero en género mixto -una de las enseñanzas de Aristóteles que ya no podemos heredar es su férreo e inexpugnable clasismo y machismo, pero esto es algo que merece también ser explicado con cuidado en un aula…

 

Francis Bacon

Es una gozada dar clase así, y darla precisamente de Historia de la Filosofía. Las preguntas se suceden imparables, y ningún tema está vedado si viene a ayudar al motivo principal de la exposición, o incluso si no. Casi sería una evocación de los tiempos de la “bella filosofía”, si no fuera porque existe el maldito examen de Selectividad, que ahora ha cambiado su nombre pero como lo cambió más o menos en su momento Prince, para hacerse el interesante. Los adolescentes responden bien a la curiosidad, aunque es cierto, como también pensaba Aristóteles, que son demasiado bisoños para la filosofía. De hecho, Aristóteles tenía una opinión ambigua de la juventud, a la que consideraba muy lejos del acmé, de la plenitud humana, que situaba más cercana a los cuarentaytantos o cincuenta años; lo que piensa de la juventud en general lo expresa muy bien en un lugar algo escondido, Retórica, 1389a3-1389b10:

 

Platón y Aristóteles en “La escuela de Atenas” (1511), de Rafael

Los jóvenes son concupiscentes de carácter y les encanta hacer siempre lo que desean. Son muy seguidores de las pasiones venéreas (…) Son variables y se hartan con facilidad, son fuertemente concupiscentes, sus deseos son agudos pero no prolongados, pues se les pasa la pasión deprisa, como la sed y el hambre de los enfermos (…) Son apasionados, de cólera pronta, y se dejan llevar con facilidad por los impulsos. Se dejan llevar por la ira, no soportan ser tenidos en poca consideración y se irritan sobremanera si se consideran víctimas de la injusticia (…) Les gusta el honor, la victoria, el sobresalir. En cambio, no son codiciosos, porque nunca han pasado necesidades.

No son malvados de carácter, sino más bien cándidos, porque les falta la experiencia, el no haber visto muchas maldades (…) Son confiados por no haber sido engañados muchas veces. Y son bienesperanzados como los borrachos, porque a ellos también los caldea, si no el vino como a los beodos, sí su propia naturaleza (…) Y viven por la mayor parte llenos de esperanza, porque la esperanza es lo propio del futuro como el recuerdo es lo propio del pasado, y resulta que los jóvenes tienen ante sí un largo futuro y tras de sí un muy breve pasado (…) Son fáciles de engañar porque esperan con facilidad, y son sobremanera valerosos porque están llenos de esperanza.

Son vergonzosos, pues todavía no conciben otros bienes sino los de su convencional educación (…) Son magnánimos porque la vida todavía no los ha humillado suficientemente y porque por eso mismo están aún llenos de esperanza (…) Se lanzan a hacer el bien con más facilidad que a llevar a cabo lo que les conviene, pues viven más de acuerdo con su carácter que con su reflexiva razón, ya que prefieren la virtud de lo bueno al cálculo de lo conveniente (…) Son más amigos de sus amigos y compañeros de sus compañeros que los que tienen edad más avanzada, porque les complace y hasta embelesa la convivencia y para nada piensan nunca en la utilidad ni, por tanto, tampoco cuando escogen a los amigos.

Se pasan en todo, todo lo hacen exageradamente, lo suyo es por doquier la demasía, pecan por exceso, aman con exceso, odian por exceso, no tienen término medio (…) Se creen que lo saben todo y hacen siempre afirmaciones contundentes, de lo que deriva su conducta exorbitante y descomedida.

Son compasivos por creer que todos los demás son buenos y aun mejores que ellos mismos, dado que miden al prójimo con la carencia de maldad que a ellos mismos les es propia.

Les encanta la risa y la chanza, pues la chanza no es sino la insolencia educada.

 

 

Sin embargo, también Aristóteles fue joven en la Academia de Platón… De todos modos, aunque esas no sean todavía edades para la filosofía, pocas oportunidades nos ofrecen los romanos actuales para despúes. Después, los chicos tiene que estudiar una carrera, a ser posible técnica, y trabajar. La “bella filosofía”, como “la bella ciencia”, esas bobas disciplinas que parecían no servir para detonar dos pepinazos que acabasen con una guerra, quedan desterradas de una formación laboral seria, de manera que hay que aprovechar bien ese escaso año escolar que, para más inri, nos han convertido recientemente en optativo. Los esclavos griegos de profesión profesor de filosofía pedimos poco: no usamos vídeos, renegamos de los PowerPoint, odiamos los esquemas conceptuales y nos cagamos, con perdón, en la práctica de calcular décimas para la nota final, por lo menos unos cuantos. Si nos dan una pizarra, una tiza, papel, boli, oídos atentos y cobertura pública, podemos hasta pasarnos sin los primeros cuatro elementos que he citado. La cobertura pública es esencial, porque, como ya apuntara el mismo Aristóteles, la educación ha de ser común para todos y no regida por intereses particulares. Dichos intereses particulares afectan especialmente a la profesión del esclavo griego, que ya no puede hablar en libertad en presencia de su amo romano. Y hablar en libertad de filosofía, cuando se hace bien y aun acatando la reglamentación curricular correspondiente, es un lujo de dioses, una ociosidad suprema…

Yo, esclavo privilegiado del sistema de educación pública, este curso pienso pasármelo en grande, al menos cuatro veces por semana, ya que los estudiantes “jóvenes” parecen prestarse a ello. Mola.

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7 Comentarios

  • Aunque sin duda es una gran película (todas las de Peter Weir lo son), y Robin Williams hace un gran papel (un poco el suyo de siempre), no puedo estar de acuerdo con el espíritu de “El club de los poetas muertos” ni creo que sea aplicable hoy. Son los alumnos los que deben acercarse a las preocupaciones del profesor, y no al contrario. Para mimar a los adolescentes en sus cuitas y placeres ya está el entero mercado global, sobre todo la moda y la música, no necesitan todavía más adulación. El profesor Keating, en cambio, no parecía dar clase de nada, siempre me pregunté cómo les examinará luego. O si no los examinaba, porque eso es reaccionario y tradicional (no entiendo nunca estos argumentos tan modernos, que no parecen valer para la universidad), cómo les calificaba. Y si no les calificaba tampoco, en qué se distinguía su oficio del de psicólogo de grupo. A diferencia de eso, que no es más que una película que termina trágicamente, la realidad del profesor normal es que tiene mucha programación que impartir, con textos, autores y argumentos difíciles. De eso hay que hablar, no de salvar almas, en mi opinión. El alma de uno ya tiene que venir cuidada de casa, o el problema pasa a otro departamento, el de orientación. Es como la serie esa que intentaron en España, “Merlí”. Sencillamente, el tal Merli no sabía nada de filosofía, y sólo era un arrogante cabrón, o así lo caracterizaron. Eso no es ser enrrollado, sino irresponsable. Sólo una cosa comparto con Keating, a quien aprecio: los libros de texto son una basura, la mayoría, pero ya tenemos recursos para combatir eso…

  • Debo reconocer que elegí las fotos sobre todo por motivos estéticos y porque me pareció que venían al pelo para esa libertad de enseñar con entusiasmo que tú celebrabas en el artículo. No me tienes que convencer de que los alumnos deben hacer un esfuerzo por captar los conocimientos que el profesor les propone, que eso siempre requiere una cierta exigencia o disciplina, aunque luego abra la puerta a placeres muy gratificantes. Y que eso ha desaparecido casi del todo de algunas aulas.

    Pero también es verdad que el factor personal del profesor es importante, demasiadas veces hemos sufrido profesores grises, victimistas, con clases muy mal preparadas y una nefasta puesta en escena. Lo que probablemente terminó de cegar aficiones al conocimiento que, de otra forma, quizá se hubieran abierto.

    Creo que hay otra visión del “Club de los poetas muertos”. Keating imparte literatura y es un romántico que cree que tiene que tener vinculaciones con la vida. En un colegio algo autoritario cree posible tener otra relación con los alumnos, descubrirles la posibilidad de pensar por si mismos o tener gustos distintos a los que casi les imponen. Tiene un entusiasmo que sabe trasmitir y utiliza hasta el límite la libertad de cátedra y la teatralizacion de su propio papel. Los chicos conviven con él y con otros profesores de otras asignaturas, muy distintos a él, para los que puede suponer un contrapunto que, en esa época, era probablemente necesario y educativo. Además se jugaba el sueldo, lo que tenía su mérito.

    En fin aquello esencial que agradecía Camus a su maestro, cuando recibió el Nobel, que estoy seguro que es lo que tú aportas a tus alumnos, algo que yo todavía me creo, aunque pueda parecer algo ingenuo o el texto se haya utilizado demasiado.

    París, 19 de noviembre de 1957

    Querido señor Germain:

    Esperé a que se apagara un poco el ruido de todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser un alumno agradecido. Un abrazo con todas mis fuerzas,

    Albert Camus

  • Gracias a los dos. Hay otro homenaje al maestro más clásico, menos conocido y algo políticamente incorrecto, hoy, se trata del siguiente:

    “Doy gracias a los dioses por ser griego, y no bárbaro, por ser hombre, y no mujer, pero sobre todo doy gracias por haber nacido en el tiempo de Sócrates.”

    Platón.

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