“Wachtmen”, por homonimia y equivocidad

Para los aficionados al cómic norteamericano, Wachtmen, la obra de Alan Moore y Dave Gibbons que cuenta con más de treinta años ya, es como la Biblia para un cristiano o la saga de «El Padrino» para un cinéfilo. Conocedores de ese hecho, en HBO han aprovechado el tirón de popularidad universal (suele ser considerado el mejor cómic de la historia, pero eso es algo que, naturalmente, no se puede decir de nada ni nadie) del cómic para hacer una serie que se presenta como una secuela, pero que siendo estrictos no tiene nada que ver. Nada de nada, ni en la letra ni en el espíritu. En la letra, han tratado de dar un papel marginal a los personajes sobrevivientes de Moore, pero más bien parecen metidos con calzador, además de que se ha deformado su carácter original. Luego, han intentado que las marcas icónicas del cómic –Wachtmen está lleno de signos, emblemas, y distintivos de sí mismo, es un universo autorreferencial- aparezcan diseminadas por aquí y por allá, pero desprovistas del sentido que pudieron tener entonces. Están, también, las charlas cazurras y veristas del kiosquero con un chico negro, pero no pueden ser una continuación de las que tanto nos gustan, porque aquellos pobres diablos murieron abrazados. En cuanto al espíritu, era realmente imposible que se pudiese ser fiel a la matriz de Wachtmen. La obra era como un reloj, como el reloj de Jon Osterman o el reloj del fin del mundo de la contraportada de cada episodio, funcionaba a la perfección siempre que la narración fuera cerrada, tuviera un final –abierto, por cierto, pero clausurando todo “después” posible: una genialidad. En el formato de una serie, que, como todas, se pretende interminable hasta que el interés de los espectadores se debilite, no encaja ni puede encajar el espíritu de Wachtmen. Sería como coger un mandala (tu terrible simetría…) y obligarlo a desplegarse, abrirse, mezclar sus colores, llevar sus curvas al infinito y derretir sus formas hasta que se salgan de la página. O sea, convertir una pieza de fina artesanía, milimétrica, exacta, como es Wachtmen, en un largo convoy de episodios que recorren la autopista hacia ningún lugar.

Se ha intentado que la serie se desarrolle en un ambiente post-apocalíptico, fúnebre, violento, moralmente degenerado y repleto de seres muy marcados, pero, insisto en mi odiosa comparación, el resultado tampoco guarda relación alguna con Moore y Gibbons. En aquella historia flotaba la nostalgia, que es el nombre del perfume de la casa Veidt que se anunciaba en todas partes y que usaba la segunda Silk Spectre. Nostalgia por la inocencia de los primeros tiempos, de los Minutemen y del barbero al que pillaron con unas tetas de plástico, antes de que ocurriera lo imposible, que es la existencia del Doctor Manhattan y con ella la hegemonía mundial de los Estados Unidos de Richard Nixon. Tampoco en la película que dirigió Zack Snyder en 2009 había mucho de eso, pero fue una adaptación excelente, incluso sin las partes que se podaron para no despistar al público. Wachtmen es tan mítico -tan ochentero también-, que conozco un chico granadino que publicó un poemario sobre él. No creo, la verdad, que eso vaya a ocurrir con los personajes y situaciones de la serie, esa prolongación que no podía ser más que aberrante, porque es como coger una sinfonía y tras el último chin-pun intentar por todos los medios que dure unas horas más.

O como lo que decía Javier Marías de la versión de su Todas las almas (único libro suyo que he leído entero: me gustó) que le hicieron para el cine: que ni era versión libre, ni esclava ni manumitida. Estoy convencido de que el artífice de la serie no va de mala fe, quiero decir, que no es que se haya aprovechado del prestigio del cómic para hacerle tres miserables homenajes y luego contar lo suyo. Seguramente sea un verdadero admirador, que ha pensado (como DC con Before Wachtmen) que era una pena que esos personajes tan apasionantes quedaran encerrados para siempre en doce episodios de epopeya memorable y oscura. Por supuesto, a Alan Moore no le ha gustado nada la idea, y aunque en esta ocasión no ha tronado mucho, ha vuelto a retirar su nombre de los créditos y ceder sus ganancias a Gibbons. He leído que en una entrevista a TV Line, el showrunner de la serie, David Lindelof ha sido bastante específico a la hora de reaccionar a las críticas de Moore: “Si alguien le hubiera dicho a Moore cómo hacer las cosas le habría mandado a la…, y habría seguido haciendo lo mismo; así que voy a hacer lo mismo con el propio Alan Moore y le diré que se vaya a la…, y seguir haciendo lo que me de la gana”.

 Eso es lo que pasa cuando los derechos de una obra los posee la editorial y no el autor. Pero para mí es tan interesante como si a alguien le diera por proseguir Moby Dick sin el capitán Achab, y tan auténtico como cuando aquel escritor suplantó a Vázquez Montalbán para hacer un Carvalho ¡en primera persona! Vamos, que me planto en capítulo 4 (ahora alguien me dirá que lo bueno empieza en el 5…)

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1 Comment

  • Firmado por «Idéntico»:

    …y sin embargo yo creo que será un éxito (también tengo argumentos para justificar que no lo sea, que soy adivino, pero prudente)
    y lo será porque el mito es grande, y atraerá a público, y caerá en la red de las series bien hechas. la maquinita de hacer series está perfectamente engrasada y es capaz de hacer una serie de cualquier cosa (hasta sergio ramos tiene una!) y estará bien hecha (eso es garantía en HBO)
    así que triunfará. excepto unos pocos puristas/puretas que reivindiquen el original, entre los que os contáis Moore y tu, el resto flipará con los ramalazos de la idea que queden del watchmen fetén, siquiera unos iconos desperdigados por el escenario o el argumento.
    yo soy más recalcitrante que tú, todavía, que no he mostrado el mínimo interés por la nueva joya de HBO aun intuyendo que sería «buena». Quizá porque no quiero más watchmen, está bien así. como si te piden follar cuando acabas de echar un polvo magnífico: es poco probable que mantenga el nivel (¿más? ¿quieres más? pero si te acabo de echar el polvo de mi vida!» decía Torrente cuando era joven y gordo)
    tampoco veo obligatorio que el director sienta en lo más profundo de sí el espíritu de watchmen, ni siquiera tiene por qué gustarle el género. igual que un carnicero puede ser vegetariano y deshuesar un cordero con celeridad y primor. la mayoría de los oficios desligan el gusto y la técnica (como aconsejaba zappa para tocar bien la guitarra: matar la emoción) no así el de filósofo, me parece, así que entiendo que no veas lo mismo que yo.
    lo que yo veo no es un guionista que deja una obra en la productora a ver si se la pillan, sino a un consejo de administración decidiendo cual es la serie -en este caso- que mejor se va a vender y ordenando a un equipo de guionistas que la hagan, y a un director que la dirija.
    cierto que hay casos en que el director es la estrella, o los guionistas, pero no por su iniciativa. quien decide que eso suceda sigue siendo, para mi, el consejo de administración.
    y esta es otra razón para su éxito: ha habido gente muy lista analizando estudios de mercado antes de decidir que se hiciera, y quien, y cómo, y con qué fecha de estreno (por oscuras razones)
    por si acaso no triunfa, me guardaré las espaldas diciendo que quizá los estudios de mercado no tuvieran en cuenta el carácter único de este cómic y del sentir de sus seguidores, pues estoy muy de acuerdo contigo en que watchmen acaba completamente. quizá si a todos los que lo leímos nos pareciera igual de esperpento continuarlo, si lo viéramos incluso como una falta de respeto del capitalismo que todo lo traga, digiere y convierte en mierda, nadie se acercaría a tal monumento de estiercol. lo escribo y desconfío, la verdad, pero me haría gracia que sucediera.
    cada vez soy más el comediante, ya lo siento.
    muy noble lo de Moore que dices, lo de no querer la pasta, que sería un pico.
    y muy tonto lo del otro, el showrunner: Alan Moore podía hacer lo que quisiera, ajeno a toda crítica… porque no toqueteaba la obra de otro, so jeta, sinvergüenza.
    yo es que flipo. pocas collejas dan los periodistas mientras están entrevistando. si ante casos como este que citas, el periodista le endiñara un toque con el micro, aunque sea, la gente se lo pensaría un poco más antes de decir memeces tales. de mileto.

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