Rimbaud después de Rimbaud: la resaca tras el Romanticismo…

Para Barbra, por su cumple/niña…

Cuando esa mezcla inefable de depresión, tristeza, angustia, desprecio de uno mismo, sensación de fracaso y miedo al futuro empiece a imponerse, recuerda que lo que tienes es resaca.           

 Kingsley Amis, Sobrebeber

¡Qué poco dura la vida eterna! Un día eres Johnny Depp, el niño mimado de Hollywood y de las nenas del planeta, y al día siguiente te conviertes en un monstruito aún más monstruoso que los que interpretabas para Tim Burton. Te pules tu fortuna, pegas a tu chica, el peluquero te engaña, y hasta los ciegos pueden ver que calzas más de cincuenta tacos. Para eso, es mejor montárselo como Robert Downey Jr.: haberse atufado tanto de drogas, haber sido tan arrastrado, que hayas tocado fondo y sólo te quepa emerger o morir… y, al emerger, cosechar fama internacional haciendo de androide ataviado con banderita rojigualda. O, yo que sé, Chavela Vargas, que cada vez fue a peor con el alcoholismo, pero al menos eso la quitaba de molestar a los demás, ella a lo suyo y todo el Río Grande fluyéndole por la garganta. Pero el caso histórico más flagrante de vivir rápido, embriagarse de sí mismo, y luego morir tras una larga y plomiza resaca fue el de Arthur Rimbaud, ya lo conocéis, el chico que encarnó como nadie -bueno, tras Lord Byron…- el Romanticismo en vida a base de hacer el hooligan genial entre los poetastros de su tiempo. ¿Qué hubiera sido de Rimbaud sin su amante Paul Verlaine, el hombre asentado y mayor al que arrasó la vida como un huracán, hasta tal punto que el viejo tuvo que pegarle un tiro en la mano y aún así lloró de arrepentimiento y amargura después? Pues muy poco, o nada, un destino similar al de Syd Vicious, pero con mucho más talento y mucha menos posteridad. Esa afición de los románticos a jugarse el tipo en cada recodo de su camino es lo que a los chavales del s. XXI les alejará siempre de ellos, cuando sus héroes estéticos actuales son tipos con abrigos caros y colgantes dorados que se rodean de cochazos y chicas de infarto para hacernos creer que ya han triunfado en la vida…

Henri Fantin-Latour. “El rincón de la mesa”

Rimbaud, sin haber alcanzado todavía la mayoría de edad, lo tuvo más difícil: tenía que haberse fugado ya varias veces de casa y hacer por exprimirse el coco frente a una página en blanco fumando una pipa para fingir como que ni siquiera le importaba triunfar en la vida. La Comuna de París estaba en el aire, e insuflaba en personillas menudas e impresionables como Arthur la sensación de que transformaciones colosales estaban en marcha, y de que un Nuevo Hombre quasi-divino se estaba fraguando en los hornos telúricos de la Historia. Él, Arthur, un chico de campo con una enorme facilidad para el verso exaltado, iba a ser ese Hombre, y lo iba a ser ya, pasando por encima incluso del genio acreditado de Verlaine, y valiéndose del ardid maestro de establecer con él una relación más de erastés que de erómeno, con un par… de plumas de ganso -en mi opinión se mereció sobradamente ese balazo, y suerte tuvo de que el atentado se quedara ahí, pero qué atrevimiento admirable su golpe de estado… Para ello, cocinó para su propio uso una Arte Poética cuyos ingredientes había tomado de otros, la famosa teoría del “poeta como vidente”, que nació tan rica en tóxicos estupefacientes como lo iba a ser cien años después en la mente calenturienta de Jim Morrison.

Verllaine y Rimbaud

La théorie du voyant, lo llaman, eso para lo cual, como cuenta su biógrafa, Enid Starkie, tanto para el estudio tanto de Rimbaud como del siglo XX en general es interesante señalar la vigencia de las teorías ocultistas, que tuvieron, entre determinados escritores, la misma importancia que tienen hoy para muchos la teoría marxista y freudiana aunque no hayan leído un línea de esos dos pensadores. A Baudelaire le interesaban mucho los escritos de Lavater, Swedenborg y Joseph de Maistre -sin mencionar a escritores menores como Hoené Wronski-, y puede decirse que sus opiniones religiosas y estéticas son en buena parte resultado de ese estudio. El poeta-vidente no sólo ve, “oceánicamente” como dijo después Freud, también tiene que vivir de tal manera que merezca esa visión, pero no por medio de los esfuerzos de la virtud, si no de las no menos costosas degradaciones del vicio. Es esa una vieja idea, muy tentadora y peligrosa, que proviene del gnostismo y que todavía alentaba en cierto idealismo alemán, pasando por los ya citados Byron y Baudelaire, los ambiguos Maestros del Mal: sólo quien haya apurado hasta las heces los licores deletéreos del pecado puede conocer la purificación de un santo, de una especie de Mesías de la Estética… Es impepinable: si tienes la inteligencia de Rimbaud, tienes 16 años, tienes hambre de aventura, y te zampas algo como eso, es como si encendieran la mecha de tu alma con una cerilla mojada: va a inflamarse igualmente…

¿Quién no ha estado repleto hasta arriba de pólvora lírica y aturdida en su adolescencia? ¿Cuál es, si no, la tarea de los padres en esa etapa, sino la de artificieros? Arthur, al que su madre fue incapaz de embridar, escribía cosas como estas: Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu´importe?/ Au fond d´Inconnu pour trouver du nouveau! (Caer en el abismo, Cielo, Infierno, ¿qué importa? / Al fondo de lo ignoto, para encontrar lo nuevo). Eso mismo, o algo parecido, pensaba yo ayer por la tarde, oyendo música Noise, mientras cortaba una cebolla en juliana…. No, es broma, pero no me digáis que ese abismo baudelaireano no es el que llevan sondeando los artistas, los publicistas, los emprendedores, hasta los filósofos franceses, desde que Rimbaud lo puso negro sobre blanco. “Es falso decir Je pense; habría que decir on me pense (soy pensado)”: he aquí condensado todo el posestructuralismo galo.Y todavía más: “El poeta debe ser vidente por medio de un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos” (dérèglement de tous les sens) -Carta a Izambard del 13 Mayo 1871-: he aquí comprimida toda la psicodélia, todo Burroughs, media música electrónica y hasta toda la pobre familia Panero. Destrozarse por dentro para dar a luz entre tus miserables cenizas de finitud al Homúnculo Interior, algo que en los ss. XIX y XX se creyó que se conseguía ensartando collares interminables de palabras sagradas, y que ahora los trashumanistas entienden que conseguiremos a base de injertos nanotecnológicos pagados a plazos. Je est un autre. Le grand malade, le grand criminel, le gran maudit et le suprême savant (Yo soy otro. El enfermo grave, el célebre criminal, el gran maldito y el sabio supremo). Qu´il crève dans son bondissement para les choses inoüies et innommables (Que perezca en el intento a causa de las cosas inauditas e indecibles). Y, cuando muera -consumido de combustión espontánea lírica, por supuesto, como un Ave Fénix-, que otros continúen desde Les horizons où l´autre s´est affaissé! (¡los horizontes donde el Otro se ha hundido!) Yo soy Otro y a mí me encontré en la calle: he aquí in nuce Nietzsche, el Psicoanálisis, el alegato judicial por enajenación y el Transito de Género…

Thomas de Quincey

En Una temporada en el Infierno, Arthur Rimbaud, con 19 añitos, reconoce que se acostumbró a la alucinación hasta el punto de ver una simple fábrica como una mezquita oriental, de ver calesas por los caminos del cielo y un salón suntuoso en el fondo de un lago. Charles Baudelaire, en Los paraísos artificiales, ese librito donde demenció al muy equilibrado en sus colocones Thomas de Quincey, escribió: Un hombre de genio, melancólico, misántropo y deseoso de vengarse de la injusticia de su siglo, arrojó un día al fuego todas sus obras todavía manuscritas. Y como se le reprochará aquel espantoso holocausto hecho por odio, que era además el sacrificio de todas sus esperanzas personales, respondió: “¿Que más da? Lo importante era que esas cosas se crearan; han sido creadas, luego existen”. Ahí debo reconocer que estoy totalmente de acuerdo, pero creo que se contradice con el frenesí típicamente moderno del trouver du nouveau. Todo lo que ha sido creado, o que se ha manifestado alguna vez, es por tanto posible, ha demostrado fácticamente su viabilidad, y por ello, aunque el Universo se colapsara pasado mañana en una inmensa y enrarecida nube gélida de iones, seguiría siendo cierto que un caracol es posible, que Rimbaud es posible y que una partida de ajedrez en que un hijo venza a su padre es posible, aunque lo más seguro es que este último se haya dejado ganar un poco. Nada puede borrar lo posible, una vez se ha verificado como tal, y por eso precisamente no hay por qué sacrificar lo viejo a lo nuevo. Lo pasado ya ha sucedido, así que sabemos que puede siempre suceder; lo futuro aún no ha sucedido aún, con lo que lo mismo no sucederá nunca. La democracia directa ateniense será siempre real, aunque la Nada se tragase el cosmos; los coches voladores son dudosos, aunque el mundo consiga sobrevivir a nuestra inmadurez tecnológica actual. Isaac Newton recuperó el atomismo antiguo -antes Pierre Gassendi-, y lo puso al día, Petrarca refrescó el verso latino, y lo dejo como nuevo, los pantalones de pata de elefante volverán, pero un servidor antes de verlo emigrará a Wuhan…

El Eterno Retorno consiste, pues, en una actualización incesante del pasado, más que un saludo entre conocidos al futuro, no sé si Baudelaire lo comprendió bien1. El caso es que Rimbaud, a los veinte años, decide dejar la poesía, nunca sabremos el porqué, y tal es su determinación que, efectivamente, y contra todo pronóstico, lo lleva a término. En el borrador de Alchimie du verbe escribió: Ahora puedo decir que el Arte es una bobada… Veinte tacos y ya creía haber ido y vuelto del Arte al completo. Yo no he conocido personalmente a Rimbaud, claro, pero mi hipótesis del motivo de su dimisión es esta: él jamás dejó la poesía realmente, lo que sucede es que pensó, en su megalomanía romántica posadolescente, que debía ascender al siguiente peldaño. Y el siguiente peldaño del Hombre Nuevo al que pretendía insuflar vida no era ya garabatear versos, sino transfigurar poéticamente la vida real, Changer la vie, frase suya. Estaba hasta los mismísimos de la gente que esculpía poemas sublimes a su alrededor, haciéndolo con muchas menos facilidad que él y para terminar llevando una vida convencional. Hasta Verlaine, que era un poeta sin duda exepcional, se empeñaba en una existencia mundana banal. Había, en opinión de Rimbaud, que verter hacia el mundo esa energía espiritual de la que se había cargado durante su crecimiento. Para ello eligió, también en esto y temerariamente, el “más difícil todavía”: primero patearse a lo bestia Europa, senderismo mayúsculo, luego Indonesia y Chipre, exotismo caliginoso, y, por último Etiopía, ya que Verne sí, pero la NASA todavía no había hecho aún factible el viaje a la Luna. De nuevo el ascetismo romántico de pasarlo mal aposta, de ponerse a prueba resistiendo al mundo, que es obstinadamente material, amorfo y bajo, pero al que cree el Rimbaud joven que el poeta debe poder doblegar. África es lo salvaje puro, la jungla virgen, el escenario primitivo, ¿donde mejor demostrar a la especie humana por venir que el poeta planta sus reales y todo lo que toca se torna ensueño…?2

No hubo nada de eso, como se podrá imaginar. La vida después del Ego-Trip de la poética simbolista podrá ya no ser una vida burguesa, pero tampoco nada heroico ni taumatúrgico. La resaca del Arte fue larga, dolorosa, oscura, y Rimbaud quedó con un palmo de narices. Trabajo duro, clima despiadado, gente ruda, sin escrúpulos y a la que le importa una mierda la sinestesia de las vocales y cuyo único dios es el dinero. Es decir, lo normal. Escribió a su su familia, desde Harar, Etiopía: En fin (…) no perdamos la esperanza de disfrutar de algunos años de verdadero reposo en esta vida; es una suerte que sea la única, y eso es evidente, porque no cabe imaginar otra más aburrida que ésta; o La soledad es una mala cosa. Ahora lamento no estar casado y tener una familia. De momento, sin embargo, estoy condenado a errar, ligado a una empresa distante, y cada día que pasa me gustan menos el clima, la manera de vivir y hasta el idioma de Europa. Pero, desgraciadamente, ¿de qué sirven tantas idas y venidas, tantas fatigas y aventuras entre razas extrañas y todos los idiomas acumulados en la memoria; de qué sirven tantos sufrimientos sin nombre si no me va a ser posible, al cabo de unos años, reposar en un lugar que me guste, tener una familia y engendrar por lo menos un hijo al que pueda educar de acuerdo con mis ideas, proporcionándole la mejor y la más completa formación que pueda obtenerse en ese momento, hasta llegar a verlo convertido en ingeniero de renombre, en hombre poderoso y rico gracias a la ciencia? Pero ¿quién sabe cuánto se prolongarán mis días entre estas montañas? Y podría desaparecer, en medio de estas tribus, sin que la noticia llegará jamás al exterior3; o, como corolario, Lo peor es el miedo a embrutecerse, dado el aislamiento que se padece y la lejanía de toda sociedad inteligente, como redactó para Le France Moderne. La lección es triste, pero sencilla. La vida es una cosa, y el arte otra, no hay que renunciar a ninguna de las dos pero tampoco tratar de mezclarlas indebidamente. También Byron, antes, había dicho « no » a la poesía para ir a la guerra con los turcos en nombre de la antigua Grecia. Menos mal que murió antes de llegar, ahorrándose con casi toda seguridad un ridículo espantoso, por muy bien que supiese acertarle a manzanas. Pero qué grande, qué meteoro y qué grandísimo farsante el Rimbaud adolescente; los siguientes versos, de entre mis preferidos, los cita, en francés original, uno de los malogrados hermanos Panero en algun momento de El desencanto….

Rimbaud traficante de armas en Aden, Abisinia (2º por la izq)

Canción desde la torre más alta, 1872.

Ociosa juventud,

a todo sujeta,

por delicadeza

mi vida perdí.

¡Ah! ¡Que llegue el tiempo

en que las almas se prendan!

Me dije: despreocúpate,

y que nadie te vea:

y olvida la promesa

de alegrías más altas.

Que nada te impida

augusto retiro.

Acumulé tanta paciencia

que ahora olvido para siempre;

sufrimientos y miedos

a los cielos se han ido.

Y la sed malsana

oscurece mis venas.

Así la pradera, al olvido entregada,

creciente y florida

de incienso y cizaña

bajo el feroz zumbido

de cien sucias moscas.

¡Ah, las mil viudeces

del alma, tan pobre

que no tiene otra imagen

que la de Nuestra Señora!

¿Rezar acaso a

la Virgen María?

Ociosa juventud,

a todo sujeta, por delicadeza

mi vida perdí.

¡Ah! ¡Que llegue el tiempo

en que las almas se prendan!

1 Arthur, en cambio, parece que sí: La science, la nouvelle noblesse. Le progrés. Le monde marche! Pourquoi ne tournerait-il pas?  (¿Por qué entonces no habría de girar?) -parágrafo “Mala sangre” en Una temporada en el infierno

2 Por cierto, eso me recuerda a la filmografía de Werner Herzog con el majara de Klaus Kinsky, sobre todo a Fitzcarraldo. Kinsky era rimbaudiano también, como Morrison, y le iban mucho esos papeles de hybris violenta del hombre blanco sobre la selva recóndita. Hay algo de nazismo involuntario en las cintas ecológicas de Herzog -los nazis eran también muy ecologistas a su manera-, un poco de Bestia Rubia que pisa las terras incógnitas y amplía con ello a golpe de voluntad el Lebensraum civilizatorio. No por casualidad, igualmente la Riefensthal acabó haciendo reportajes a color de los buenos salvajes negritos y por evangelizar en diversas partes del globo. “El horror” del Kurtz de Conrad ya allanado, ya despejado y puesto a disposición del espectáculo colosalista de los germanos Leni y Werner. Creo que eso fue lo que creyó rozar Rimbaud al llegar a África, eso de que no hay nada mejor que oler el aroma del Napalm occidental por las mañanas…

3 Y eso que el Rimbaud radiante denominaba “yo detestable” a todo lo que tenía que ver con la confesión o lo sentimental en poesía… Todos hemos sido tipos duros de jóvenes, todos nos hemos comido crudos a nuestros contemporáneos…

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