Charles Dickens, siglo y medio “post-mortem auctoris”

No hay grandeza donde faltan la sencillez, la bondad y la verdad.

León Tolstoi

Dickens murió de la manera más tonta. Tenía cincuantaytantos años y cayó desplomado sobre una alfombra. Fin. Algo extraño en un hombre que daba paseos campestres o urbanos de decenas de kilómetros al día (los pensamientos caminados, como quería Nietzsche por aquel entonces) y que no tenía más vicios que los naturalmente franceses de la época, que ahora nos dicen que son muy sanos. Hay a quien ese tipo de salida del tablero le parece la ideal, sin miedo y sin darse uno ni cuenta. De repente te duele algo indefinido, y al instante siguiente estás más allá del dolor y del goce. A mí no, a mí me produce horror, yo prefiero una buena y larga agonía, como la de Guillermo el Mariscal en el libro de Duby, que haya tiempo a despedirse y a decir alguna cosa sentida a los hijos, aunque sólo fuera eso del moribundo Pancho Villa: “¡no me hagan esto, digan que dije algo grande, carajo!”. En 2012 se celebró el bicentenario del nacimiento del escritor, que fue más sonado, al menos en Inglaterra, que la efeméride de hoy del 150 aniversario de su muerte, de ese pájaro acertado en pleno corazón y yacente sobre una alfombra. Entonces prometí leer Casa Desolada, y ya lo hice. Dickens está entre los diez grandes escritores de la Literatura Occidental, si confeccionar una lista tal tuviera algún sentido -yo, como no soy Harold Bloom, no me atrevo-, y aún más: entre los diez grandes talentos de la Historia del Arte Occidental, que ya está mucho más reñido. O, más difícil todavía, entre los cinco poetas más queridos en vida de las Letras Universales -aquí si me atrevo: Sófocles, Lope, Dickens, Conan Doyle, Gabo y quizá Victor Hugo…

De modo que esa promesa, aunque tonta e irrelevante, había que cumplirla, por placer estrictamente. Pero como ha acontecido el Brexit, que es harto más tonto, pero sí infortunadamente relevante, me temo que no se va a hablar demasiado hoy de la onomástica cultural británica. Es verdad que Dickens es el más humorístico de los clásicos, más que Cervantes o Sterne en mi opinión, y eso podría tener un cierto atractivo sobre los lectores actuales (mis alumnos, por ejemplo, han leído muchos Wilt, de Tom Sharpe, pese a que es de 1976), pero ese humor a menudo es satírico, feroz, y viene envuelto en una sensiblería que para Dickens era casi religión y para nosotros en cambio algo anticuado e ingenuo. Sólo Casa desolada ya es más largo que toda la obra publicada de Cristina García Morales, más de mil páginas en letras pequeña y un año y pico de disfrute y lágrimas para sus lectores de la época, que la recibían en porciones, pero mucho menos antisistema que Morales, pese que Dickens ataque con toda su artillería verbal a aristocracia y tribunales:


—¡Ya empezamos! —exclamó el señor Gridley sin apaciguar su ira en absoluto. ¡El sistema! Todo el mundo me dice que es el sistema. No debo pensar en las personas. Es el sistema. No tengo que ir al Tribunal a decir: «Milord, le ruego que me diga si tengo razón o no. ¿Tendrá Su Señoría la cara de decirme que ya he recibido justicia y tengo que irme?» Su Señoría no sabe nada de eso. Se sienta ahí a administrar el sistema. No tengo que ir a ver al señor Tulkinghorn, el procurador de Lincoln’s Inn Fields a decirle cuándo me pone furioso de puro tranquilo y satisfecho que está —igual que todos ellos, porque todos ellos saben que lo que yo pago es lo que ellos ganan, ¿no?—. No tengo que decirle que si yo me arruino alguien me las va a pagar, por las buenas o por las malas. Él no tiene la culpa. Es el sistema. Pero si no les hago algo a todos esos, ¡van a verme! ¡No respondo de lo que pueda pasar si pierdo el control, por fin! ¡Estoy dispuesto a acusar a todos y cada uno de los que están en el sistema en el Tribunal del Juicio Final!

Como Dickens no veía su entorno a través de lentes foucaultianas, lo que veía eran cosas, personas e instituciones, articuladas dinámicamente en vida social, y esa vida social era Londres y sus parajes y mansiones aledañas. En cambio, la literatura puntera hoy, al menos en Europa, para ser vanguardista lo que tiene que manejar son discursos, vigilancias y castigos, para lo cual es igual que te sitúes en Londres o en Beirut, porque la opresión y su resistencia es en todas partes la misma. Dickens era un reformista, no un revolucionario, como dijo de él Stefan Zweig en la biografía que le dedicó, pero un reformista de una magnitud que encandilaba a Marx y Engels, mientras que los actuales revolucionarios radicales gastan su pólvora en salvas, en mi opinión, ya que su visión de la amenaza es tan ubicua -pese a que ellos, personalmente, reciban premio y reconocimientos- que no queda nada que cambiar, nada que reivindicar más que el derecho a “escupir” al sistema en la cara. Dickens descubría desgracias reales, realmente lacerantes, como esta en que una noche, en el barrio más siniestro y abandonado de Londres un policía dialoga con un par de prostitutas que cuidan de un bebe y cuyas vidas rozan la desesperación…

Pareces quererlo tanto como si fuera hijo tuyo —dice el señor Bucket.

Tuve uno igual que él, señor, y murió.

¡Ay, Jenny, Jenny! —le dice la otra mujer—. Más vale así. ¡Más le vale haber muerto que seguir vivo, Jenny! ¡Mucho más!

Bueno, no serás tan antinatural como para desear que muera tu propio hijo, ¿verdad? —exclama el señor Bucket severamente.

Bien sabe Dios que no, señor —le responde ella— Le defendería con mi propia vida si pudiera, igual que cualquier señorona.

Entonces no digas esas cosas —dice el señor Bucket, que vuelve a ablandarse—. ¿Por qué las dices?

Me vino a la cabeza, señor —replica la mujer, cuyos ojos se llenan de lágrimas—, al ver cómo duerme el pobrecito. Si no se volviera a despertar, me daría una que me tomarían por loca. Eso lo sé muy bien. Yo estaba con Jenny cuando ella perdió al suyo, ¿no es verdad, Jenny?, y sé la pena que le dio. Pero mire usted este sitio. Míreles — contemplando a los que duermen en el suelo—. Mire al chico que están buscando, que ha salido a hacer una buena obra. ¡Piense en los chicos que tanto trabajo le dan a usted, y cómo los ve usted crecer!

Bueno, bueno —dice el señor Bucket—, si le educas para que sea honrado, será la alegría de tu vida y el báculo de tu vejez, ya verás.

Es lo que pienso intentar —responde ella, secándose los ojos—. Pero esta noche, como estaba tan cansada y con los dolores de la fiebre, he estado pensando en todas las cosas con que va a tropezar. Mi hombre se opondrá, y le pegará, y verá cómo me pega a mí, y tendrá miedo de venir a casa, y se puede desviar del buen camino. Aunque yo me mate a trabajar por él con todas mis fuerzas, no tengo a nadie que me ayude, y si se hace malo, haga yo lo que haga, y si llega un día en que cuando le esté velando el sueño le veo cambiado y endurecido, ¿no le parece normal que cuando le veo dormido en mis brazos piense que más le valdría morirse, igual que se murió el de Jenny?

Será sensiblero, pero espantoso. Una mujer que adora a su bebé, pero que presiente que cuando crezca se convertirá en su verdugo. En una novela actual, rompedora y “necesaria”, a un personaje la sociedad (no la Inglaterra Victoriana, siendo concretos, si no la “sociedad” en general: lenguaje de los años sesenta) le discrimina por ser trans o discapacitado físico o mental, pese a las cuotas, pese a los accesos habilitados o las ayudas sociales, y esa discriminación significa no más que que te miren raro los más tarugos de tu barrio, y con ello puedes armar una novela que no deje títere con cabeza y que exija el Apokatástasis Tón Pantón ahora mismo y en todo el globo terráqueo. Dickens, claro, aunque insuperable en la crítica, aunque alto como una montaña cuando se indignaba, en el fondo era mucho más cándido, y entendía que todos los problemas se solucionan con buena voluntad y una actitud humilde. En Casa Desolada, los pasajes más aburridos son sin duda los del diario sentimental de Esther, pero -al margen de convertir a una mujer en protagonista y privilegiar su punto de vista, sin dejar de ser una mujer conforme con su rol de género- son sin duda los preferidos de Dickens, porque en ellos proyecta su moral, que es algo tan sencillo como esto:

¿Qué podía yo hacer para convencer a mi niña (como la consideraba yo) y demostrarle que ya no tenía yo aquellos sentimientos? ¡Bien! Lo único que podía hacer era estar lo más activa y trabajadora posible, y eso era lo que intentaba estar en todo momento. Sin embargo, como la enfermedad de Caddy había causado una interferencia indudable, más o menos, con mis deberes domésticos (aunque siempre había estado en casa por las mañanas para preparar el desayuno de mi Tutor, y él se había reído cien veces, diciendo que debía de haber dos mujercitas, pues su mujercita nunca desaparecía), decidí ser doblemente diligente y bien dispuesta. De manera que recorría la casa cantando todas las canciones que me sabía y me sentaba a hacer labores como una obsesa, y me pasaba el tiempo hablando, mañana, tarde y noche.

(Esta traducción, que encuentro en descargas de Internet, es más sintética que la de Editorial Montesinos que he leído, de José Luís Crespo Fernández, que viene sin fecha; no me fiaría yo mucho…)

¿Y qué se puede hacer, si no? ¿Poner muchos “likes” a Amnistía Internacional (hay que admirar a Amnistía, ojo, y leer el Derechos torcidos de Esteban Beltrán, editorial Debate)? ¿Donar 20 euros al mes a una ONG escogida por tu asesor fiscal (que también)? ¿Sumarte a la huerta ecológica del barrio (cerca de mi casa hay una donde se puede entrar y todo…)? Pues habrá que hacer todo eso pero también ser como Esther Summerson, en la medida en que se pueda. En Casa Desolada hay tres o cuatro muertes, y dos de ellas narradas en riguroso directo. Una es la de un pobre diablo sin techo, sin educación y retrasado mental, si me está permitido emplear esta expresión capacista, la otra, la de un muñidor de ricos y aristócratas, una especie de híbrido entre Bárcenas y el comisario Villarejo. Dickens expone ambas con igual solemnidad, haciendo que toda la atención del mundo se concentre sobre ellas. Cuando expira el pobre tipo, Jo, hace que el Universo entero se estremezca con ello; cuando es asesinado el pez gordo, el hombre de las cloacas de la clase alta, también el tiempo mismo se para y Dickens hace de ello objeto de un interrogante cósmico. Es teatral, es melodramático, es folletinesco, si se quiere. pero es también grandioso. Dickens no permite que se pase sobre ambos acontecimientos como si fueran nimiedades risibles de un vodevil o de una novela de Agatha Christie. Charles Dickens hubiera aprobado este fragmento de Bradbury, en el famoso Fahrenheit 451:

Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. “No importa lo que hagas –decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.

De hecho, así es como un novel Dickens, con 27 años, todo vitalidad y gansa de impresionar, se despidió conmovido de Mr. Pickwick, su Opera Prima, su salto a la fama, tras casi mil páginas de haber tratado de burlarse de él con la complicidad de sus lectores, y, si lo leeís bien, pese al amaneramiento inevitable de la época, se deja traslucir claramente el brillo del genio, tanto de la escritura como del corazón…

Dejemos a nuestro amigo en uno de esos momentos de felicidad sin reservas, de los cuales, si los buscamos, siempre hay algunos que alegran nuestra transitoria existencia en este mundo. Hay sombras oscuras en la tierra, pero sus luces son más fuertes por contraste. Algunos hombres, como los murciélagos o los búhos, tienen mejor mirada para la oscuridad que para la luz. Nosotros, que no tenemos tales poderes ópticos, preferimos lanzar nuestra última mirada de despedida a los que nos han acompañado en visiones durante tantas horas de soledad, ahora que el breve fulgor del sol de este mundo resplandece de lleno sobre ellos.

Semejante espíritu ya solo lo encontramos en las novelas malas, es decir, en los best-sellers de ochocientas páginas (cuantas más páginas, más ganancia), repletas de diálogos monosilábicos, ambientadas en lugares exóticos, con su dosis prescriptiva de sexo, pero que al menos tratan a sus personajes con dignidad, porque buscan conmover al lector y dejar cierto recuerdo cálido y esperanzador en él. No pidáis eso de los escritores amados por la crítica, de Houllebecq, o Atwood, o Cartarescu, o Murakami -este último es mucho más blando que Dickens pero sin su garra para la caricatura, y sensiblero hasta decir basta; ya veréis como termina con el Nobel. Dickens no era ningún santo, aunque no lo intentase. En sus últimos días, trato de meter a la mujer con que había tenido diez hijos en un manicomio para justificar su acoso asaltacunas a una actriz de veinte años. Pero ya digo, rebosaba esperanza, que es más de lo que se puede decir de nosotros incluso tras haber salvado el pellejo después de dos meses y medio de confinamiento y pandemia. ¿Volveremos a ser los de siempre? Parece que sí, en mi calle ya sólo aplaudimos dos a las ocho de la tarde. ¿Caeremos fulminados de repente sin decir ni mú, con un proyecto a medias, como el Dickens carrocilla? Espero que no, pero nunca se sabe. Mientras, y en su honor, la pieza que Beethoven compuso en reconocimiento a la divinidad tras salir de una grave enfermedad, acción de gracias de un convaleciente…

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