200 años del nacimiento de Emily Brontë

Cuando Dios da a alguien talento, también le da un látigo con el que fustigarse.

Truman Capote Música para camaleones

 

 

Si las tres hermanas Brontë fuesen adolescentes hoy, estarían suscritas a Instagram, chatearían en Facebook y se harían selfis junto a la Torre de Londres, pero entonces ya no sería las hermanas Brontë. Uno lee cualquiera de las semblanzas que se han escrito sobre ellas (están muy bien en su brevedad, por ejemplo, la de William Somerset Maugham en Diez grandes novelas y sus autores y la de Julien Green en Suite inglesa), y casi es eso lo que las desearía de todo corazón: la vida insulsa pero feliz de unas chicas inglesas de provincia al dictado de las últimas modas de masas. En vez de eso, tuvieron una existencia desgraciada, atormentada y corta, como la que Thomas Hobbes postulaba para los hombres en estado de naturaleza, sin que para ello mediara ninguna guerra, ninguna catástrofe natural y ninguna turbulencia política y social. Fueron tres chicas huérfanas de madre, prácticamente ignoradas por su padre, que excepto algunos viajes en los que se las explotó laboralmente vivieron en un páramo desolado que aprendieron a la fuerza a amar, y que para colmo iban siempre vestidas con burkas de manga larga abotonados hasta el cuello. Un horror, pero un horror sin duda muy respetable para las gentes de la época y el lugar. Su único hermano varón, Branwell, de hecho, no pudo soportarlo, y tras escasos intentos de llegar a ser algo o alguien en la ciudad -toda su familia esperaba de él nada menos que el genio…-, terminó por suicidarse lentamente a base de alcohol, opio y hosquedad de modales. Un episodio histórico exclusivamente doméstico que no se me quita de la cabeza cuando intento entender el romanticismo histórico y que supera cualquier imitación posterior en cine y literatura es justamente ese, el de la terrible muerte de Branwell. El tipo, sabiéndose a un paso de la tumba, se empeño en morir de pie, como parodiando la frase del Che más de un siglo antes del Che, y vaya si lo consiguió: allí murió delante de toda su familia, entre horrendos sufrimientos, hasta que cayó desplomado, como un árbol recién talado o que se cae de puro podrido. Este fue, espantoso y tranquilo, aburrido a la par que opresivo, el ambiente físico y moral en que se criaron las Brontë, tres mujeres en estado semi-salvaje que lucharon por sobrevivir a él, a la vez que eran irremediables presas suyas, y cuya historia personal es tan interesante como sus novelas y sus poemas y diez veces más trágica en tanto en cuanto es real.

 

Patrick Branwell Brontë por John Brown (1804-1855)

Naturalmente, no ha faltado quien ha insinuado que Cumbres borrascosas no es obra de Emily, sino de su hermano Branwell, el cachorro frustrado y dipsómano de la familia. El motivo no es solamente patriarcalista, puesto que Anne, y sobre todo, Charlotte, demostraron su habilidad literaria sobradamente; la disputa por la autoría se debe más bien al extraño carácter de Emily. Ella era las más callada de las tres, la más solitaria pero también la más salvaje. Emily era fuego puro, ardiendo únicamente para sí misma, algo así como el romanticismo más extremo en figura de mujer. Nunca conoció varón, apenas salió de su lúgubre región y parecía resignada a la triste vida que le había tocado en suerte, al menos desde un punto de vista externo: por dentro debía de consumirse en su propia ira, en su anhelo de felicidad imposible. Se cuenta mucho la anécdota que muestra hasta qué punto esta mujer encerraba un general, un ministro, una reina entre sus remilgadas faldas. Emily tenía un perro al que quería mucho, por razones parecidas a las que antes Lord Byron quería al suyo, pero una vez la mujer encargada de la casa se quejó porque el animal se tendía en una de las camas del hogar y no había poder humano capaz de sacarle de allí. Emily  pegó al perro una paliza de órdago, a puñetazo limpio, hasta hacerle sangrar, y una vez conseguido su objetivo, curó tiernamente sus heridas. Sólo por esto, que pone la carne de gallina, yo me creo que Emily es la legítima autora de Cumbres borrascosas, y no su débil y arrogante hermano, porque Cumbres… es la obra maestra del amor violento y cruel que no por ello deja de ser amor sin límites, en sus propios términos. Hoy, Cumbres borrascosas sería impublicable, y espera que no terminen por eliminarla de los planes de estudios de los institutos elementales británicos (con lo cual, supongo, pasaría a ser leída masivamente por los alumnos como la obra tremenda que es, y no como una pieza de museo). Lo que hay en Cumbres…, además de gran arte, es maltrato de género sin disimulo alguno, del estilo genuino de “la maté porque era mía”, y por si fuera poco aceptado y casi deseado por su víctima. En realidad, y si no recuerdo mal, todos son víctimas en este librito, tal que en el mundo real, pero víctimas devoradas por un orgullo infernal, desesperado y romántico, el propio de alguien capaz de golpear brutalmente con los puños desnudos a su mascota favorita porque le está haciendo quedar mal con la madrastra y sirvienta….

 

“Cumbres borrascosas” 1992

Yo me imagino a Emily como una fiera muda que sólo era devota de sus dos hermanas. Debía querer a Anne, que era una especie de santa, pero debía admirar a Charlotte, que era la que tomaba todas las iniciativas. Juntas esperaban a que su padre se durmiese para urdir planes y sueños a la luz de la chimenea, y aquellas veladas robadas al descanso debieron ser antológicas, dignas de la mejor de las novelas. Hay muchas cosas intrigantes en la historia occidental por las que merecería la pena hacer un viaje en el tiempo (por ejemplo, averiguar por qué Anibal no entró en Roma después de la victoria de Cannas), pero, entre las más modestas e intrahistóricas estaría el poder pinchar un micrófono en aquellas noches de charla apasionada. Sería, me parece a mí, uno de los documentos más valiosos y reveladores del feminismo, o de la feminidad en general. Emily murió a los treinta años, que es la edad a la que en la actualidad comenzamos a vivir a nuestra manera. Había nacido en un julio de 1818, hace doscientos años. Su hermana Anne la siguió enseguida, y Charlotte, que es la más adelantada y exitosa de las tres, aguardó todavía unos cuantos años más, hasta que comenzó a sentirse medianamente feliz, y entonces ¡zas! Parece mentira lo mucho que han cambiado las cosas en dos siglos, ya digo que hoy las Brontë todo lo más hubiesen montado un grupo de rock furioso tipo las Dover (aunque ya se han disuelto, tengo en mucho estima a las Dover…) En lugar de ello, ofrecen la estampa añeja de las Tres Gracias del dolor. Pero hay en ellas algo rabiosamente moderno en medio de tanta vetustez decimonónica, algo que me las hace más cercanas que otras escritoras más deliberadas y más mundanas que tuvieron mejor suerte, y eso debe ser la agonía, en sentido griego, de tres vidas al filo de la miseria que supieron apoyarse las unas a las otras para dejar por escrito el testimonio de una exigencia irrenunciable de pasión y autenticidad.

 

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2 Comentarios

  • Recordé leyendo tu articulo lo que Russell decía de Emily en “La conquista de la felicidad”, donde la ponía, junto a Willian Blake, como un ejemplo de personalidad fuerte, capaz de sobrevivir en un contexto hostil sin perder en ningún momento la noción de que ellos llevaban razón. Cosa en absoluto frecuente porque los humanos dependemos mucho de los contextos y nos es difícil sentirnos bien si no tenemos la sensación de estar rodeados de, al menos, alguna gente que comparta nuestros gustos y opiniones. Dice Russell:

    “Las hermanas Brontë nunca conocieron a nadie que congeniara con ellas hasta después de publicar sus libros. Esto no afectó a Emily, que tenía un temperamento heroico y grandilocuente, pero sí que afectó a Charlotte, que, a pesar de su talento, siempre mantuvo una actitud muy similar a la de una institutriz. También Blake, como Emily Brontë, vivió en un aislamiento mental extremo, pero al igual que ella poseía la grandeza suficiente para superar sus malos efectos, ya que jamás dudó de que él tenía razón y sus críticos se equivocaban”

  • Green también cuenta la historia de Blake en Suite inglesa, pero ya adelanto que no hay quien le entienda (ni siquiera en la exegesis de Chesterton).

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