Paul Thomas Anderson y un caballito de mar

Allá donde preguntes o consultes todos los cinéfilos que no han huido a la veneración al cine iraní, coreano o extramuros de Occidente en general coinciden unánimemente en su amor casi incondicional por PTA, el director estadounidense Paul Thomas Anderson. Todo, en él, es ideal: es blanco, es un hombre de facciones agradables, fue un joven prodigio, es buen conversador, es un virtuoso del movimiento de la cámara, de la fotografía y de la decoración, y para colmo es el escritor y productor de sus propias películas, algo así como el wagneriano artista total, sólo le falta, en efecto, hacer la música. Como ahora tiene mi misma edad más unos meses sin importancia, parecería cochina envidia por mi parte regatearle la condición de genio, que es la que la crítica de qualité y su audiencia selecta le otorga clamorosamente, Carlos Boyero incluido. Pero como fan suyo -fan del genio, desde luego- dejo yo mucho que desear, puesto que aún no he visto ni Hard Eight, la primera de sus ilustres ocho (el mismo número que Sam Mendes antes de 1917, creo recordar, pero Mendes es unos años mayor que PTA), ni el cortometraje Cigarrettes and coffee (el inverso de Jim Jarmush sí, además yo era muy dado a esa combinación), en este caso por una doble patanería mía: no entiendo el inglés americano usado por los actores y encima tampoco sé cómo bajarme los subtítulos en castellano…

De modo que soy un mal fan de un director que ha rodado poco pero excelentemente, y sólo he visto siete, la siete magníficas sin Yul Brynner. Aún así, me atrevo a proponer un símil, muy rebuscado, lo reconozco, pero que mi cabeza no puede evitar cuando pienso sobre todo en su manera de concebir las tramas. PTA, en efecto, se me antoja como un caballito de mar, ese extraño animal que no parece un pez, ni una estrella de mar, ni una medusa ni nada que nos sea remotamente familiar, pero que vive bajo el agua y tiene como dos mitades, dos hemisferios, el equino de su cabeza y torso y el caracolillo de su colita enroscada. Las siete películas de PTA que he visto se parecen bastante a eso, si consigo explicarme. Para empezar, son sumamente originales, como el propio caballito de mar, se diría que nunca habíamos visto nada parecido –en música a mi me ocurrió algo semejante con The Velvet Underground, The Doors, The cure o Portishead, por ejemplo, y cronológicamente. Luego parece que se mueven en un medio distinto, profundo y solemne, como lo son los fondos oceánicos respecto de la tierra firme. Además, su arranque suele ser más proporcionado, más armónico, como la apócrifa cabeza del caballo marino, mientras que después gradualmente el asunto se va enrollando en torno a sí mismo en espiral y el espectador se queda como hipnotizado, tonto y embobado. Y, por último, cada una de estas siete películas termina por ser, en tanto obra acabada, una especie de filigrana decorativa, un valioso jarrón chino, una rareza subacuática inclasificable a la que no sabemos muy bien qué utilidad encontrarle ni en qué lugar de casa colocarla.  

Así, Boogie Nights resultó un debut que no era debut bastante sorprendente, que además tocaba un tema del todo inusual entonces en la pacata industria norteamericana. PTA tenía 25 o 27 años entonces, no me acuerdo, lo cual dejó a medio mundo de piedra. Muchos se preguntaron eso de Patti Smith en Éramos unos niños, y que pudieran emplear de pantalla los adolescentes: ¿quién conoce el corazón de la juventud salvo la propia juventud? Este corazón en particular parecía demasiado adelantado, incluso un poco perverso, para su edad, lo que pasa es que no quedaba claro si era más perverso en la primera mitad, la del caballo, cuando nos mostraba el mundillo de la pornografía, o en la segunda, la del caracolillo, cuando la gente de vida alegre lo pasaba tan mal. Eso es, por otra parte, un tópico en los biopics de estrellas del rock o del cine, de las cuales mi favorita es En el cuerda floja: buscar la fama / pasarse de rosca / redención final. A continuación, Magnolia (da la sensación de que hace un montón de tiempo que vimos Magnolia) nos dio a entender que esa perversidad, en cualquier caso, era ciertamente compleja, pero que se inclinaba más hacia una justa resolución cristiana, caritativa respecto del destino de sus personajes, como lo serían después sus émulas Crash, 21 Gramos y Babel. Si hubiera más amor en el mundo, parecía decirnos desde su púlpito PTA, cuántas tragedias nos ahorraríamos. Los americanos siempre han visto las cosas así: todo es cuestión de un poquito más de buena voluntad, no de deficiencias estructurales que hubiera que corregir, y por eso jamás han entendido el marxismo, además de encontrarlo pordiosero y ladrón. Magnolia es magnífica, pero casi parece una película de Navidad, en la que hasta el chulillo de Tom Cruise descubre que tiene corazoncito (después de esta ya se dedicaría a actor de acción para siempre, el memo).  

Embriagado de amor, o Punch-Drunk Love, si se mira bien, sólo es la enésima historia del chico que conoce a chica, pero como PTA escoge esas localizaciones de la América poligonera y desolada, y además hace de Adam Sandler un actor de verdad, impresiona como si fuera un David Lynch. Sin embargo, el guión es muy esquemático, en mi opinión: un tímido irrecuperable, el tipo de persona del que abusaban en el instituto, halla en sí mismo un titán cuando una mujer se interesa por él y acierta a convertir toda esa ira y frustración ancestrales en fuerza activa y valiente. De nuevo, una historia de redención, el perdedor que se torna ganador por la fuerza del amor –con perdón por tanto “or”… Pozos de ambición es la mejor de todas, para mi gusto, sólo que aquí no hay redención ni cristianismo alguno, sino cruda y bestial voluntad de poder, y la razón es fácil de entender: el guión no es de PTA, sino que parte de una novela de Upton Sinclair. Pozos de ambición es tan buena en gran parte por ser tan bestia, además de por la interpretación de Daniel Day-Lewis, es como la ambición implacable de los personajes de Gigante pero sin paños calientes ni romance ni bellos físicos que echarse a los ojos. La verdadera historia de las grandes fortunas familiares de EEUU -Rockefeller, Rostchild, Hearst, etc.- debe ser mucho más semejante a eso que lo que nos contaron en el Hollywood dorado, y eso que ya en el Hollywood dorado eran bastante claros al respecto (el cine norteamericano, en mi opinión, se ha suavizado enormemente desde el bombazo de Star Wars).

The Master vuelve a ser casi marciana, subacuática, y el caracolillo final de una crueldad muy cercana a Pozos de ambición. Aquí en España nos da lo mismo que el malogrado Philip Seymour Hoffman haga, con gran carisma por cierto, del fundador de la Cienciología o no, lo que importa es que Joaquin Phoenix acaba tirado como un trasto viejo, imposible de curar, por la secta, y ese abandono despiadado es la mayor crítica que se le puede hacer a organización religiosa o pseudoreligiosa alguna. Son las ovejas descarriadas, las ovejas negras, a las que más debe amar el pastor, como se dice en algún lugar de la Biblia, o todo el montaje sermoneador es una asquerosa mentira. Puro vicio está estupendamente rodada y Phoenix, al que se diría que acabamos de descubrir, lo borda, pero como se basa en una novela del enigmático Thomas Pynchon, no tiene ni pies ni cabeza. Estoy convencido de que Pynchon se esconde por eso, para no explicar jamás sus laberínticas y arbitrarias narraciones, no por deseo de intimidad alguno. El tema principal de Pynchon suele ser siempre el mismo, los jipis contra los estupas, el resto de los incidentes que ocupan las mil páginas tan sólo lo ilustran caóticamente. Pues, en esta, ídem de ídem.

Y, por último, tenemos El hilo invisible. La escritura vuelve a manos de PTA. Una música de aire clásico inunda toda la primera mitad, la mitad superior del caballito de mar, y ya se han sugerido muchas veces las concomitancias con Henry James. No sólo por el nimbo aristocrático del protagonista, o por el entorno educado y opulento de la historia, sino por la cantidad de cuentos cortos que James dedicó a su concepción del genio artístico delicado y profundo, alejado de las miradas y de la comprensión de la plebe. La protagonista femenina, sin ser realmente muy bella, es totalmente enamorable, y sin embargo es el papel de Daniel Day Lewis el que aquí me falla, quién lo iba a decir. No me creo que se enamore realmente de nadie, ni que acepte el juego final de su esposa prácticamente forzada, él es un ego similar al de Andy Warhol y Andy Warhol es de todos y de nadie a la vez. Planos/secuencia (para eso, mi camarógrafo favorito de todos los tiempos es Abraham Zapruder), fastuosa paleta de blancos y cremas, gran elegancia y vestuario, etc., pero lo que se nos cuenta no es más que una manera de exagerar desproporcionadamente, tomándola en un sentido literal, la expresión “pareja tóxica”. Me apostaría algo a que así le vino la idea a PTA. El caracolillo del caballito de mar más retorcido que nunca. Pero, bueno, mi conclusión es que Paul Thomas Anderson quiere ser el nuevo Stanley Kubrick, cuando es más bien otro David Fincher un poco más rarito, que tampoco está nada mal. No obstante, seguiremos altamente interesados en los siguientes especímenes que vaya extrayendo de su sesera, o por mejor decir, pecera…

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