Djuna Barnes: pervertida textual…

Fotografía Getty imagenes

La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla.

George Santayana

Es un hecho: la novela más radical, más extrema, más brutal y más fascinante del siglo XX -y tal vez de la Literatura Occidental- no es Santuario de Faulkner, ni Bajo el volcán de Lowry, que son las que se llevan la fama, entre otras, sino una cuya autora es una mujer, y, frío, frío, no hablo de Virginia Woolf1. Creo que esta constatación, aunque todavía no lo suficientemente reconocida por la crítica eminentemente masculina, zanja un debate secular acerca de si existe alguna distinción de calidad, de temática o de sensibilidad entre la literatura hecha por mujeres o hecha por hombres. El bosque de la noche, de Djuna Barnes, es una obra corta pero colosal, escrita sin asomo alguno de presunta inseguridad femenina, con la firmeza y el ritmo inexorable de las zancadas del genio, que se lleva todo por delante y que no rinde cuentas a nadie -algo que, probablemente, no se pueda decir tan certeramente de Woolf. En realidad, bien mirada, es una novela llena de defectos, tantos que apenas merece el calificativo de novela.

La narración es lineal, como si no hubiera sido escrita a principios de los años treinta, la acción no existe, no hay acción realmente, todo transcurre en un plano espiritual y escatológico a la vez, los diálogos son más bien monólogos (¡pero qué monólogos, y no precisamente interiores!), se perpetran enormes elipsis, y Barnes procede a extensas caracterizaciones del alma de los personajes (¡pero qué caracterizaciones!: jamás se ha escrito nada igual) antes siquiera de que les veamos hacer la menor cosa o expresarse lo más mínimo. Sin embargo, constituye la escritura más arrebatada, más lírica, más subjetiva y más intensa que se haya concentrado nunca en menos páginas. Si alguna vez fue cierta la sentencia de Proust en el Contre Sainte-Beuve, a la que ciertos filósofos franceses intentaron sacar jugo, los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera, es en esta no/novela. Más todavía: parece no sólo escrita, sino pensada en un pensamiento extranjero, incluso extraterrestre -hay quienes dicen que sencillamente modernista, y es cierto que T. S. Eliot prologó y sufragó la primera edición. Tan extraterrestre que es un dolor leer El bosque de la noche, pero también una revelación, tan cegadora de tinieblas que el lector se abre paso a tientas entre tanta sentencia lograda, tanta intuición oscura y tanta boutade a lo Wilde -ya quisiera, por cierto, Nietzsche haber sido tan psicólogo y tan profundo como Djuna Barnes: de esta escala y de este nivel estamos hablando…

Djuna Barnes y Thelma Wood

Y es así porque Nightwood es una hemorragia de sufrimiento, y el sufrimiento es su tema principal y la palabra que más se repite. A Barnes la había dejado su chica, Thelma Wood -ya se puede ver el reflejo del apellido en el título-, una escultora con la que había tenido una relación tormentosa de ocho años, y El bosque de la noche es la carta de (des)amor y despecho más larga y formidable que se haya escrito jamás, de entre las que yo conozco. Pero cómo se puede tener tanto talento con tan sólo treinta y pocos años. Yo creía que la primera relación homosexual verdaderamente explícita había hecho su aparición en el Maurice de E. M. Forster, novela que escribió en 1914 pero que no fue publicada, porque así lo quiso su autor, hasta 1971, por tanto póstumamente2. Es cierto que el homoerotismo masculino estaba y sigue estando más castigado socialmente que el femenino3, pero a la luz de lo que Barnes escribió después, los temores de Forster estaban algo infundados.

Thelma Wodd

Al fin y al cabo, Maurice es un relato de amor bastante mojigato, todo sugerencia y vapor melifluo, mientras que Nightwood, publicado en 1937, es una tormenta, un ciclón de malditismo gay, una protesta trascendente, un torrente de palabras prohibidas y un alegato encendido que apenas espera más que consumirse a sí mismo en su propia combustión infernal, pese a que ninguno de ambos, ni Forster ni Barnes, incluyan escenas ni aun meramente alusivas de sexo -Joyce, ”Jim” para Djuna Barnes, lo había hecho a destajo, pero ortodoxamente heteronormativas. Confesiones de una máscara, de Yukio Mishisma, es posterior a la guerra, y mucho más convencional desde el punto de vista actual. Mishima parece creer que, incluso en el arcaizante Japón, se pueden novelizar los gustos sexuales de uno siempre y cuando se mezclen con una historia de la derrota y humillación de su país y todo se diluya en la necesidad de pensar un futuro distinto. Djuna Barnes no, Djuna vivió su bisexualidad sin timidez alguna, sobre todo en el París de la “Generación Perdida” (expresión, por cierto, que aparece en la novela, y de donde quizá la tomo Gertrude Stein) y cuando tuvo que ponerla por escrito lo hizo con la potencia sin titubeos de un misil y la poesía enigmática de una sibila. Va uno de los pasajes más célebres, y más fáciles también, del atormentado y trans Doctor O´Connor…

Elsa von Freytag-Loringhoven y Djuna Barnes, 1926

No somos más que piel al viento, con los músculos tensos contra la mortalidad. Dormimos sobre una interminable polvareda de reproches a nosotros mismos. Estamos colmados hasta la garganta con nuestras propias palabras para la desdicha. La vida, los pastos en que se nutre la noche, y que cercena para la obtención del bolo alimenticio que nos sustenta para la desesperación. La vida, el permiso de conocer la muerte. Fuimos creados para que la tierra pudiera apreciar su gusto inhumano; y amamos para que el cuerpo sea tan querido que incluso la tierra pueda rugir con él. Sí, nosotros, colmados de desdicha hasta la garganta, deberíamos mirar con atención a nuestro alrededor, dudando de cuanto hemos visto, hecho, dicho, precisamente porque tenemos una palabra para designarlo, pero no disponemos de su alquimia.

(Excelente traducción, qué menudo compromiso, de Maite Cigureda en Seix-Barral; esta otra es anterior, y no la conozco:

Esta es la altura de dicción, sin duda irreal pero digna de Shakespeare, de la novelita entera, una narración que sería como un espléndido faisán (a Luis XIV se le ponían la carne no de gallina, sino de faisán, y en Nightwood hay un personaje que echa de menos la podredumbre de la aristocracia…), sino fuese también del color de la rata. Dice también el falso Doctor O´Connor, que es como un Zaratustra del subsuelo gay: Cada día está pensado y calculado, pero la noche no está premeditada. La Biblia está a un lado, pero el camisón está al otro… Barnes no hace esa descripción de la noche atávica, intemporal, en cuyo bosque rondan sus criaturas, lo suyo no son las descripciones, para eso estaba John Dos Passos, por ejemplo. Pero sí insinúa algo mucho más terrible, un estigma milenario que la mera prosa realista no puede aprehender: el abismo de indignidad a que se ha condenado el amor que no dice su nombre durante siglos, ese pozo de inmundicia y al tiempo de deseo irresistible en que Occidente ha precipitado a los desviados, a los invertidos, y que hace caer al final a Matthew O´Connor como a un Lucifer de los bajos fondos4, y retroceder a la bestialidad y el salvajismo a Robin Vote, la mujer que jamás logrará su emancipación5.

Djuna Barnes y Mina Loy

Michel Foucault decía, en una entrevista6 de allá por los setenta, que el motivo por el cual la costumbres de los gays a la hora del encuentro sexual son tan súbitas, tan aquí-te-pillo-aquí-te-mato, es que ellos jamás han tenido la oportunidad de demorarse en el cortejo, como hacían los heteros, porque su amor era clandestino y contaba con lo furtivo y la velocidad para consumarse. El cortejo, añadiría Barnes, es diurno, mientras que el amor del “tercer sexo” -así lo denomina O´Connor, sin escatimar, además, ninguna de las palabrotas habituales- es nocturno, y la noche es abisal, es el bosque frondoso de pesadilla que ni Freud pudo imaginar ni explorar. Djuna Barnes debía saberlo bien, porque había sido sáfica, alcohólica e intrépida periodista tanto en Nueva York como en París. No obstante, creo que es un error mayúsculo creer que El bosque de la noche es una novela oscura y extraña sobre la marginación LGTBI+ en los años veinte, o el “retorno de lo reprimido” de una escritora genial o de una “pervertida textual”, como he titulado yo haciendo alusión a su barroco y gnómico estilo literario, no a su orientación sexual. Ella misma escribe que “el hombre no necesita que se le cure de su enfermedad individual; lo que debería preocuparle es su mal universal”. De modo que no, esa maravilla desasosegante que es Nighwood no trata únicamente de fantasmas venéreos, sino de todos los fantasmas del ser humano y sin paños calientes. La propia Djuna Barnes, uno de los mejores escritores de todos los tiempos, lo advierte, en boca, una vez más, del Doctor Matthew O´Connor, su particular oráculo de la noche y el inframundo: “¿Por ventura debiera hacer como los escritores prudentes, y protegerme contra las conclusiones de mis lectores?”…

1 Acerca de la novelística de Woolf, que no de su ensayística, que es más directa, contundente e incisiva, estoy bastante de acuerdo con lo que dijo en Scrutiny, de 1942, el gran critico F.R. Leaves, cuando se lamentaba de que su escritura “causa la impresión de prescindir de toda gama de experiencias que acompañan aquellos tipos de preocupación volitiva y moral por el mundo externo que no se sienten, primordialmente, como preocupación por la propia conciencia de dicho mundo exterior”.

2 E. M. Forster: “El público trata de usurpar en lo posible el privilegio de Tiresias; el amor de los efebos es tan antiguo como el mundo, y cae, por tanto, dentro de la naturaleza, aunque parezca antinatural” -el ciego Tiresias fue desafiado por Zeus a decidir quién gozaba más en el acto amoroso, y para ello primero lo probó en figura de hombre, y luego de mujer; el resultado fue el previsible- (…) “Es imposible comprender bien los dos sexos si no los representamos reunidos en un mismo individuo”.

3 Se cuenta que en la Inglaterra victoriana la homosexualidad masculina estaba severamente penalizada con el destierro, como le sucedió a Lord Byron, quien también era incestuoso, pero en cambio el lesbianismo no, porque cuando algún ministro pregunto con mucha cautela y reserva a Victoria, la reina viuda, qué hacerse con eso, la buena señora, siempre enamorada de su difunto Alberto, negó escandalizada que tal cosa pudiera existir, de modo que quedó sin legislar como algo simplemente inconcebible.

4 Él se refiere a sí mismo como “Dante”, pero, por su época y condición, es más bien un endemoniado de Dostoievsky…

5 Un deslenguado y siempre cínico Baudelaire decía, a propósito de Madam Bovary, en L´Artiste de París (18-X-1857): “No necesito, se dijo el poeta, que mi heroína sea una heroína. Con que sea suficientemente bonita, que sea nerviosa, que tenga ambición, una aspiración irrefrenable hacia un mundo superior, ya sería interesante”, citado en El arte romántico, Felmar 77.

6En castellano en Homosexualidad: literatura y política, recopilación de George Steiner y Robert Boyers, Alianza de bolsillo.

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