De Marisol a Pepa Flores: la vida que casi ha pasado

Trato de recordar cual fue la primera película de Marisol que ví, calcular los años que tendría yo, dilucidar si es un recuerdo implantado después o realmente fue «Ha llegado un ángel», de 1961, porque estoy seguro que trabajaba en ella Isabel Garcés, una actriz ahora olvidada pero entonces muy conocida y que le hacía gracia a mi madre. Pero calculo que yo, entonces, tenía solo cuatro años y parece imposible que realmente me acuerde de aquel «Corre corre caballito» que luego tantas veces oí en los «discos dedicados» de la radio, supongo que por aquella época de las mujeres cosiendo y los seriales de Guillermo Sautier Casaseca en la SER que seguían con tanta atención y probablemente sustituian su vida no vivida, la que quizá soñaban mientras hacían dobladillos y bodoques, mientras procuraban llevar a sus hijos «como los chorros del oro» o que estudiaran por encima de todo, aunque fuera con beca, en el mejor colegio que tuvieran a mano. Esa clase social que quería ascender y que hizo lo necesario para conseguirlo.

Y es que en esa época de «desarrollismo«, de emigración a Alemania con maletas de cartón, comenzó a circular por el aire social (probablemente inducido por algún tipo de propaganda) que era posible salir de pobre si se tenía algún mérito o cualidad especial, si se era valiente o si se «hincaban los codos». Fue el tiempo de la emergencia de figuras como «El Cordobés» o como Marisol. Ambos provenían de familias muy humildes y estaban presuntamente dispuestos a jugárselo todo por triunfar en la vida. «O llevarás luto por mí» fue título que Dominique Lapierre y Larry Collins eligieron para su libro sobre el torero que, si se piensa, no está tan lejos de las consignas revolucionarias («Vencer o morir») que años después abrazarían muchos de esos jóvenes en el Madrid de los 70 antes, quizá, de volver a cambiarse la piel y comenzar a pisar las moquetas del poder que esa generación luego conseguiría.

Marisol con Carlos Goyanes

Marisol lo tenía todo. Era rubia, cantaba bien, tenía mucho desparpajo, procedía de un barrio pobre de Málaga, y fue descubierta por Manuel José Goyanes en una de esas actuaciones de los “Coros y Danzas” que también servían para descubrir nuevos talentos (Rocío Durcal y Ana Belén también surgieron de forma parecida por aquella época). Quizá se le ocurrió que era la oportunidad de lanzar una Shirley Temple española en un momento en que el cine español necesitaba fabricar sueños con otro color o quizá fue solo un golpe de suerte pero, la verdad, es que el éxito fue clamoroso. Marisol comenzó a estar en todas partes y se convirtió en un símbolo de optimismo y modernidad a pesar de que muchas de sus películas, que al principio dirigió Luis Lucía, olían aún a sacristía y a conservadurismo rancio. Pero sus canciones, su voz, su vitalidad parecían apuntar hacia otra cosa, sobre todo a un éxito posible del que el ejemplo era ella misma. Todo se podía conseguir con talento, esfuerzo y optimismo, un buen ejemplo para los niños que cenaban Maizena y bebían en los recreos la leche en polvo que mandaban los americanos. Un buen sustituto para la motivación aversiva del “hombre del saco”.  Coincidió además con el ascenso de la televisión y todo el mundo pudo verla crecer, identificarse con ella en aquellos programas de los sábados por la noche, creer que también podían.

Marisol y Antonio Gades

Ocurrió además que comenzó a crecer y se convirtió en una mujer muy bella. Podría no haber ocurrido, pero su físico hizo muy pronto juego con la estética de los sesenta, con ciertos aires de libertad y erotismo que, por ejemplo, ya irradiaban mujeres como Brigitte Bardot. Comenzaron entonces los rumores sobre sus posibles amores. Con el bailarín Antonio o con Joan Manuel Serrat, con el que al parecer se veía en un apartamento a espaldas de Nou Camp y que, se dice, hizo para ella «Tu nombre me sabe a yerba». Su matrimonio que, desde el principio pareció de conveniencia, con Carlos Goyanes, el hijo de su descubridor que llenó todas las portadas de las revistas del corazón en 1969. Su divorcio tres años después y su unión en 1973 con otro bailarín, Antonio Gades, con el que tuvo tres hijas además de una conversión (quizá habria que decir toma de conciencia) al comunismo muy común en los jóvenes de la época, aunque en este caso con boda en Cuba y con Fidel Castro y Alicia Alonso de padrinos ilustres. Por fin su alejamiento de la vida pública en 1985 y el divorcio de Gades en 1986 y de su vinculación política con el PCE de los pueblos de España, como si hubiera roto a la vez con dos amores en los que ya no creía. Luego una nueva vida en total privacidad que no ha roto en más de veinte años, como una Greta Garbo de Málaga.

Ayer le dieron el Premio de Honor de los Goya, una vez más, en una ceremonia de esas que producen verguenza ajena, llena de lloriqueos politizados para pedir más subvenciones, chistes (muy) malos y dedicatorias interminables y vulgares a toda las parentela de los premiados. Una pena porque este año las películas que competían eran buenas y su premio era merecido. No solo porque su propia vida resume las vicisitudes de su tiempo en su propia biografía sino porque su talento artístico era verdadero, no solo como actriz sino tambien como cantante. Y, además, como se ha demostrado estos días su mito sigue vivo, la sigue conociendo la gente, evoca emociones, le siguen haciendo ofertas para que vuelva. Fiel a su decisión de desaparecer de los focos el premio lo recogieron sus hijas actrices que probablemente sueñan con conseguir la fama que a ella la terminó agobiando. Aunque, probablemente, si lo piensa bien, quizá no todo fue tan malo o no fue peor de lo que quizá hubiera sido si se hubiera quedado en aquel barrio humilde de Málaga sin que nadie la conociera. En esta vida todo tiene un precio. Y, además, pasa muy deprisa.

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1 Comentario

  • Convendría revisar Los días del pasado, de Mario Camus. Donde Marisol da forma a una maestra rural que espera contactar con su pareja que ha pasado al maquis en los ribazos de los Picos de Europa y ellos años de dura postguerra. Lo peor es que el maquis lo representaba Antonio Gades, insuficiente como actor y en vísperas de su separación. Esta película junto a Soldados de Alfonso Ungria, dan un creíble tono de los años increíbles del final de la guerra civil y la primera postguerra.

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