Rebeldes con causa : una (re)visión de los ideales románticos

Arnold Böcklin "Autorretrato con la muerte"

La imagen de la rebeldía juvenil como un fenómeno social y cultural apareció en los años cincuenta del siglo pasado y tuvo como epicentro la sociedad anglófona de ambos lados del Atlántico. En Inglaterra el detonante fue el movimiento literario de los jóvenes airados, con el estreno del drama de John Osborne Recordando con Ira (1956). Un año antes se había estrenado en Estados Unidos Rebelde sin Causa y, tanto la película como su protagonista, James Dean, se convirtieron en objeto de culto y en el icono por excelencia para millones de jóvenes. En ambos casos se canonizaba un nuevo tipo de héroe, o más bien de antihéroe: el del joven que, sin causa probada, rechazaba los valores establecidos y hacía de la rebeldía un ideario y una bandera. A partir de entonces, la juventud cambió para siempre de atuendo, hábitos y actitud y conquistó un discurso propio, además de unas señas de identidad y un territorio claramente diferenciado de las generaciones anteriores. No hay duda de que confluyeron muchos factores-el cine, el rock, el movimiento beatnik entre otros- para que aquella generación acuñara un lema que encierra toda una filosofía de vida: vive deprisa, muere joven y deja un hermoso cadáver, erróneamente atribuido a James Dean. En realidad la frase ya la había pronunciado algunos años antes el protagonista de la película Llama a cualquier puerta (1949).

 

Natalie Wood, James Dean y Nicholas Ray

Cabe recordar que la exaltación del tiempo presente y del hedonismo vital cuentan con una larga tradición que se remonta a la literatura clásica, como el carpe diem horaciano o el collige, virgo, rosas de Ausonio. Pero los  jóvenes de los 50 mostraban sobre todo una ausencia de causa, esa amplia gama de motivaciones religiosas, amorosas, artísticas o patrióticas que durante siglos hicieron a la juventud abrazar la rebeldía e incluso la muerte. Baste invocar la máxima horaciana, “dulce et decorum est pro patria mori”, tan lejana de los nuevos rebeldes con su chupa de cuero, su cigarrillo ladeado y su eterna indolencia.

 

William Wordsworth

En la literatura inglesa existe una fértil tradición de escritura y rebeldía que alcanzó una de sus cimas en los poetas románticos y en la enorme influencia que ejercieron. Porque este movimiento deslumbrante que comienza con William Blake, se asienta con Wordsworth y Coleridge y alcanza el Parnaso con Keats, Shelley y Byron, nos legó un credo poético y existencial que inspiró a muchas generaciones venideras. Los tres últimos cumplieron al pie de la letra el guión de vivir deprisa, morir joven y dejar un cadáver hermoso : Keats se extinguió a los 26 años bajo el cielo de Roma tras largo tiempo de cruel enfermedad; Shelley murió ahogado a los 30; y Byron estaba luchando en Grecia cuando unas fiebres acabaron con él a los 36 años. Tres vidas truncadas que la leyenda se encargó de abrillantar para que pronto alcanzaran la categoría de mito, sobre todo en el caso de Byron. Morir joven era habitual en aquel tiempo, como lo prueban las cartas de Byron y Keats que registran con dolor, pero con naturalidad, la muerte de muchos amigos. Y poseer una obra excelsa antes de cumplir los 30 tampoco parecía causar asombro ni se menciona en sus escritos como un logro. Sólo nombran la juventud los que la han perdido porque llegaron a longevos, como Wordsworth, que añora su espíritu rebelde olvidado a lo largo de los años. Ser joven era celestial, declara solemnemente en El Preludio.

 

Willians Blake

El credo romántico inglés se nutre de ideales estéticos, literarios y políticos y exalta el placer y la transgresión como principios vitales que cada poeta hace suyos. Así,William Blake sacraliza el poder de la imaginación- la agencia divina en el hombre, según sus palabras; Wordsworth se declarará adorador de la naturaleza y buscará la  emoción en el flujo espontáneo de sentimientos poderosos; Coleridge aspira al arrebato de la creatividad con la ayuda de alucinógenos y con una deliberada suspensión de la incredulidad, lo que le transportaría a mundos delirantes y oníricos; Keats se entrega al éxtasis sensorial de la belleza, llegando a afirmar que la belleza es verdad y la verdad es belleza ; y Shelley, el más radical de los románticos, constata su fe en el poder transformador de la poesía, que nos redime de la decadencia de nuestro carácter divino, y en el papel excelso de los poetas.

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John Keats

Se ha afirmado con frecuencia que la muerte en plena juventud era una tentación para el espíritu romántico. En su Oda al ruiseñor Keats declara sentirse / muchas veces/ medio enamorado de la muerte apacible/ y después de oír el canto sublime del ruiseñor afirma que / ahora más que nunca me parece rico morir/…. en este éxtasis/. Pero en ningún caso se llega a algunos extremos del esteticismo de finales del XIX. Baste como ejemplo Axël, poema dramático de Auguste Villiers de L’Isle-Adam publicado en 1890, que presenta la renuncia a vivir de los jóvenes protagonistas por temor a que la realidad no esté a la altura del ideal, y así poder escapar de la inevitable desilusión de lo cotidiano. Axël rechaza la vida en una frase que se hizo célebre y que era la favorita del poeta irlandés William Butler Yeats: En cuanto a vivir, nuestros criados lo harán por nosotros.

 

Auguste de Villers de Lisle Adam

Pero los poetas románticos viven por una o muchas causas y sueñan con una humanidad liberada de la opresión política, económica y religiosa. En busca de la nueva Jerusalen que invocaba William Blake exploran nuevos escenarios y nuevos conflictos: la revolución francesa, España. Italia, Grecia. Este último país nos dejará el cadáver más hermoso de la literatura inglesa con lord Byron luchando por la independencia contra los turcos. Sin embargo, resulta paradójico que sea Lord Byron el poeta que pasó a la posteridad como la viva imagen del romanticismo. Su obra está anclada sobre todo en el espíritu del siglo XVIII  y sin duda lo más romántico es su propia vida: origen aristocrático, inmenso atractivo y carisma, innumerables aventuras amorosas, la muerte en suelo ajeno luchando por la libertad … Byron personifica distintos personajes, todos ellos de hondo calado en el imaginario literario colectivo como el exiliado voluntario, el escritor comprometido, el amante turbulento, el seductor irresistible o la querencia del viajero por el Sur. Pero sobre todo encarna la figura del poeta soldado que vive deprisa, muere joven y deja un hermoso cadáver después de la batalla, una imagen que se repetirá a lo largo del siglo XX.

 

Lord Byron

Si visitamos The Poet´s Corner en Westminster Abbey veremos que hay una lápida de mármol en recuerdo de 16 escritores que murieron durante la primera guerra mundial con una curiosa inscripción sobre ella: Mi tema es la guerra y la compasión por la guerra. La poesía está en la compasión. La frase pertenece a Wilfred Owen, una de las plumas más brillantes del siglo XX y el mejor representante de la denominada poesía desde la trinchera. Owen combatió y murió en el frente a la edad de 25 años, clamando en contra de la carnicería bélica en poemas como su célebre “Himno a una juventud  condenada”, cuyos primeros versos borran ya cualquier halo heroico en la contienda: ¿ Qué toque de difuntos para los que van a morir como ganado? /Solo la ira monstruosa de los revólveres/. Su aullido antibelicista alcanzará la cima en Dulce et decorum est, una reescritura del lema horaciano que presenta la guerra como la gran mentira que el propio Owen vivió en cuerpo y alma. Declarado heredero de Keats y Shelley, aunque solo publicó cinco poemas en vida, tras su muerte pasó a engrosar la leyenda byroniana del poeta caído en la batalla, si bien probablemente sea el rebelde con causa más celebrado de este período. No hay duda de que éste poseía todos los atributos que exigía la leyenda: “el hombre más guapo de Gran Bretaña” según Yeats y admirado por el grupo de Bloomsbury, sobre todo por Virginia Woolf, era un espíritu aventurero que viajó extensamente por Europa y los mares del Sur  antes de morir en la isla griega de Skyros a sus 27 años. No falleció en combate, aunque se encontraba en una expedición militar, sino a causa de una septicemia, siendo enterrado bajo un olivo en la propia isla, bajo el mismo cielo que vio morir a Byron. Pero la actitud de Brooke  ante la Gran Guerra dista mucho del antibelicismo de Owen y de los miembros del grupo de Bloomsbury que tanto le admiraban. Su poema El Soldado ha pasado a la historia tras ser leído desde el púlpito de la catedral de San Pablo durante el servicio religioso de 1915, como arenga a las tropas que se disponían a partir. La glorificación de la guerra es el eje de un poema que rezuma patriotismo, orgullo nacional y sentimiento imperial, como se observa en sus versos iniciales: “Si yo muriera/ piensa de mí solo esto, / que hay una esquina en un campo extranjero/ que siempre será Inglaterra”. Brooke no llegó a conocer la trinchera aunque en sus cartas confiesa su repugnancia por el conflicto. Sin embargo puso su verso excelso al servicio de la gloria de Inglaterra, que hizo de él una especie de héroe nacional. En su muerte incluso Winston Churchill le dedicó un breve obituario en The Times, demostrando así que a veces la leyenda y la historia pugnan por rescatar un personaje para la posteridad. En cualquier caso, la Gran Guerra dejó tras de sí una herencia poética deslumbrante además de muchísimos cadáveres jóvenes, algo que se repetiría en la guerra civil española.

 

Wilfred Owen

Los años treinta conocieron en Gran Bretaña un gran florecimiento de intelectuales de izquierdas que vieron en España una Arcadia amenazada por el fascismo. La guerra civil pareció llenar la nostalgia de la lucha por unos ideales, a pesar de la diversidad de opiniones al respecto. Churchill calificó a los brigadistas como turistas armados, en tanto que el poeta Ezra Pound definió España como un lujo emocional para diletantes con la cabeza llena de serrín. Pero la élite intelectual británica se comprometió con nuestra causa y luchó en nuestro suelo, dejando títulos tan importantes como Homenaje a Cataluña, de George Orwell, o Spain 1937, de W.H.Auden.

 

George Orwell

Cabe recordar que no todos los que vinieron al país donde lucía el sol eran nombres consagrados. Además de atraer a muchos desempleados, la guerra civil actuó de catarsis o simplemente de huida para aventureros o jóvenes con problemas cuyo martirio rentabilizó el Partido Comunista Británico. Tal fue el caso de John Cornford, militante comunista y activo propagandista que luchó en el frente de Aragón y murió cerca de Córdoba a los 21 años, poco después de su llegada a España. Si hay unos versos que desmitifiquen la belleza de un cadáver son los que inician su poema Carta desde Aragón: “Dimos tierra a Ruiz en un ataúd de pino/ pero la mortaja era tan pequeña que los recién lavados pies/ sobresalían./ El hedor del cuerpo atravesaba los tablones de pino cepillado/ y algunos, para llevarlo, cubrieron sus caras con pañuelos./ Fue una muerte vulgar/”. Cornford intercambió con su novia Margot Heinemann, también brigadista y escritora, diversos poemas y cartas donde revela la solidez de su compromiso político y su desgarro emocional al conocer la guerra cara a cara. Pero tampoco oculta los sueños de liberación personal que le trajeron a España, huyendo de una Inglaterra que le resultaba agobiante y opresiva. Resulta curioso que el valor de su militancia fuera cuestionado por George Orwell, que calificaba este perfil de brigadista como a public school soldier, es decir, un soldado de escuela privada, de familia acomodada y vida fácil, como si el estatus social fuera un impedimento para la sinceridad de sus ideas. Tal definición encaja perfectamente en la figura de otro joven poeta de la guerra civil, Julian Bell, que cayó en Brunete conduciendo una ambulancia a los 29 años, un mes después de su llegada a España. Descendiente de uno de los linajes intelectuales más refinados de Inglaterra, era hijo de Vanessa y Clive Bell y sobrino de Virginia Woolf, que lloró su muerte amargamente. Julian Bell también era un joven hermoso con cierto hastío vital, viajero desasosegado ( había regresado de China cuando vino a España, después de varios escándalos) y al mismo tiempo atento al prestigio que podía dar la guerra en el futuro, no solo como escritor sino también en la política, aunque la muerte le cercenó ambas aspiraciones .

 

John Cornford y Margot Heinemann

Estos y otros muchos testimonios podrían ofrecerse acerca de la variedad y la veracidad de la causa que movió a tantos jóvenes a la rebeldía y/o a la lucha. Porque hubo un tiempo en que estas dos palabras eran trágicos sinónimos en la vida de un joven y marcaban su destino. Hoy sabemos que nunca fue dulce y hermoso morir por la patria ni por ninguna otra causa, aunque sigue vivo el mito de la muerte en plena juventud. Pero el poder transformador del mundo que Shelley atribuía a la poesía, está hoy en manos de la música, el lenguaje de la juventud por excelencia. Ha cambiado el código de expresión de la rebeldía, pero esta sigue manifestándose en gestos y actitudes colectivas que no parecen obedecer a causa alguna. Y, dolorosamente, sigue aumentando el panteón de los que eligen vivir deprisa, morir jóvenes y dejar un cadáver hermoso. Baste con citar el club de los 27, llamado así por ser la edad en que murieron ídolos musicales tan significados como Brian Jones, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o,más recientemente, Amy Winehouse. La muerte temprana y trágica, generalmente por abuso de alcohol y drogas, sigue  abriendo la puerta de la inmortalidad y la leyenda, como lo prueban los millones de seguidores de estos nombres. Incluso se ha llegado a calificar de romántica esta desaparición de jóvenes en pleno fulgor del éxito y la fama. Por ello es justo proclamar aquí que para los poetas románticos ninguna muerte puede compararse a la intensidad que buscaron y lograron en el hecho de vivir, aunque se muera en el esplendor de la juventud y la belleza. Sirvan como testimonio y cierre las doloridas palabras de Shelley en Adonais, la grandiosa elegía que escribió a la muerte de Keats:

 

Ha muerto Adonais!  y por su muerte lloro.

Llorad por Adonais!, aunque las lágrimas

No derritan la escarcha que cubre su amada cabeza!

 

 


 

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