Cuatro películas sobre el Apartheid norteamericano

Los vietnamitas nunca me llamaron “negrata”.

Poster en el inicio de Detroit

Cuando mis hijos eran muy pequeños subíamos por una calle empinada cuando se nos cruzó un negro bastante oscuro de piel, azabache, obsidiana, ébano, como se quiera, y según se iba acercando yo me temía lo peor, porque mis niños nunca habían visto a nadie muy distinto a mí, poquísima cosa como soy, en su corta experiencia, y encima en Madrid. Así que ocurrió, dijeron “¡mira, Papá, un negro!”, con toda naturalidad. Con naturalidad y bochorno traté yo por mi parte de sonreír y hacer comprender la ingenuidad de los críos al señor, no vaya a ser que pensase que les tenía entrenados para detectar iberoafricanos en la gran ciudad, como los policías de Lavapiés. Pero lo que le ocurrió a una amiga fue peor. En muy similares circunstancias, lo que sus dos lindas niñas dijeron fue: “¡mira, Mamá, El Lobo!”… Pues parece que lo que es sólo una situación apurada en Madrid, debe ser un horror en El Ejido, y un volcán semidormido, un duermevela de pesadilla, en los Estados Unidos de América.

Criadas y señoras

Yo no lo entiendo, de verdad, pero es porque soy pseudo-filósofo y los filósofos no es enteran de verdad de nada que no esté bien categorizado, pero debe ser cierto. Debe ser cierto que a pesar de los siglos de convivencia, de la mala conciencia de muchos blancos (el que más, en la ficción, Ike McCaslin en Desciende, Moisés, de Faulkner), y del hecho indiscutible de que ya no puede haber nadie que crea de verdad en las distinciones raciales y en El Lobo Feroz, muchos siguen aprovechándose allí de fingir como que de algún modo esa distinción, y por tanto esa si ya no inferioridad biológica, que es lenguaje putrefacto del pasado, pero sí esa efectiva rebaja de derechos por un motivo u otro, pervive en perjuicio de la negritud y hay que demostrársela a golpes cada verano. Es cierto que en verano aumentan siempre los crímenes -y la actividad sexual- a causa del calor, pero lo de USA ya es de abandonar el país e irse a vivir a Sudáfrica. Si todavía con Obama en la presidencia había problemas en el Sur en verano, estamos comprobando lo que sucede con un supremacista blanco en la Casa Blanca, un tipo que con toda seguridad tiene lazos secretos pero firmes con varias organizaciones repulsivas que avergonzarían al mundo de salir a la luz. Estados Unidos es la nación que arrancó la historia del cine con una película sobre el Ku-kux-klan, para acto seguido fabricar otra como penitencia venial de aquel pecado original, y en este péndulo macabro se mueven desde entonces1. Al llegar la noche, extrañas frutas pesan cada verano en sus árboles…

Como no lo entiendo, eso del racismo inextirpable en la potencia en la que supuestamente venció el Norte abolicionista (era abolicionista, por cierto, únicamente en el sentido de que entendían que de nada servía mantener la infame compraventa de unas personas que de todos modos iban a mostrar su incapacidad política y económica por sí solas), he estado viendo películas, porque la historia alternativa de Zinn la tenía en muy mala edición y la regalé hace tiempo. Sin atender a la cronología, he visto primero Criadas y señoras, acerca del drama de las mujeres negras al servicio de las pijas blancas del Misisipi en los años sesenta. Su drama no consistía en ser analfabetas, o en sus trabajos de sirvientas, que no está mal para empezar, sino en que las pobres mujeres cogían cariño a los vástagos de los blancos que criaban prácticamente solas y que al crecer renegaban de ellas y las tiranizaban doblemente. Eso sí que era la mismísima “semilla del diablo” cien veces más que la tontunada de Polansky, y una o dos por cada hogar construido en madera de las afueras de un villorio o ciudad. Luego he visto Malcolm X, que la tenía pendiente entre las de Spike Lee, y la verdad es que no me ha removido gran cosa ni enseñado nada. Me gustaron mucho más Mo´ Better Blues o El verano de Sam, que esta y Do the Right Thing, que son presuntamente más combativas. Digamos que X lo que planteaba y promovía era una especie de Apartheid al revés: antes de que nos hacinéis en guettos, ya nos vamos nosotros y constituimos una Norteamérica aparte, la Norteamérica de los descendientes de los esclavos. Como esta propuesta no podía ni quería ocultar su naturaleza violenta, Malcom terminó hecho un colador a los pies de una tribuna. Hay que aprender a tener la boca cerrada…

A continuación, vi Greenbook, que creo que ganó muchos Oscars en la edición del año pasado, o por ahí. Nada: una Buddy movie ambientada en los 50 donde el problema racial queda muy diluido por la cuestión de clase. La película es algo así como la respuesta americana al Intocable frances pero invirtiendo los términos y tratando de solucionarlo todo de una tacada: ahora el rico es el negro, pero, como en el cuento de Ferlosio, y volviendo a las hijas de mi amiga, ya no es por pobre o no por pobre, ahora es por lobo, o sea, por puto negro . No obstante, la película tiene una escena memorable, que es cuando Viggo Mortensen le recalca que su mundo es “mucho más negro que el tuyo”, puesto que vive buscándose la vida en los bajos fondos, mientras que el amo afroamericano vive como un rey -un rey, por cierto, con atributos tribales a lo Rider Haggard: puntita irónica en el guion… La última, sin embargo, sí pone el dedo en la llaga, tal como yo lo veo, en la llaga que sangra desde aquellos barcos de negreros en los que existían tales condiciones de vida que se les moría la mitad del cargamento por el camino. Se trata de Detroit, de Katryn Bigelow, una directora a la que le van las temáticas espeluznantes con rostro de tortura, de 2017 (el mismo año del duro documental de Peck), y que recrea incidentes reales de los disturbios de esa ciudad -la quinta del país- en 1967, el año en que todavía el mundo no era del todo contracultural. Otro verano de guerra, pero esta de verdad, como en Belfast en sus peores tiempos. Con los ánimos más tirantes que la cara operada de Michael Jackson, una simple travesura ocasiona una noche de tormento, miedo y experiencia abominable de poder a la manera de la clásica Saló o los 120 días de Sodoma de Pasolini. Violaciones no hubo, pero porque las chicas eran blanquitas..

Igual que en Malcolm X, los negros se llaman entre sí “negratas”, como resignados al horror, y aquellos que colaboran con los blancos o tratan de negociar con ellos son calificados de “Tío Tom” -así, Nelson Mandela habría sido el gran Tío Tom del s. XX… Por supuesto, la película nos hace el truco de señalar como sádico principal a uno solo, y los demás policías serían sólo consentidores, pero nunca sabremos cómo son las cosas de graves en realidad en Estados Unidos hoy. También el asesino de George Floyd fue uno puntual, y sin duda un sádico que quiso averiguar si era capaz de llegar hasta el final. Allí hay mucha gente así, que no se conforma con ponerse a prueba en un toro mecánico, en un concurso de deletreo o en la ingestión épica de veinte hamburguesas. De verdad que yo creo, sin tener ni idea ni haber viajado apenas allí, que nadie en Estados Unidos es realmente racista, ni siquiera el genocida de Trump. Lo que pasa es que se mimetizan a una inercia histórica para dar rienda suelta a su sadismo, su aporofobia y sus aspiraciones de superioridad personal. Cuando pronto China les dé sopas con onda en casi todo, su necesidad de tomarla con alguien con aspecto de víctima de toda la vida se incrementará, y las declaraciones aparentemente racistas apuntarán ya hacia todas las variedades de tipologías humanas excepto a la del gordo con gorra de beisbol y barbita autóctono. Al fin y al cabo, dirán, sólo nosotros, los blancos hijos de las pijas blancas del Misisipi que aprendimos a despreciar a las matronas negras que nos criaron, hemos llevado un hombre hasta la Luna. Y es cierto, pero gracias a una tal Katherine Johnson, una mujer negra que murió hace tres meses y que fue quién hizo todos los cálculos matemáticos necesarios para que la expedición no terminase como en la famosa protopelícula en blanco (y negro) del francés Georges Méliès…

1 Francis Scott Fitzgerald, Suave es la noche, 1934, su protagonista, al que el autor en ningún momento parece considerar negativamente, ante un cadáver en un hotel: Abriendo la puerta, Dick murmuró:-Tráete la colcha y un par de mantas de nuestra habitación. Y procura que nadie te vea. No debes preocuparte -añadió, al ver la expresión extrañada en el rostro de ella-. Se trata sólo de una piltrafa de negro.

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