Manolito Gafotas y la Filosofía Oriental

El pasado domingo fui a una tertulia sobre el Tao a la que me invitó mi amiga Lola. A mí el Tao sólo me recuerda a un canción vieja del estilo Georgi Dann que oía de niño (tao-tao-tiki-tiki-tiki-tao-tao, o algo así) y a Martín, nuestro querido Martín Heidegger, que se interesó por el Tao y dijo aquello de que “Tao” es La Palabra de Oriente como Logos lo es La de Occidente, aunque ahora tengamos que relegarla a Ereignis y ese tipo de cosas suyas que tanto apreciamos. El acontecimiento -por seguir con nuestro exnazi favorito- tuvo lugar en una tetería árabe que a mí me recordó los tiempos en lo que Richard Burton, el explorador y no el actor, se disfrazaba de musulmán y con su don de lenguas se colaba en los prostíbulos de países realmente peligrosos para un blanquito del imperio como él. No hay nada como un perfil novelesco como el mío para sacarle rendimiento imaginativo a un local decorado con arabescos, donde la gente le pegaba a la cachimba, había taburetes y la penumbra olía a incienso, pero que cobraban a la europea y los camareros eran más de aquí que el jamón. Me lo pase muy bien, en la charla y posterior debate, hasta que la ponente desenfundó el I Ching (que desgraciadamente, no significa “Yo chingo”) y la cosa se puso seria. Había, entonces, que poner sobre el tapete unos dados raros y tratar de demostrar que ese libro sagrado oriental era capaz de responder a una pregunta tan relevante como imposible, nada menos que -alabo a la chica que la escogió por no andarse con chiquitas- cuál es el cariz de nuestro tiempo. La vida es demasiado breve para incógnitas tan oscuras, como diría Protágoras, así que me largué a la francesa, que es, a mi juicio, lo más elegante para despedirte de gente que no te conoce de nada.

Richard Francis Burton, 1864

Poco después, al irme a acostar, cogí un libro que ya había leído y que ahora hojean y ojean, las dos cosas, mis hijos, Manolito on the road, de Elvira Lindo. Elvirita es el genio de la familia, que me perdone su santo, al que también he leído, pero con provecho, no con delectación. Y seguramente uno de los grandes talentos de la literatura española actual, sin menoscabo de gente muy seria como Almudena Grandes o muy campechana como Juanjo Millás –es, lo juro, escuchar a Millás en la radio un domingo y te partes, a veces pienso que se le da mejor eso que las novelas… La Lindo tuvo el portentoso descaro de hacer de Manolito en la radio, que es para levantarse y aplaudir con las orejas, ya que Juanjo, aunque muy divertido para personas de mi edad, tan sólo hace de sí mismo. Confieso que de Elvira Lindo no he leído nada más que los Manolitos y sus columnas en El País, excepto una película de guión suyo que también me gustó, pero es que en el libro que digo Elvira nos deleita y conmueve con párrafos como este:

Mientras entrábamos en aquel bar yo eché de menos la cama en la terraza de aluminio con el Imbécil, que son desayunos de alto riesgo, porque el día que no se le cae el vaso de cola-cao al suelo, le da la risa le salen los chococrispis de la boca como perdigones mortales. No exagero, en una ocasión, uno de los chococrispis me dio en la frente y me tuvo que poner mi madre un hielo para el chichón. Yo le dije a mi madre que, por favor, le diera una colleja al Imbécil (me gusta participar en su educación), pero mi madre me dijo que la culpa la tenía yo por hacerle reír incontroladamente cuando tenía la boca llena.

Quien hubiera escrito algo así, eso fue lo que me pregunté antes de dormirme. No entendí muy bien, aquella tarde, lo que era el Tao, si era el Sentido, según algunos traductores alemanes, o el Camino, como me suena que remarcaba Heidegger, o el Junco que se Dobla con el Viento o el Agua que se Adapta a su Receptáculo, de verdad que no pillé. Todo ello me suena bien, y es totalmente cierto que está muy lejos de la filosofía occidental, que siempre ha pretendido la validez imperialista universal y que se ha impuesto a cañonazos. Únicamente, tal vez, en tiempos de las escuelas helenísticas, y, después, los que bebieron de ellas a partir del Renacimiento, el pensamiento europeo ha diseñado unas doctrinas a la medida del cuidado-de-sí individual. El pobre Foucault trató de volver a ello, y con ese fin no regateó algún gesto teórico a la textualidad oriental.

Elvira Lindo

Pero la verdad es que ni el budismo, ni el sintoísmo, ni el karate raro de Bruce Lee son una verdadera filosofía. Son, más bien, una terapia a la vez que un entrenamiento, en los que la persona que aspira a la sabiduría y la armonía se hace sujeto y objeto de las mismas. No son filosofías propiamente, porque no pretender conocer, sino sentir, fundirse, ser. Las escuelas helenísticas, en cambio, aunque también intentaban esa especie de escultura de sí, como lo llama Onfray, no paraban de escribir libros y precisar los conceptos. Es nuestro sino, en Occidente: creer que el Logos antecede a la experiencia, cronológica y especulativamente hablando, que es contra lo que trató de combatir Heidegger. En Oriente, por el contrario, siempre han entendido las cosas al revés, desde Confucio, que reglamentaba con preceptos la vida entera del súbdito chino, a Lao-Tse, Buda y los que vinieron después, cuyo plan consistía en alejar a los pobres de la mierda de vida que llevaban. Lo único peor que le puede ocurrir a un pobre, pensaban, era pensar como un pobre, y para evitar eso, en mi opinión, le ofrecían un recetario que pasaba por el renunciamiento que de todos modos ya tenían para alcanzar una Nada que de todos modos iban a alcanzar pero valorada de un modo positivo, salvador. Pier Paolo Pasolini, que estuvo en la India en 1961, lo vio de modo parecido a este –El olor de la India… 

En la India la vida tiene los caracteres de la insoportabilidad: no se sabe cómo es posible, resistir comiendo un puñado de arroz sucio, bebiendo un agua inmunda, bajo la amenaza constante del cólera, del tífus, de la viruela, hasta de la peste, durmiendo en el suelo o en viviendas atroces. Por la mañana, cada despertar ha de ser una pesadilla. Sin embargo, los indios se levantan con el sol, resignados, y resignados empiezan a ocuparse de algo: es un girar en el vacío a lo largo del día entero, un poco como puede verse en Nápoles, pero, aquí, con resultados incomparablemente más míseros. Verdad es que los indios nunca están alegres: sonríen a menudo, es cierto, pero se trata de sonrisas de dulzura, no de alegría.

¿Qué tiene esto que ver con el Manolito de Elvira Lindo? Las historietas de Manolito entretienen a los niños, sea en prosa o en celuloide, pero dejan algo tristes a los adultos sensibles. A mí me gustan mucho, pero todas, todas/todas, son tristes que te cagas. Y añado esto: los orientales, en su religión, weltanschauung, modo de vida o como lo denominen los expertos, lo saben, y por eso venden a su parroquia trascendencia nihilista. Saben que la vida real es como la de Manolito, consistente en abuelo borrachín, padre currante, madre frustrada, hermano tontico, chococrispis, Orejones López, Susana Bragas Sucias, collejas a tutiplén, televisión malísima y Carabanchel Alto, y por esa razón disimulan con el aparato críptico/mágico ese de los Ocho Senderos a la Iluminación y las respuestas solemnes y poéticas del I Ching. Uno escucha el oráculo-veredicto del I Ching y se siente importante, aunque ese día tengas un grave problema de estreñimiento.

No quiero decir que Elvira Lindo sea más profunda que todo ese vasto conjunto de máximas sapienciales y prácticas ascéticas en que consiste el pensamiento oriental, eso sería, por mi parte, una bestialidad imperdonable y una muestra de incultura y poco respeto por la pluralidad de manifestaciones cultuales del ser humano que merecería expulsión de ámbito académico docente. Lo que sí quiero decir es que los modestos libros de las tribulaciones de Manolito me parecen mucho más sinceros, veristas y humanos como puntos de partida del inminente progreso de la humanidad que decirle a tus fieles del Tíbet que la realidad es una ilusión y que hay que abolir el deseo. Cuando Manolito se ríe, es de alegría, no de dulzura. Manolito siente un cierto tonto orgullo de ser de Carabanchel Alto, pero ni comparación con esos millones de personas que mueren jóvenes pero felices de hacerlo junto al Ganges. Estoy convencido de que a Bertoldt Brecht, por ejemplo, le hubiesen gustado mucho las peripecias cutres de Manolito, él, que también echó mano de Buda y Lao Tse en sus muchos apólogos didácticos…

He leído que van a hacer una serie de producción estadounidense de Manolito Gafotas de mayor. Yo paso. Pero también paso de la filosofía oriental, a la que encuentro eso que Hegel dijo del cristianismo, cuando afirmó se trató de una “huida masiva” (de este mundo a otros tan perfectos como imaginarios). No debemos huir de unas vidas que se agitan en las condiciones que imponen los chococrispis y la televisión mala, hay que amarlas en su intrínseco humor e insoslayable tristeza y empezar por ahí hacia donde sea. No es verdad, sencillamente, que una cola del Dragón vaya a sacudir tu vida hasta convertirla en una efervescencia del Loto, es mucho más verdad, ya puestos, si no queremos volvernos tontos, cuanto Elvira Lindo dice, de boca de Manolito, por escrito o por la radio, algo como…

Es mi trenca del año pasado, va a ser la de este año y será la del que viene y la del otro, porque mi madre dice que los niños crecen mucho y hay que comprarles las trencas con vistas al futuro. Ésta será la que lleve el día de mi muerte, cuando sea viejo.

Y ya dejamos para otro día hablar del Más Allá, y si pilla o no cerca del centro, como decía Woody Allen. Elvira Lindo es mi serpiente Kundalini, con todos los respetos por su santo, y prefiero sus cuentos de las pobres gentes del Madrid humilde a todas las grandes obras épicas y religiosas con las que flipa Roberto Calasso…    

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