Darwin ha muerto. Todo está permitido.

Fotografía Fares Micue

Estamos asistiendo a una época en la que el ser humano está negando la realidad. Ideas relacionadas con el post-modernismo y el constructivismo social se han impuesto en todas las esferas de la vida. Todo es una construcción social y nada existe en realidad: no existe el sexo, no existen las razas, no existe la inteligencia, no existe la ciencia, que sólo es un discurso más al mismo nivel que muchos otros, y ahora ya no existen los genes. La cadena Netflix, por ejemplo, ha quitado la parte en la que se hablaba de los cromosomas como una explicación sobre el sexo en el programa de ciencia Bill Nye the science guy. No vaya a ser que la gente piense que el sexo tiene algo que ver con los cromosomas. Jerry Coyne antes escribía libros y artículos en los que defendía que existe la evolución, ahora tiene que escribir artículos defendiendo que existe el sexo. Cosas del progreso.

No es extraño tampoco que una de las dianas de este movimiento sea la biología. Hace un tiempo ya se mató a Dios pero ahora era necesario matar a Darwin. Un hombre que se atreve a decirnos que no somos el centro del Universo, que somos sólo un animal más que sigue las reglas de la selección natural. De qué sirve matar a Dios y dejar de ser obras de Dios si nos encontramos con que somos un producto de la selección natural. Nuestras ideas de grandeza no podían tolerar eso. No nos ha creado Dios y no nos ha creado la selección natural, nosotros nos hemos creado a nosotros mismos, nosotros somos los creadores, nosotros hemos escrito el texto y no hay nada fuera del texto (Derrida).

Fotografía Fares Micue

Lo de ser dioses es una vieja aspiración humana. Y la verdad es que hay mucha razón en que somos dioses y en que no existe la realidad. Fernando Savater dice en “Etica de Urgencia”: “La realidad es lo que no cambia simplemente por efecto de nuestro deseo (…). La realidad es lo que siempre está ahí, queramos o no, y tiene unas condiciones que nosotros no podemos modificar, o que podemos modificar pero no a voluntad”. Pues bien, cada vez hay menos cosas que no podamos modificar y en ese sentido cada vez hay menos realidad. Michael Jackson se convirtió en blanco, podemos cambiar el sexo de una persona con cirugía y hormonas, podemos editar los genes y curar enfermedades…Claro que no existe la raza, el sexo ni los genes, claro que no existe la realidad, sólo existen nuestros deseos.

Los clásicos proyectaron la megalomanía humana en dioses cuya principal característica era precisamente su “humanidad”. Eran dioses concupiscentes, celosos e iracundos y tenían aquello a lo que aspiramos los humanos…poder. Estaban hechos a nuestra imagen y semejanza en sus deseos y gozaban del poder al que nosotros aspiramos para satisfacerlos. Ahora, trascendido Dios, el humano no necesita proyectar y se considera omnisciente, omnipotente, para todo hay respuesta.

Fotografía Fares Micue

Vivimos en la época de la subjetividad y de los sentimientos. La medida de todas las cosas son los sentimientos y si algo hiere nuestros sentimientos no sólo es que sea malo moralmente sino que está mal “científicamente”, es un error y una equivocación y hay que cambiarlo. El principio de realidad, que decía Freud, se ha ido por el desagüe. Sólo queda el principio del placer y nuestros deseos. Los deseos son ahora, automáticamente, derechos y, desde esta perspectiva, nuestros derechos se convierten en hacer, tener, probar, todo aquello que queramos. Antes, si mis deseos no encajaban con la realidad yo tenía un problema; ahora, es al revés: si mis deseos chocan con la realidad es la realidad la que tiene un problema. Es intolerable que una supuesta realidad me cause un daño o me haga sufrir. Si el hecho de que la Tierra sea redonda supone un problema para mí, la Tierra no puede ser redonda y si lo es, tenemos que ocultarlo. Somos víctimas del miedo, como niños consentidos hiper-reaccionamos ante cualquier cosa que choque con nuestros intereses. Como en las fases del duelo, por defecto, siempre empezamos por la negación. Ahora lo llaman post-verdad, pero lleva existiendo desde que decidimos creer en esos dioses plagados de contradicciones.

Fotografía Fares Micue

Otro aspecto interesante es que hay una fascinación por la técnica (o por la ciencia aplicada) frente a la ciencia cruda. La física, la cibernética… son respetables porque sirven para tener más cachivaches, para la comunicación instantánea… La Biología y la genética son respetables en tanto sirvan para cultivar células madre y resolver problemas… Pero no tanto cuando dan respuestas u ofrecen explicaciones no demandadas: la evolución, la influencia de los genes. La ciencia está muy bien siempre que no estorbe y no interfiera con nuestros sentimientos.

No obstante, eso de hacer que la realidad se pliegue a nuestros deseos saca a la luz esos mismos deseos que son, por lo general, derivados de instintos evolucionados…el pez que se muerde la cola. 

Pero lo dicho, Darwin ha muerto. Ahora sí que todo está permitido.

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1 Comment

  • Este mundo: una inmensidad (Ungeheuer) de fuerzas, sin comienzo ni fin, un esplendor fijo de fuerzas, sólido como el bronce, que no aumenta ni disminuye, que es inagotable y sólo se transforma, en el que la totalidad es una grandiosidad invariable (unveränderlich), un presupuesto sin gasto ni prescripciones, pero igualmente sin aumento ni expansión, un mundo circunscrito por la “nada”, que es su límite, flotando vanamente, no extendida infinitamente, una fuerza determinada ocupando un extensión finita, y no un espacio donde reinaría el vacío, más bien, una fuerza presente en todas partes, un juego de fuerzas y una onda de energía, al mismo tiempo una y múltiple, descomponiéndose aquí cuando se recompone allá, un océano (Meer) desencadenado, un torrente de fuerzas cambiando eternamente (ewig sich wandelnd), repitiendo eternamente (ewig zurücklaufend) su curso con los años titánicos del retorno, con el flujo y reflujo de las formas, esforzándose por pasar del estado más elemental al más múltiple, de lo más inmóvil, fijado, glacial, a lo más brillante, a lo más salvaje, a aquello que está en más contradicción y a partir de lo cual, de la profusión, retorna a lo elemental del juego (Spiel) de la contradicción, a desear la armonía (Einklangs), a afirmarse todavía él mismo dentro de esta identidad (Gleichheit), entre sus trayectorias circulares y sus revoluciones, consagrándose él mismo como aquello que debe venir otra vez eternamente, en tanto devenir (Werden) que no conoce la repetición, ni el disgusto, ni la fatiga—: ese mundo dionisiaco que es el mío, de la eterna creación de sí mismo por sí mismo, de la eterna destrucción de sí mismo por sí mismo, este mundo misterioso de voluptuosidades de doble filo, he ahí mi más allá del bien y del mal, sin finalidad, a no ser que aquella felicidad de haber completado el ciclo sea una meta, sin querer, a menos que un círculo no tuviese la buena voluntad de volver eternamente sobre sí mismo —¿Quieren un nombre para este mundo?, ¿Una solución para todos sus enigmas? ¿Una luz que guíe a los más secretos, los más potentes, los más intrépidos de todos los espíritus? —ese mundo es la voluntad de poder —¡y ninguna otra cosa! Vosotros mismos sois esta voluntad de poder — ¡y nada más que eso!.

    Friedrich Nietzsche, Junio–julio de 1885, 38 [12]; FEPR, pp. 71–72.

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