Fiesta mayor (segundo verano)

La música vibra al fondo del valle.
Y por un instante todo es
cómo debió haber sido.
Dos jóvenes en motocicleta
y el mundo frente a ellos.
Un rincón oscuro, un beso azul,
una risa blanca
que estalla en la noche.
La música vibra al fondo del valle.
Y por un instante unas notas perdidas
se cuelan por mi ventana.
Los recuerdos vuelan con ellas.
Van y vienen llevados en su cálido regazo.
Los recuerdos se pierden por el valle negro
entre la música y los besos de jóvenes enamorados
que nada saben del amor
porque la vida les colma
(agua fresca rebosante en la fuente dura).
Yo fui así un día y ya no recuerdo nada.
El amor cayó como un licor ardiente sobre mi garganta vacía.
Hoy me despierto a media noche con una melodía antigua.
Y vuelvo a ser aquel que pude ser y no fui,
o aquel que fui sin saber que era.

La música vibra
al fondo del valle. Y todo un mundo hundido
resurge del océano.
Eso es hermoso. Ahí, me digo, deslumbrado
por mi propia serenidad,
reside la hermosura
última de la vida.
La canción muere. El silencio va atenazando
poco a poco los corazones fríos.
Dos jóvenes vuelven en moto a su vieja casa.
La música aún reviste sus cuerpos encendidos.
Eso es hermoso, escucho decir detrás de mí.
Alguien que no soy yo no lamenta lo vivido.
Alguien que no soy está en paz con la vida.
Lejos de mí, en otra habitación,
dos cuerpos caen pesadamente sobre la cama
y la música deja su sitio al barniz del sueño.
Un beso olvidado escapará de los labios cerrados.
Y cuando el sol despunte
sobre el negro lomo de la sierra,
presagios oscuros llenarán los días.

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