Ava en España/»Arde Madrid»

Supongo que mi padre con veinte años, mucho antes de casarse, veía las películas de Ava en el Teatro Cervantes o en el cine Olimpia, quizá los dos únicos cines que había entonces en la ciudad en invierno, ambos con pretensiones de grandeza en su fachada, que recuerdo con molduras,  y en las cortinas de terciopelo tan pesadas (¿rojas o verdes?) que entonces tenían todos los cines, como también el olor a tabaco frío en la sala o a zotal en los urinarios y quizá la soledad ruidosa y reprimida de tantos hombres que fumaban y bebían alcohol barato antes, en el bar, y quizá intentaban soñar con otra vida posible en la oscuridad de la sala, tan alejada de la que podían vivir en los tiempos lóbregos de la postguerra, donde sin embargo tenían la singular energía de la juventud. Quizá allí vio “Venus era mujer” (1948) o, luego, “Pandora y el holandés errante” (1951) la película que trajo a Ava por primera vez a España. Aunque no estoy seguro de si se estrenaron en España en aquellos años.

Debbie Mazar interpretando a Ava Gardner en «Arde Madrid»

En ese año, 1951, acababa de casarse con Frank Sinatra después de muchas dificultades aunque ya los comenzaban a consumir la fama, la pasión y los celos. Frank, además, estaba en un periodo de decadencia aunque todavía era muy conocido y deseado por las mujeres. Ava estaba en ascenso, había estado casada con Mickey Rooney (1942) y Artie Shaw (1945) y su belleza ya impresionaba a los tiburones de Hollywood, sobre todo a Howard Hudges que no se resignaba a sus negativas y puso una red de informadores a su alrededor, durante mucho tiempo, para frustrar sus relaciones con otros hombres, cosa que consiguió más de una vez. Frank lo odiaba, igual que a Artie Shaw,  y durante su relación fue motivo de muchas trifulcas entre ellos, aunque Ava jura que nunca tuvo nada con el. 

Ava Gardner y Mickey Rooney

1952 fue un año decisivo para ellos por dos películas que se estrenaron al año siguiente. “De aquí a la eternidad” fue la que volvió a relanzar a Sinatra al éxito. También la que construyó el mito de que, para conseguir el papel, fue ayudado por la mafia y que todo el mundo identifica con aquella famosa escena de «la cabeza del caballo en la cama del productor» que Coppola introdujo en El Padrino, aunque Ava cuenta en sus memorias que fue sobre todo su intercesión con Harry Cohn el director de Columbia, a través de su mujer a la que conocía,  la que le terminó consiguiendo la prueba que alcanzó el papel. Al final Frank terminó ganando el Oscar al mejor actor secundario de 1953 lo que disparó de nuevo su popularidad aunque todavía tenía que superar los problemas de voz para recuperarla en el mundo de la canción.

Ava, Clark Gable y John Ford en el rodaje de «Mogambo»

“Mogambo” terminó de construir el mito de mujer que fue Ava, la que la convirtió definitivamente en una estrella de Hollywood. Pero también fue el comienzo del fin para ellos. Ava pensó que ninguno de los dos podía permitirse el que ella quedara embarazada en esos momentos pero se quedó dos veces en muy poco tiempo, en una época donde todavía no se habían comercializado anticonceptivos hormonales eficaces. La primera, de la que se dio cuenta al principio del rodaje, pudo abortar en Londres sin que se enterara Frank, con la aquiescencia de John Ford y la productora. La segunda, que se produjo después de una visita al rodaje en Africa por parte de Frank, no. Ava le dijo que estaba embarazada y él, al parecer se alegró, pero tenía claro que no tenían el estilo de vida «sano y sólido»que para ella requería educar a un hijo. Así que volvió a Londres sin decirle nada, aunque alguien debió avisarlo, porque al despertar de la operación,  Frank estaba alli con los ojos inundados en lágrimas.

Montgomery Clift, Burt Lancaster y Frank Sinatra en “De Aquí a la Eternidad ”

El éxito, sobre todo de ella, y los chismorreos de la prensa agravaron sus periódicas crisis por celos. Frank hizo una gira de conciertos por Europa  y a menudo las salas estaban medio vacias, cosa que la prensa resaltaba continuamente comparándolo con el exito de ella que entonces rodaba  «Los caballeros del rey Arturo». Una noche puedo escaparse a oirlo a Nápoles donde al identificarla un foco de luz la gente comenzó a vitorearla olvidándose de Frank que seguía cantando totalmente humillado. Lo que multiplicó los motivos para los celos y los desencuentros. «Creo que el principal problema es que yo siempre amaba con el corazón y no con la cabeza. Soy terriblemente posesiva con la gente a quien quiero, y seguramente los ahorgo con tanto amor. Me siento celosa por cada momento que pasan fuera de mi lado. Quiero estar con ellos, verles, poder tocarles. en tonces, y solo entonces, soy feliz. Por ejemplo, cuando no conseguía hablar con Frank en seguida por teléfono, me quería matar. Era una tontería supongo, pero así era yo». Un día sonó el teléfono y era Frank para comunicarle que estaba en la cama con otra mujer: le dijo que ya que lo acusaba de infidelidad cuando era inocente, era lógico que llegara el día en que él decidiese que lo mismo lo daba ser culpable. Entonces ella decidió pedir el divorcio el 29 de Octubre de 1953 y pensar seriamente en cambiar de aires. Estaba harta de star-system aunque, como supo mucho tiempo después también necesitaba mucho ese reconociiento que da ser una estrella. También comenzaría una historia de complicidad con Frank Sinatra , mucho más agradable que el matrimonio que tuvieron, que le duraría siempre. Lo que da que pensar sobre el amor y el papel evolutivo de los celos en la parejas humanas.



Ava conocía España desde 1951 cuando vino a Tossa de mar a interpretar “Pandora y el holandés errante”. Le gustó la gente, el paisaje, el flamenco y también lo barato que era todo. Contempló ir a Londres pero al final recaló en Madrid en diciembre de 1955, huyendo de la falta de intimidad y los chismorreos de la prensa amarilla de Hollywood. Además por asuntos de impuestos las productoras estaban comenzando a rodar fuera de USA por lo que su decisión no afectaba demasiado a su trabajo. Estuvo en España hasta 1968 cuando una caida de un caballo en la finca de Angel Peralta le lesionó el rostro y decidió ir a curárselo a Londres, donde terminó instalándose definitivamente. Para entonces el abuso del alcohol ya debía estar haciendo mella en su ánimo y en su cuerpo y quizá pensó en ir a un sitio más tranquilo. Tenía entonces 45 años y había venido con 33, cuando aún no había rodado «La condesa descalza«, cuya propaganda la convirtió en «el animal más bello del mundo».

Artie Shaw y Ava Gardner

No he leido «Beberse la vida» el libro que Marcos Ordoñez dedicó a tratar de investigar esos años pero no estoy seguro que se parezcan demasiado a lo que refleja la serie «Arde Madrid». Es verdad que llegó a un pais que aún vivia en la autarquia de una dictadura y aún no había entrado en la ONU (lo hizo en 1955) con unas costumbres mucho menos liberales a las que ella estaba acostumbrada. Sin embargo quizá por su estatus de estrella y porque al régimen ya le convenía mucho mejorar su relaciones con USA no tuvo grandes problemas. Al contrario, según cuenta ella misma, gozó en Madrid personalmente de mayor libertad de la que había tenido en Hollywood sobre todo porque no se sentía controlada por la prensa. Es de suponer que aquí ya tenía contactos, quizá a través de  de Luis Miguel Domiguín o de la gente del cine y sus relaciones probablemente fueron bastante variadas: americanos en Madrid, aristócratas y «gente bien» más o menos próximos al régimen, y también todo el mundo relacionado con la farándula en la que se incluían los flamencos, por los cuales tenía debilidad.

«»Arde Madrid» presenta una España de entonces literalmente en el blanco y negro de lo políticamente correcto actual: mujeres de la sección femenina feas y cojas pero en las que ya parece apuntar la bondad del nuevo feminismo aunque hayan contado la doctrina de justificación de la situación de la mujer que se llevaba entonces; hombres «salidos» y estúpidos deseosos de contar sus improbables escarceos con la diva; gitanos con cabra que trafican con alcohol y tienen mujeres celosas que los dominan; guardias civiles con bigote y mosquetón que se presentan en un piso de Dr. Arce de madrugada, a las llamadas de Perón, y se encuentran al ejercito americano; criadas que se quedan embarazadas por un sinvergüenza y se hacen la prueba de la rana en un barreño para luego redimirse en un aborto (pagado por la diva en lo que parece el comienzo de una gran amistad) que inaugura su futura vida de mujeres libres; fiestas interminables y resacas con enanos que mean en las macetas. Todo demasiado esquemático, tópico y sin matices, demasiado contrastado de verdad y mentira y, por tanto, finalmente incierto sobre lo que probablemente fueron esos años, tanto como la falta de coincidencia de las fechas de las canciones que aparecen. Cosa que podría ser justificable por ser solo una comedia si no fuera porque «El verdugo» o «Bienvenido Mister Marshall» también son comedias y sin embargo reflejan la realidad del franquismo con mucha mayor profundidad que el mas sesudo de los ensayos, cuando además entonces tenía verdadero riesgo hacerlas.

Esos años en que también el país comenzó a cambiar, donde probablemente había, en lo privado todo tipo de personalidades, conductas y relaciones incluso en los afectos a Régimen (también en los no afectos) y donde quizá la presencia de Ava supuso un influjo indirecto para una transformación de las costumbres y del aire social que finalmente terminó generando un cambio de sistema político.

Pero veamos que dice ella misma de su paso por España …

«CON SU PROPIA VOZ». AVA GARDNER. 1991

(…) Cuando conocí por vez primera a Luis Miguel Dominguín, se repitió la historia de siempre: sabía con absoluta certeza que él era para mí. Luis era alto y al mozo con unos ojos oscuros penetrante yo servador es que solía mover sin girar la cabeza. Y tenía una expresión ligeramente preocupada que padecía decir: “ La señora americana sabe que yo estoy interesado por ella. Espero que ella está interesada en mí “.

Vaya si lo estaba. Y francamente, ¿Quien no lo estaría? Aunque tenía cuatro años menos que yo, Luis Miguel era considerado por todos como el torero mejor pagado, el más popular y el más solicitado del mundo. Hijo y hermano de célebres toreros, un gran atleta y con una técnica impecable, tenía la habilidad de hacer que un deporte exquisitamente peligroso pareciese un juego de niños. Verle en fotografía, equilibrado en una elegante pose mientras o los enormes cuernos del animal se deslizaban a solo unos centímetros de su corazón, ver como con una arrogante arqueo de su cuerpo y un majestuoso movimiento de su capa Volvía a asumir el mando, era algo que quitaba la respiración. Y eso, sin contar el hecho de que era un caballero cultísimo que, como dijo alguien, hablaba cuatro lenguas en un medio en el que algunos eran casi analfabetos. Entre sus amigos figuraban personajes como Picasso y papá Hemingway, quien le describía como “una combinación  de don Juan y Hamlet.”



Conocí a Luis Miguel en una fiesta en Madrid, precisamente cuando Frank y yo estábamos rompiendo nuestra relaciones. Después de haber conquistado todas las plazas del mundo, estaba disfrutando de los placeres de un ser mi retiro, además de recuperarse de una cornada casi mortal que había recibido unos meses antes. Era el mayor ídolo de España, país cuyo carácter apasionado y espontáneo empezaba gustarme más y más. Sonrío, hice una ligera reverencia, y dijo: “ No inglés “. Yo también le sonreí y dije: “ No español “, y así fue como funcionamos durante la mayor parte del tiempo que estuvimos juntos.



Si formé parte de la convalecencia de Luis Miguel, el también formo parte de la mía después de las estocadas que Frank y yo nos habíamos dado. Animados por la música flamenca, reíamos, vivíamos, salíamos. Yo era su chica, y el mi hombre; era así de sencillo. Éramos buenos amigos, además de buenos amantes, y no nos exigíamos  demasiado el uno al otro. Luis Miguel era muy divertido y me encantaba tenerle cerca de mí. Francamente, me intrigaba el hecho de que no parecía necesitarme, y por supuesto no estaba buscando publicidad como tantos de los hombres europeos que se habían cruzado en mi camino. Supongo que me gustaba la manera relajada en que podíamos sencillamente estar juntos, después de todo el alboroto que yo había armado con Fran. Nos alojamos en un pequeño Hotel de Madrid después de que se terminase el rodaje de “La condesa descalza”, él y yo en una habitación Bappie en otra. Creo que ni siquiera nos planteamos el matrimonio; el tema nunca salió en la conversación. Lo que era bueno en aquel momento era bueno. Supongo que eso significa que me estaba haciendo mayor. Ya era hora.

(…) En diciembre de 1955 poco antes de cumplir los 33 años, hice algo que amenazaba con hacer desde hacía tiempo, algo de lo que nadie me creía capaz. No, no se trataba de dejar el mundo del cine, pero si de algo parecido. Dejé los Estados Unidos para siempre y me establecí en España.

¿Porque me fui? Para empezar, en todo el tiempo que había vivido allí, nunca me había gustado Hollywood. No era mi lugar favorito, por decir algo; me parecía por turnos provinciano superficial. Sencillamente yo no encajaba con la forma en que se hacían las cosas en la capital del cine, y cada vez me estaba resultando más difícil tener mi propia intimidad. No podía salir a pasear a mi perro, ni ir al aeropuerto o un restaurante, no podía ir siquiera la seo de señora sin que alguien estuviera vigilándome, Informando sobre mí, espiándome. Me sentía encarcelada por el estilo de vida de una estrella de cine y sencillamente ya no podía aguantarlo más.



(…) Y luego estaba España. No sé si era el clima, la gente, o la música, pero me había enamorado locamente de lugar desde el primer momento en que llegue allí, años antes. Estaba tan poco estropeado en aquellos tiempos, era tan dramático, tan histórico… Y tan puñeteramente barato que resultaba que casi increíble. Todo eso Combinado con el hecho de que vivir en el extranjero no me eximía de pagar mis impuestos internos, hacía que el conjunto atrayente definitivamente el lado frugal de mi carácter. 

Pero había mas que dólares y sentido común detrás de mi decisión. Me enamoré del castellano puro; cuando lo oyes hablar y lo entiendes, resulta tan puro y musical que es una delicia para los sentidos. Me sentía emocionalmente próxima España -¿quién sabe verdaderamente por qué?- y la gente española respondía mi presencia del mismo modo, aceptándome sin preguntas. Lo cual no debió resultar fácil. Al fin y al cabo, yo representaba todo aquello que no aprobaban. Era una mujer, sola, divorciada, no católica, y actriz.



(…) Me compré una casa en la Moraleja, una zona en las afueras, a unos minutos del centro de Madrid. Era un edificio bajo de ladrillo rojo, que se extendía de forma irregular como un rancho. La casa se apodaba “La bruja”,  por una figurita, con escoba incluida, que prestaba sus servicios como veleta. Tenía 8000 m² de césped con unos magníficos sauces llorones y una buena vista de los montes que se alzaban en la lejanía, y había sido construida para el confort, no para la ostentación, cosa que me encantaba. También estaba desamueblada, y Reenie y yo recorrimos Madrid, comprando todo lo que veíamos, especialmente muebles. 

Las únicas cosas de primera necesidad que no podíamos adquirir – chocolatinas Hershey, Kleenex y whisky Jack Daniels – me las proporcionaban los amigos que me visitaban. Llené “La bruja” de libros y discos y, por primera vez desde que vi abandonado Carolina del Norte, sentí que estaba en mi casa.



(…) Ahora bien, a la hora de salir y conocer el país, no permití que me frenase la timidez. Reenie y yo a menudo salíamos en coche y hacíamos viajes por la península, como la vez que fuimos a Granada a ver a los gitanos y me daban sus bebés para que no se aguantase mientras bailaban flamenco. En otra ocasión nos detuvimos a tomar un café en un pequeño bar junto a la carretera y cuando pedimos leche, el anciano que llevaba el local e inmediatamente puso las manos sobre su cabra. Gracias, dijimos, pero no gracias.



(…) Una de las cosas irónicas de vivir en España fue que ahora que me había establecido en el país de Luis Miguel, mis relaciones con él habían concluido. Habíamos empezado a romper poco a poco y con pensar, después de que él se dejase persuadir por la gente de Howard Hughes a tomar aquel avión en el lago Tahoe. Dijimos que aquello no cambiaría las cosas entre los dos, pero sí que lo hizo. Y los meses que yo estuve en Pakistán, rodando “Cruce de destinos”, no eran lo más recomendable para una relación que ya sobraba. 

Además, Luis Miguel estaba ansioso por sentar la cabeza, casarse y tener una familia, y yo sabía que no estaba preparada para esta clase de domesticidad. Y puesto que éramos grandes amigos, además de amantes, ya que nunca me había sentido celosa de él como me había ocurrido con Frank, estuve genuinamente contenta por Luis Miguel cuando me dijo que iba a casarse con la actriz italiana Lucía Bosé. 

Walter Chiari y Ava Gardner

Lo curioso fue que el siguiente hombre en mi vida resultó ser un antiguo amor de Lucía Bosé, el actor italiano Walter Chiari. Aunque no era muy famoso fuera de su país natal, Walter había hecho unas 40 películas y estaba considerado como una especie de Danny Kaye italiano. Le conocí por vez primera en Roma durante el rodaje de la condesa descalza. Había estado flirteando conmigo casi desde el primer día en que nos conocimos, pero eso es algo que se espera de los hombres italianos: si no están persiguiendo alguien, sus vidas no merecen la pena ser vividas. 

Ava con Robert Graves

(…) Robert (Graves) era un hombre grande, espaldas anchas. Media 1 m 88 y tenía una espesa mata de pelo blanco. Su cara parecía estar tallada en roca, pero quedaba suavizada por su calor humano y un sentido del humor cargado de picardía y burla de sí mismo. Adoraba a las mujeres, le gustaba estar en su presencia, le gustaba el sonido de su risa y su charla. He de admitir que yo también le adoraba, aunque ya rondaba los 65 años cuando nos conocimos y nunca hubo y la más mínima sugerencia de llevar las cosas más lejos, hacia una relación física. La mejor forma en que puedo describir la situación es que había una especie de conspiración amorosa entre los dos, y que estar juntos en compañía de su maravillosa esposa y los niños en la casa que tenían en las montañas de Mallorca, me dió la clase de placer y satisfacción que no me había proporcionado ninguna otra cosa en mi vida.

La primera vez que fui a visitar a Rober a Mallorca, estaba empeñada en aprender todo lo que podía sobre su trabajo.

—Sabes, Robert -le dije-. Realmente no entiendo la poesía.

Y él, acertadamente, como siempre, contestó:

-Cariño, no tienes que entenderla, tienes que disfrutarla.

Me dijo que las poesías son como las personas; no circulan muchas que sean auténticas.

Más tarde, cuando me iba la cama, saqué un ejemplar de las poesías completas de Robert y le pregunté cuál debería leer primero. Eligió una y dijo qué tal vez estaría de acuerdo con él en tomarme la personalmente, aunque de hecho le había escrito mucho antes de conocerme. Todavía recuerdo algunos de sus versos:

Habla siempre con su propia voz

Incluso a extraños… 

Es salvaje inocente, aferrada al amor

en todo naufragio…

A la mañana siguiente una sonrisa iluminaba su cara.

—Me ha encantado-dije.

–Eres tú clavada-dijo él.

En el transcurso de los años, Robert me dedicó muchos poemas, algo que me hace sentir muy orgullosa. El primero de todos, que me llegó con una nota que decía: “A Ava de Robert con cariño, 1964”, se llamaba “ No dormir “.

No dormido en toda la noche, de puro gozo,

sin contar ovejas ni importarme el sonar de las campanas, 

recibiendo con agrado la charla matutina

de pájaros, hijos del Alba, que ociosamente discuten 

detalles caprichosos de la prometida llegada. 

¿Vestirá de rojo, de bermejo, de azul, 

o de puro blanco? Vista como vista, estará gloriosa. 

No dormir en toda la noche, de puro gozo, 

es algo que se otorga pocos pero al fin a mí. 

Y así, cuando me ría, o me desperece, o salte de la cama 

me deslizaré escalera abajo, rozando con los pies la alfombra 

por la cortesía debida al avanzar civilizado, 

aunque, si quisiera, podría echar a volar por la ventana abierta 

y posarme en una rama, allá en lo alto, como aliado aceptado 

por los pájaros, que, todavía alerta, murmuran juntos suavemente.

¿Qué puede decirse acerca de un hombre que es capaz de enviarme algo así? ¿Acaso te sorprende que sintiera lo que sentía hacia él?”

Ava poco antes de la apoplejía

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