Cristina García Rodero, la fotografía como argumento.

La inauguración primero del Museo Cristina García Rodero, en Puertollano el pasado 12 de septiembre; y la investidura de la protagonista García Rodero (Puertollano 1949), como Doctora Honoris Causa por la Universidad de Castilla-La Mancha, el pasado día 14 de noviembre, en el Paraninfo de Ciudad Real, tiene a mi juicio un argumento central, junto a otros juicios laterales que precisan de otros comentarios menores; referidos estos a su carácter de primera mujer que llega al escalafón de los Doctores Honoris Causa de la UCLM, y referido igualmente, al cuerpo de la Fotografía como materia de conocimiento y creación dentro del mundo universitario y académico.

 

 

Argumento central, el aludido antes como primer asunto, tal cual es el de evidenciar el peso que la Fotografía ha llegado a adquirir en el universo actual poscontemporáneo, no sólo como comunicación social sino como expresión personal. Pasando de ser, por tanto, una forma de expresión personal e individual, a convertirse de lleno y con plenitud absoluta, en una forma de expresión colectiva. O, si se quiere, expresión mancomunada, en esta suerte de Comunismo fotográfico contemporáneo en el que estamos y vivimos. Donde todos somos propietarios, consumidores, exhibidores y productores de imágenes. Todo ello, casi de forma simultánea y gratuita en muchas ocasiones.

Un peso, el de la Fotografía actual, que se revela contradictorio y conflictivo, entre la excepcionalidad callada de trabajos como el de García Rodero y otros creadores de renombre, y la sobreabundancia ruidosa de imágenes en la que nos vemos inmersos a diario, merced al salto cuantitativo de las redes sociales y del salto cualitativo de los modernos dispositivos de captura de esas imágenes.

 

 

Por ello, la instantaneidad electrónica y la globalización saturada, junto al carácter de la máxima afortunada del Comunismo fotográfico contemporáneo, de que ‘todos somos fotógrafos’, nos han conducido indefectiblemente a un universo visual tan extenso como inabarcable, tan dilatado como superficial. Y puede que, también, inclasificable. Y con ello, no quiero dar a entender críticas razonables a la extensión de derechos de expresión, sino constar que las generalizaciones de cualquier asunto o tema, se comunican a la baja y se producen con cierto carácter banal o banilizador. Si en el nuevo reparto organizativo del Comunismo fotográfico contemporáneo ocurre que todos somos fotógrafos; de forma parecida a lo predicado años atrás, por Joseph Beuys y por Andy Warhol, en el mundo de las Artes Plásticas, de que todos somos artistas; podríamos llegar a admitir por extensión, que si todos somos fotógrafos, o de que si todos somos artistas, pudiera ocurrir que estuviéramos señalando a la propia extinción del asunto de la materia fotográfica o de la materia pictórica. Si todo es Fotografía y todo es Arte, por pura extensión lógica y en sentido inverso, no hay ya Fotografía ni hay tampoco Arte.

 

 

Como si la ley, una nueva ley termodinámica no proclamada aún, dictara que: “toda extensión ilimitada de algo acabara conduciendo a su propia extinción y muerte”. Incluso la visualización ya realizada de que, al igual que llegan a nuestros hogares con normalidad cotidiana agua, electricidad y gas canalizados, ahora merced a internet nos llegan canalizadas las imágenes, como un nuevo consumo cultural y social sorprendente. Aunque las diferencias radiquen en que aquellos consumos son más físicos y primarios, mientras que el consumo de imágenes se inscribe en un plano cultural de más difícil interpretación y de superior complejidad conceptual.

 

 

Hoy que asistimos, en esa clave interpretativa de los excesos, a lo que otro fotógrafo, como Joan Fontcuberta, ha denominado como La furia de las imágenes (2016), con un claro subtítulo Notas sobre la Postfotografía, no podemos seguir entendiendo la realidad universal de la fotografía histórica de la misma forma que lo han hechos los estudiosos anteriores, desde Walter Benjamin a Roland Barthes o a Susan Sontag. Estudiosos anteriores al zapatazo tecnológico y digital que tan ha alterado las definiciones por ellos formuladas. Y es que no debemos olvidar que la primera fotografía canalizada y capturada por un teléfono móvil data de 1997, de la misma forma que el primer correo electrónico se produjo en 1971.

 

 

Furia y postfotografía, al advertirnos Fontcuberta que en tan sólo 24 horas se suben a una plataforma como Flickr, nada más y nada menos, que 1,5 millones de imágenes; o que en Facebook, se llegan a barajar y remover 10 millones de fotografías a la hora. Por todo ello, se impone hablar como hiciera Román Gubern en su trabajo último Dialectos de la imagen (2017), de un nuevo proceso formativo e interpretativo de ese mundo visual que sabemos de dónde viene, pero probablemente no sepamos adonde va; o no lo sepamos con certeza. Como ya contara el desaparecido José Luis Brea en su fundamental trabajo Las tres eras de la imagen (2010). Donde da cuenta de las transformaciones sostenidas en los últimos tiempos: de la Imagen-materia, al film, para acabar con la e-imagen. Por no contar con la referida canalización de imágenes, que de forma consecuente se comportan como un suministro más de nuestra cotidianeidad simbólica. En un proceso de desmaterialización referido por Brea, de lo físico a lo visual, para acabar con lo electrónico; donde es factible admitir que “las imágenes electrónicas carecen de realidad, por falta de voluntad de retorno”. Cosa diferente de las viejas imágenes y de la vieja fotografía.

 

 

Y en ese mundo de los dialectos de la imagen es donde hay que ubicar el papel y la posición de los grandes fotógrafos y fotógrafas que pugnan por otra cosa, diferente del ruido y de la celeridad, como García Rodero misma. Y es que la senda de la fotografía y de los trabajos como los verificados por Cristina García Rodero en los cuarenta años de ejercicio, dan cuenta más de los viejos valores de la fotografía que de los nuevos aspectos; dan cuenta más de la captura de los momentos privilegiados, como decía Cartier-Bresson, más que de un presente sin retorno y sin voluntad de regreso.

 

O si se quiere, en palabras de Diane Airbus: “Una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te dice, menos sabes”. Cosa que nos pasa con los trabajos de Cristina García Rodero: cuanto más familiar la instantánea, más distante nos resulta; cuanto más ajeno resulta el tema, más personal termina siendo para nosotros. Todo ello, junto a una voluntad de exploración de los límites existentes entre el cielo y la tierra, hace que la fotografía de García Rodero cuente con un enorme potencial antropológico más que artístico. Y es que, no en balde, cuenta la propia Cristina García Rodero, que la lectura de un trabajo de Julio Caro Baroja sobre las Fiestas de España, fue el primer impulso que la lanzó en brazos de la fotografía. En los que aún permanece.

 

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