«Espejo, hombro, intermitente», by Dorthe Nors

Una vez que uno está medianamente alimentado, vestido, refugiado, ocupado y calzado (a Sonja le encanta entrechocar sus zuecos amarillos), la vida no es más que la búsqueda del amor. La protagonista de esta novelita danesa -yo de Dinamarca sólo me sé Hamlet, que no lo escribió un danés, Kierkegaard, que era un pesao y no he leído, Borgen, de la que sólo vi la primera temporada, y el perro ese grande que tiene problemas de (no del) corazón- que se publicó en estos pagos hace dos meses no sabe lo que busca, está totalmente desorientada, y de ahí el título de su radiografía existencial, pero al menos cuenta con una extraordinaria cualidad: es radicalmente incapaz de engañarse a sí misma. Así, va de un lado para otro, encaramada en sus largas piernas, prueba aquí y prueba allí, pero sólo consigue estar algo cómoda en el desván de sus recuerdos.

Dorthe Nors

Sonja tiene ya más de cuarenta años, lleva en su bolso un teléfono móvil que nunca la vemos usar, no parece saber o importarle una palabra de feminismo y cada vez se siente más sola e incomunicada con el mundo exterior. Hay naturaleza en las páginas de la señora Nors -la llamo señora sin acritud: tiene mi misma edad-, dado que se trata de Dinamarca, pero es una naturaleza bien tratada, que desempeña un papel modesto, hoy que ningún escritor se atrevería a describir la naturaleza porque literalmente ha desaparecido del campo de visión literario y porque aburriría indefectiblemente a su potencial público. Todo es modesto, en realidad, en el relato de la búsqueda del amor, o de la compañía no insatisfactoria, de Sonja Helsen, o Hansen (no recuerdo bien del apellido, sólo se menciona una vez): modesta es la libertad interior en la que vive, modestas las rebeldías que se toma -no llegan a camusianas, es como una extranjera sin playa ni crimen-, y modesto y del todo atípico el amor que por fin logra (se encuentra en realidad, ya que no lo conquista…) Es el relato, modesto también en tamaño y pretensiones, de las fortalezas de la fragilidad, o de la obstinación dentro de la vulnerabilidad. Sonja no se cree mejor que nadie, al contrario, sabe que es torpe en todo, pero también es inconscientemente insobornable, y por eso el lector la ama antes de que ella aprenda a llegar un poco hasta alguien, o ese alguien dé casi sin querer con la clave para llegar hasta ella y empiece su historia al mismo tiempo que se extingue la novela… 

La señora Nors, una escritora danesa de la que no sabíamos nada y que nos debería resultar bien rara porque proviene de extrañas y frías tierras y no tiene nada que ver con el infortunado y gore Stieg Larsson, del que se ríe un poco pero con disimulo, consigue guiarnos por la intimidad de su personaje hasta que se nos hace tan familiar y grata que ya no querríamos salir de ella. No hay monólogo interior, no hay estilo indirecto, no hay técnicas prestigiosas pero ya añejas, sólo hay cosas, chismes, intentos, frustraciones, espejos, hombros e intermitentes. Además, a Sonja le gusta el Contact de Jodie Foster, como a mí, y extrae unas cuantas lecciones -modestas…- de ella. Como lectura de verano, la verdad, no pega nada, salvo por la extensión, pero tampoco Rosalía tiene relación alguna con la piña colada de Punta Cana o con el kalimocho de San Fermín y nos va a colocar sus manicuras flamenco/trap/pop como canción para las vacaciones. Vivimos tiempos de mestizajes (otros dicen “apropiaciones”) culturales, aún más: todos han sido tiempos de mestizajes culturales, desde que el hombre es hombre. La diferencia es que ahora hay como cierto frenesí, cierta ansiedad en la fusión y en ofrecer algo nuevo a cada instante, aunque luego el resultado sea la primera parte de Indiana Jones. Me refiero a ese final de «En busca del arca perdida», donde, tras tanto esfuerzo y trajín, el arca terminaba clasificada, burocratizada y en realidad perdida en un inmenso almacén, cuyo tamaño Spielberg iba abriendo en gran angular. Eso es la cultura hoy, o eso termina siendo. Hay muchos tesoros, pero acaban arrumbados y olvidados en un cementerio, como el desván de la memoria de Sonja Helsen, o Hansen. Lean a la sabia señora Nors, que las mata callando…

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