Sin “distancia social”: la Trilogía del Amor de Rowlands y Cassavetes

Te creo, mentirosa…

J.P. Belmondo, “Pierrot le Fou

Tratando de aprovechar la prórroga del confinamiento para “pillar cultura”, como lo llama muy acertadamente una amiga, acabo de beberme el último sorbo de una de las películas más acojonantes de mi vida. Muchos la habréis visto ya, yo es que soy ese que en la partida de poker mira a su alrededor, no descubre quién es el pringao, y eso es porque el pringao evidentemente soy yo. Se trata de A Woman Under the Influence -lo pongo en inglés ya que es intraducible-, dirigida por John Cassavetes en 1974. Es un pasote, y yo no uso esa palabra de gamers. Versa acerca del amor, que no es ni remotamente mi tema favorito, pero apoyo al cien por cien la tesis de la película. Me recuerda, de hecho, al final de Tom y Viv, el biopic de T.S. Eliot del cual jamás seré capaz de olvidar, excepto bajo el yugo del Alzheimer, el momento en que en la secuencia final la mujer del poeta le defiende a muerte frente a los ataques de un periodista (pese a que él, grandísimo pedazo de mierda, la ha internado en un psiquiátrico para poder continuar su carrera). Pues aquí sucede algo parecido, pero al revés, no quiero desvelar nada, por si en esta timba entra a última hora un cofrade todavía más desprevenido que yo.

La tesis de Cassavetes, que para entonces ya tenía tres hij@s con Gena Rowlands, es tan sencilla como lo siguiente: el amor consiste en estar de parte de tu pareja -heterosexual, hasta donde yo sé Cassavetes no exploró otros mundos sentimentales…- caiga quién caiga y caiga lo que caiga. En principio, esto parece elemental, lo vocifera cualquier choni (no tengo nada en contra de las chonis, excepto cuando cuestionan el trabajo de los profesores de sus hijos) en un programa de salseo y es la quintaesencia de las baladas, jevis o de Jose Luís Perales. Sin embargo, tal como lo muestra esta película, resulta más gráfico, como más real. Yo no creo que el cine pueda ser más o menos real o cercano a la realidad, esas son fantasías con las que cada nueva generación de cineastas busca distanciarse de la anterior. Cassavetes es tan artificioso como cualquier escritor o director anterior o posterior (este articulito está muy bien para comprobarlo), aunque su recurso característico sea haber intentado inyectar en la pantalla la mayor cuota de naturalidad posible. “Cine independiente”, eso que supuestamente fraguó Cassavetes por primera vez en la historia, en realidad sería mejor nominado como “cine underground”, puesto que consiste y consistió en tener muy poquito dinero, algunos grandes amigos, ganas de hacer lo nunca hecho antes y cansancio del patrón hollywoodiense consabido. O sea, como Lou Reed a la sazón pero sin distorsión eléctrica…

De hecho, ya había visto yo antes las otras dos películas previas que Cassavetes había consagrado al amor. Vale, de acuerdo, todas las suyas están dedicadas a las relaciones personales, casi se podría decir que en Cassavetes no hay tejido social, sino tan sólo acercamientos entre individuos, como afirmó, con mucha peor intención, Margaret Thatcher. Pero a las que me refiero son inmediatamente anteriores, Faces, de 1968, y Minnie y Moskowitz, de 1971. Entre ambas, está Husbands, que no he conseguido ver entera. Cuando pueda verla completa, merecerá comentario aparte. Lo de la trilogía, por tanto, me lo he inventado yo, pero tan sólo a efectos de estas líneas -y ojalá todos los maestrillos que han inventado etiquetas en el pasado dijeran lo mismo, que al final a los chicos en los institutos les llegan las etiquetas, y jamás el caldo que presuntamente certifican.

En Faces, Cassavetes todavía es novato y experimental, pero valiente. Es 1968, la Contracultura y la apoteosis del Rock, quien no fuera rebelde en el campo del arte o de la filosofía es que no tenía alma, aun a costa de hacer o decir majaderías. Faces es descarnado, directo, inarticulado, de secuencias demasiado largas (ya sé que esto suena a cuando en Amadeus el rey le dice al maestro que le sobran notas…) y primeros planos agotadores. El espectador casi termina por contar los poros de la piel de los protagonistas, de ahí el nombre del film, y están tan cerca unos de otros, se confiesan cosas tan bajas y a la vez tan humanas, que debió resultar altamente embarazosa en su momento. Como de pasada, Cassavetes deja caer que las películas de Bergman son aburridas, pero él sabe que eso no es cierto. Lo que son es nihilistas, crueles, y Cassavetes nunca se rebajó a eso, al fin y al cabo él era norteamericano. También cita La Dolce Vita, asegurando tácitamente que no será tan delirante. Faces es como un adolescente: se cree muy mayor, pero en realidad es todo aspaviento, todo promesa sin cumplir y todo energía mal empleada, aun con sus momentos tiernos y encantadores…

En Faces Gena Rowlands es prostituta, o mujer de alterne, como lo queráis llamar. En el tríptico que he elegido se verifica, sin pretenderlo, el triple papel que el patriarcado tradicional ha adjudicado socialmente a la mujer, a saber: una mujer puede ser o puta, o monja, o esposa. En 1968 a Rowlands le tocaba puta, y la interpretación del amor en la película no pasa de eso, de compadecerse de las pobres mujeres casadas que siempre perderán la batalla frente al poderío sexual pero esclavo de las putas. Digo “no pasa de eso” en comparación con Minnie y Moskowitz, donde Cassavetes ya ha madurado algo más. En esta, el año de la muerte de Joplin, Morrison y Hendrix, el amor es una locura que rompe las barreras de clase y los escrúpulos morales. Gena es casi monja, porque viene desengañada de toda relación que no sea ideal como las de Hollywood, y sabe que esa idealidad es inexistente. Viste de negro, se coloca unas enormes gafas de sol cuando siente una superioridad que la avergüenza hacia su estúpido interlocutor, tiene una gran biblioteca en su casa, sólo se cita en galerías de arte, y está como de luto permanente por el concepto del Amor Romántico. Entonces conoce a un tipo pobretón, con un ridículo parecido a Astérix el galo (no es otro que el Chettie de Faces…), más bruto que un arao, que habla a gritos pero que tiene todo mucho más claro que ella. Astérix, Moskowitz en realidad, se dedica a ir de un sitio para otro, armar bronca y conversar con la gente, es un vividor sin estilo ni conciencia de serlo. En España subtitularon a esta película “El triunfo del amor”, y en parte es cierto, si entiendes el amor de esa manera un tanto machista que consiste en que él la arrastra a ella violentamente a creer en que el amor es real siempre que tú quieras que lo sea. Y yo pienso que eso es verdad en parte. La pregunta inútil es la que desea saber de antemano si algo existe o no quién sabe dónde; la pregunta correcta es si estás conmigo o no en probar a hacerlo efectivo. Minnie y Moskowitz es una película de amour-fou que luego se ha imitado un millar de veces, antes y después en Francia, luego en Hollywood y por último en España. También debió resultar algo incómoda en 1971: los protagonistas están demasiado cerca, se invaden mutuamente en cuerpo y alma durante demasiados minutos para el público de aquel tiempo. No hay “distancia social” en el cine de Cassavetes, no hay tampoco nada del tono épico-didáctico de las producciones de la época, hay intimidad, pero no intimidad suave, sino intimidad a lo bestia, si se me permite el oxímoron… (Y hasta hay algo inaudito: dos mujeres hablando entre ellas en el primer tramo).

Minnie y Moskowitz tiene su humor, y son geniales las escenas de Astérix queriendo cortarse la coleta como un Pablo Iglesias in love o esa madre que le sale tan woodilanesca -lo de Woody y la tradición quejica/cómica de Saul Bellow, Philip Roth et alia es otra historia… Pero en A Woman Under the Influence no cabe humor alguno, que a donde quería llegar. Si Faces era la adolescencia, y Gena la puta irresistible para los hombres cansados y establecidos, Minnie… la juventud, y Gena la monja seducida por un Don Juan bajofondero, A Woman… es la madurez, y Gena la esposa, pero una esposa tocada por un halo de euforia y minsuvalía. De hecho, A Woman… podría ser una película actual de Ken Loach, tal vez la postrera, cuya trama fuera una toma de posición acerca del debate sobre el capacitismo. No es así, Cassavetes no tenía cabeza para temáticas directamente sociales, él iba al grano, que es la piel de los individuos particulares y sus problemas afectivos. A Woman… es, curiosamente, una película con música extradiegética, es decir, no interna a la acción, sino ambientando el montaje. Ninguna de las dos anteriores tenía música, parecía que era como trampa manipular el estado emocional del espectador más allá del estricto trabajo actoral. A Woman… es, también por eso, mucho más ortodoxa y convencional desde el punto de vista de la narración y el rodaje, precisamente porque tiene más enjundia de fondo, aunque esa enjundia no sea ni tenga por qué ser revolucionaria -por cierto, hay un desnudo integral de niña pequeña completamente inocente pero totalmente impensable en una producción actual. Esa enjundia es una continuación de Minnie.., lo que viene después de las campanadas de boda. Y lo que dice es eso, nada falsamente moderno, nada que venda miles de libros o que invite a la excitación del Amor Líquido. Dice, en 2 horas y 20 minutos de drama para lucimiento de la Rowlands (está subtitulada en Zoowoman, y las otras dos en Youtube), que el amor de pareja no existe, como no existe el Poker, si nos ponemos metafísicos, sino que el amor y el poker se hacen, están en tanto son puestos en común, son perfomativos que diría Austin o un teórico de género. Peter Falk, el ángel retirado de El cielo sobre Berlín que llama a sus ex-colegas “compañeros” en español, no sé por qué, y John Cassavetes, el director monógamo en lo personal y polífónico en el sentido de Bajtin, hacen posible que suceda. Y en Minnie… aparece un pobre idiota que formula el brindis más bonito del cine: “¡Por el corazón humano!” Véanlas, háganme el favor, que son casi gratis…

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