Las paradójicas dimensiones de la autoestima

Tener conciencia de nosotros mismo, creer que poseemos un yo estable que permanece en el transcurso de nuestra vida, que parece ir unido de forma natural a la posibilidad de juzgarlo y valorarlo, de convertirlo en un objeto abstracto que incluiría todas nuestros roles, atributos o realizaciones. También de la tentación de no dejar de compararlo con la percepción que tenemos de los que nos rodean, con los ideales que somos capaces de imaginar, de sentirlo muy sensible a la aprobación de los otros, a la congruencia con los valores culturales del grupo al que pertenecemos.

Fotografía Lauren Greenfield

Al final la percepción de un valor simbólico, siempre fluctuante, que hemos calculado casi a ciegas de la razón con unas matemáticas inexistentes, más bien una emoción casi automática que nos indica si nuestros logros se han acercado a nuestras expectativas, si tenemos más o menos éxito social, si somos más o menos aceptados por los demás, si nos sentimos superiores o inferiores a otros, si somos o no unos impostores. Todo eso alentado por nuestra cultura desde que nacemos o quizá el resultado de una necesidad evolutiva: precisamos sobrevivir con otros y hemos seleccionado un termostato que nos informa de nuestra posibilidad de exclusión social, de la calidad de nuestras relaciones sociales siempre muy cercanas al número de Dumbar. La Teoría del sociómetro de la autoestima de Marck Leary que cuestiona el trabajo directo sobre la percepción de autoestima y recomienda más bien dedicar los esfuerzos a desarrollar capacidades para ser aceptado socialmente. 

Fotografía Lauren Greenfield

Se había observado durante muchos años, en la clínica, que la mayoría de las perturbaciones emocionales en el espectro ansiedad depresión conllevaban una desvalorizacion personal, muy ligada a exigencias irracionales, que, a menudo, empeoraba mucho los síntomas y la recuperación. Las expectativas exageradas o la minusvalorizacion de los logros, la persecución de un ideal del yo demasiado exigente que, a veces, puede no tener fin y,  hasta los triunfadores más reconocidos en algo, se terminan creyendo unos impostores porque no lo son en todo lo que intentan o no colman todas sus expectativas relacionales o morales. Por eso Nathaniel Branden, discípulo de Ayn Rand, planteó un modelo terapéutico más ligado al proceso para conseguir los logros. No juzgarse por los resultados conseguidos, que en cualquier caso tendrían que ser de dimensión humana y muchas veces se nos escapan por causas ajenas a nosotros mismos, sino por el proceso seguido para conseguirlos congruente con unos valores personales racionales.

Fotografía Lauren Greenfield

En los ochenta parecía claro que había investigación que demostraba que la alta autoestima estaba ligada a mejor ánimo, a mejores relaciones interpersonales y a menos conflictividad social, a mejor desempeño en cualquier actividad, a mayor independencia y creatividad, e incluso a la posibilidad de conseguir metas más altas, incluida, por supuesto, la mejora del rendimiento escolar. Además se suponía que era algo que cualquier persona podía trabajar y aprender, que no tenía ninguna ligazón con la personalidad innata, dentro de la filosofía igualitarista del “querer es poder”. Fue en ese río donde fue a pescar John Vasconcellos, un político demócrata de California que leyó investigaciones que parecían correlacionar la alta autoestima con mejor respuesta a las adversidades sociales y dedujo que promoverla, sobre todo en los niños, pero también en otros colectivos, podría prevenir calamidades sociales y llevar a un mundo mejor, habitado por gente más satisfecha, una idea intuitivamente atrayente y que hizo fortuna en el ambiente cultural del momento.

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En 1986 Vasconcellos creó la California Task Force to Promote Sel-Esteem and Personal and Social Responsability y consiguió 245.000 $ por año para explorar cómo utilizar el entrenamiento en autoestima para prevenir problemas sociales y optimizar el bienestar y el rendimiento de las personas. Aunque no tuvieron tan fácil ponerse de acuerdo en una definición operativa: “apreciar mi propio valor e importancia y tener el carácter de ser responsable de mí mismo y actuar responsablemente hacia los demás.”  De ahí a miles de supuestos especialistas, cursos, vídeos, libros, una filosofía que impregnó sobre todo la educación y con la que fueron educados los millenials junto con la filosofía de la “Tabula rasa” que ya había cuestionado Steve Pinker. La proliferación de juegos como el balón de Koosh que los niños se pasaban recibiendo y dando cumplidos automáticos. Nadie hacía nada mal, nadie lo hacía especialmente bien, nadie podía sentirse herido ni siquiera por el color de la tinta roja que corregía los exámenes. Todos tenían que estar encantados de haberse conocido desde el principio.

Pero a pesar del boom mediático y social los resultados no parecían ser los que se preveían. La American Psychological Society terminó encargando, en 2003, a  Roy Baumeister, que llevaba mucho tiempo investigando sobre el tema y había escrito alguno de los artículos que gustaron a Vasconcellos pero que había ido evolucionado a una postura crítica con cómo se estaba utilizando el concepto, un informe sobre el estado de la cuestión tras todos los esfuerzos invertidos y los resultados no fueron demasiado buenos. La alta autoestima, en algunas áreas, incluso se correlacionó con un peor comportamiento social y ni siquiera estaba clara su influencia para mejorar el rendimiento escolar. A la afirmación de que los que obtenían mejores resultados era porque tenían alta autoestima se le podía dar la vuelta y afirmar que la tenían precisamente porque los resultados eran mejores. Además chicos con baja autoestima tenían excelentes resultados académicos. Desde luego aunque a veces pudiera haber correlación, la causalidad no era ni mucho menos evidente y no se encontraron los resultados que se habían anticipado. Incluso el mismo autor encontró que la alta autoestima podía ser uno de los atributos de la posibilidad de que los individuos hagan el mal, junto con la ambición, la avaricia y el idealismo moral.

Fotografía Lauren Greenfield

Sorprendentemente (o quizá no tanto dada la tendencia que tenemos para sesgar la información que nos interesa) estos datos no han frenado el auge de la auto ayuda que ha ido virando a otras fórmulas mágicas como las “poses de poder”, el test de asociación implícita, el “crit” o perseverancia, o la mentalidad de crecimiento. Cuestiones que se generan desde la investigación con una evidencia preliminar no suficientemente contrastada pero que hacen fortuna y se simplifican para generar negocios muy lucrativos que movían 10.000 millones de $ en 2015.

Fotografía Lauren Greenfield

Y sin embargo el asunto de la autoestima, la necesidad de interpretar o modular la emoción del valor que nos damos globalmente como personas sigue ahí, a veces acariciándonos, otras inquietándonos, como un algoritmo que no siempre es racional ni ajustado a la realidad, si decidimos analizarlo. Dentro de la Terapia Racional Emotiva (RET), Albert Ellis ya cuestionó el término en sí mismo y decidió que había que sustituirlo por el concepto de autoaceptacion simplemente por estar vivos, sin necesidad de alentar ninguna autoimagen global de su yo (porque es imposible y perjudicial) en relación a sus conductas o logros. Se trataría de valorar solo cualidades o actuaciones concretas sin inferir de ellas nunca una valoración global, que juzga como una generalización excesiva y no racional, que suele ser ineficaz para la solución de problemas y lleva casi inevitablemente a rebajar la esencia humana porque evaluarse como bueno o superior suele conllevar valorar a otros como malos o inferiores lo que está en la base de multitud de conflictos sociales y personales. Asumir que las personas somos falibles y cometemos errores de los que habría que hacerse responsables y reparar si es posible pero sin caer en una culpa autodestructiva.

Esta visión podría ser manipulada por ciertos individuos y plantear problemas éticos además de motivacionales a nivel social. Mucha gente podría pensar que daría igual esforzarse o no en ningún terreno, tener mejores o peores resultados, crecer más o menos personalmente porque el desenlace siempre seria el mismo: sentirse bien consigo mismo en cualquier caso porque no sería necesario tener cualidades o logros especiales para sentirse así. Aunque esto no es exactamente lo que quería decir Ellis que se inspiró mucho en «La conquista de la felicidad» de Bertrand Russell. .

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La RET y en general las terapias cognitivas han evolucionado para superar el concepto de «yo como objeto», que se mantendría en la autoaceptación, para hablar de una visión alternativa: «el yo como contexto o como potencial». En este constructo el yo no es no sería una cosa o un objeto, no es lo que uno tiene o hace, ni sus rasgos o defectos o cualidades, sino que sería el sustrato, el contexto o fondo desde el que surge lo que la persona tiene o hace, una fuente de identidades, el espacio virtual en que los atributos destacan y de desarrollan o de donde emergen las conductas o los valores. Sería un yo potencial abierto al cambio y a la creación.

Fotografía Lauren Greenfield

Y al final la necesidad humana, difícil de obviar, de equilibrar nuestros sueños con nuestra realidad, La necesidad de integración social con la de conquistar una libertad individual no demasiado coartada por los convencionalismos sociales, el hedonismo de largo alcance que precisan las metas ambiciosas con una dimensión humana y amable en el día a día, que cada vez es más exigente en el mundo moderno y necesita una priorización inteligente y sensata del tiempo y los objetivos que tenga en cuenta los propios limites sin renunciar a preferencias racionales o de crecimiento que nunca pueden ser tremendistas pero sí abiertas en su logros, sin techos de cristal. Y siempre sabiendo que la buena vida, donde sentirnos bien, ocurre ahora en ese mar, más o menos agitado, en el que nos deslizamos en cualquier momento del tiempo, que pasa tan deprisa, siempre aprendiendo y persiguiendo un equilibrio incierto. Viviendo.

*Muchas referencias bibliográficas están sacadas del magnífico blog «Evolución y neurociencias» escrito por el psiquiatra Pablo Malo.

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