Las tormentas apócrifas de Hermann Hesse

Siempre cuesta mucho definir lo que entendemos por “clásico” en cualquier área o disciplina, así que voy a lanzar aquí un intento de caracterización mediante una analogía económica, que es uno de los dos lenguajes (el otro es el del juego sexo/género/orientación sexual, que da para una montaña de libros y mil debates en los que se dice lo mismo) que compartimos hoy en día en los países avanzados. Un clásico, así, sería como el patrón-oro, cuando existía, es decir, antes de que Richard Nixon lo eliminase para sufragarse la Guerra de Vietnam. Es “clásico” aquello que está en reserva, por poseer un gran valor y ser difícil de falsificar, y que sirve como sostén de la emisión del papel moneda circulante, en tanto que evita que el precio se apoye en nada y que las autoridades puedan practicar una devaluación permanente. Traducido a materia literaria, un clásico no es la novela, ensayo o poemario que más se lee, ni mucho menos, sino aquel, o aquellos, en los que se basan las nuevas producciones para adquirir sentido y valor. Es cierto que la cultura podría recurrir siempre a la trampa de Nixon, que consistió en de dar un golpe de mano y que los nuevos significados -y significantes, si es que hay diferencia- que vayan de mano en mano por la vida imaginaria y afectiva de la gente se basten a sí mismos, como entes flotantes (“memes” según Richard Dawkins), pudiendo ser horriblemente distorsionados por cualquiera con el poder suficiente para ello.

Herman Hess y Thomas Mann

Esto puede ocurrir y de hecho ocurre mucho (hacer una secuela del Watchmen de Moore en forma de teleserie, convertir La Celestina en una película erótica, un Spiderman que ya no es Peter Parker, los samples de la industria musical, y un gigantesco etcétera), y no seré yo quien prive a nadie de esa libertad. Una biblioteca como la Biblioteca Nacional de Madrid es una reserva de oro, sin duda, pero no por ello debería ser fortificada y rodeada de vigilantes como Fort Knox. La posmodernidad consiste en gran parte en la operación de reverenciar a los clásicos al tiempo que les tratas desde una posición creativa y activa, en vez de museística y pasiva, como hiciera el Neoclasicismo musical de Strawinsky y compañía hace un siglo. Picasso ultimó en 1957 la quincuagésima pieza de su serie acerca de Las Meninas de Velázquez y a nadie se le ha ocurrido decir que Picasso usurpase el lugar cultural e histórico de Velázquez. Al contrario: el homenaje de Picasso ha pasado a formar parte también del patrón-oro de la pintura, si no al mismo nivel que Velázquez, sí como referencia alternativa para basuras como la famosa recreación choni/trap de Playground de hace tres años. En mi opinión, tenemos un completo e inviolable derecho a la apropiación cultural, siempre y cuando mantengamos a buen recaudo el clásico original. Creo recordar que Pierre Klossowski hablaba mucho de algo así como la inevitable degradación de las formas, una especie de emanación escalonada y dislocadora desde lo apolíneo hacia lo grotesco, pero se me solapa con Bajtin, y la verdad es que todavía no he leído a ninguno de los dos con la debida atención. 

Siddhartha

A quien sí leí con mucha atención, a la edad a la que se leen estas cosas, fue a Hermann Hesse. Todo el mundo que ha leído algo ha leído a Hesse, más o menos a la vez que a Carlos Castaneda y a Charles Bukowsky. Hesse (hay que pronunciar la “e” final, que en España por hipercorrección tendemos a comérnosla como si Hermann fuese inglés o francés o pariente de Rudolf Hess, fenómeno que también le ocurre al pobre Marcuse desde el momento en que emigró muy oportunamente a California) está un poco entre esos dos, tal como yo lo veo. Es como el Bukowsky de la mística romántica por un lado, pero sin las palabrotas, el alcohol ni el sexo, y por otro lado el Castaneda de la novela decimonónica, aunque sin estupefacientes ni sectas ni “realidades aparte”. Y es más clásico que ambos dos, en el sentido mencionado, pues la obra de Hesse es uno de esos montones de lingotes dorados a partir de los cuales mucha de la escritura actual, tanto la mejor de algunos escritores orientales, como la peor de las moñadas de autoayuda a lo Paolo Coelho, participan, se mueven y son. Hesse estuvo en la India, y como resultado concibió Siddartha, uno de los relatos más leídos del mundo tanto en Oriente como en Occidente.

Pero antes de eso había sido más romántico que místico, y leer las novelas primerizas de Hesse es como tratar de penetrar en un siglo XIX idealizado a partir de la mirada desengañada del XX. Ya no recuerdo Rosshalde, ni Gertrud, ni Peter Camendiz, ni Bajo las ruedas, que leí un poco por inercia en ediciones dudosas, pero podría asegurar que todas ellas era Bilgundsromane, novelas de formación al estilo romántico alemán, como lo fueron luego Demian, El lobo estepario, Narciso y Goldmundo e incluso Siddartha, las obras más ambiciosas que le otorgaron la fama (tanta fama, por cierto, que Hesse es el autor más leído y traducido del s. XX, lo cual resulta un tanto ridículo puesto al lado de Joyce, Faulkner, Musil o Proust) posteriormente. Julio Cortázar, echando mano de Kurt Vonnegut, criticaba a Hesse por dar a los adolescentes justo lo que pedían, aprovechándose de su inmadurez literaria, pero creo que lo razona justo al revés. Es porque la Contracultura de los sesenta se crea su propia tradición -es decir, selecciona sus antecesores favoritos, como hace en realidad todo nuevo paradigma-, por lo que siente que prefiere la puerilidad de Hesse a la excesiva sabiduría mundana de un Thomas Mann, por ejemplo. Thomas Mann te enseña mucho, si lo que quieres es aprender, pero nada en Mann produce ilusión alguna en el lector. Los Buddenbrook, La muerte en Venecia, incluso su Bildungsroman desmesurada, Doktor Faustus, son grandes monumentos a un final, panteones de una cultura y una personalidad en despedida. Por contraste, Hesse, que es más de fantasía didáctica facilona que de estudio sociológico profundo, se deja leer mucho mejor, resulta más fresco y en efecto consigue producir esa ilusión de iniciación a una vida repleta de magia y promesas -o sea, Demian, a la que Cortázar pide lo que de ninguna manera puede dar, porque a mi juicio no termina de captar bien lo que que logra dar… 

Hesse tampoco estaba solo. Musil había publicado en 1906 Las tribulaciones del estudiante Törless, que sin duda es mucho menos orientaloide y flower power que Hesse, pero no menos Bildungsgroman que las de su querido colega. En este aspecto, Hermann Hesse nunca se hizo mayor, nunca hizo el tránsito de Törless a El hombre sin atributos. Más que sus lectores, él fue el adolescente eterno, el hombre que, con su aspecto de teutón austero y monacal, condenó sin embargo y sin reservas la Alemania nazi y se exilió a la Suiza del cantamañanas freudiano de Carl Gustav Jung. En el acervo de los clásicos europeos -eso que Bloom denominó canon, sin explicar muy bien en qué consistía, e incluyendo algunos norteamericanos incuestionables-, Hesse es ese autor amanerado capaz de tragarse las supersticiones de un Jung y hacer de ellas auténticos conflictos existenciales. Hay algo de wagneriano en Hesse que desde luego no está presente ni en Thomas Mann ni en Musil (lo más destacado son sus ambientaciones en escenarios atemporales de la Edad Media), pero que se hizo muy atractivo para los dulces e ilusos hippis que leían El señor de los anillos como una revelación del dios buenrollista de Bob Marley o de la comunión con la naturaleza. Hesse, ese extraño ermitaño suizo, les alimentaba con párrafos como este: La vida no tiene sentido, es cruel, necia y a pesar de todo maravillosa (…) Tenemos que ver que a nosotros, los hombres, la vida no nos resulta más difícil que a cualquier pájaro u hormiga, sino más fácil y más hermosa. Tenemos que aceptar la crueldad de la vida y la necesidad de la muerte, no con lamentos, sino saboreando esta desesperación. Sólo después de digerir toda la atrocidad o falta de sentido de la naturaleza podremos empezar a enfrentarnos a esta cruda falta de sentido y arrancarle un significado. Es lo máximo y lo único de que es capaz el hombre. Todo lo demás lo hacen mejor los animales. (…) Pero precisamente los pocos a los que les hace sufrir y empiezan a buscar el sentido son los que constituyen el sentido de la humanidad. 

El mensaje está claro: si sufres es que eres uno de ellos. Si Hesse se hubiera quedado ahí, no habría sido más que el bestseller de ciertas tormentas psicológicas algo rebuscadas y artificiales antes del existencialismo francés, un autor candoroso pero menor, el abuelo de Holden Caulfield y de esos aspirantes a Goldmundos que fueron los hippis. Pero es que además publicó una suerte de reflexión final, una meta a su búsqueda, que es El juego de los abalorios, de 1943. En esta (que a mí me llevó una semana intensiva leer hace ya tiempo), Hesse propone el fin de todas las tormentas espirituales mediante la síntesis absoluta, la fusión de ciencias y artes, matemáticas y humanidades, en la figura de una Inteligencia Artificial descomunal que opera como el Ars Combinatoria de Leibniz -eso lo digo yo. Borges dice que Hesse no habría imaginado bien el Juego, y añade que “si lo hubiera hecho, quienes leen la novela se hubieran interesado más en él que en las palabras y ansiedades de los protagonistas y en el vasto ambiente que los rodea”. Precisamente por eso, Jorge Luís. Si Hesse supiese describir los pormenores de ese Juego que reduce todo lo Múltiple a Unidad habría escrito una Ciencia de la Lógica, como Hegel, y no una novela larga. El juego de los abalorios es una narración, no un tratado, así que lo que interesa a Hesse es eso que menosprecia Borges, ¿qué si no? El hecho de que, finalmente, la única exposición del Juego que tiene lugar en la novela sea una especie de danza raruna tiene todo el sentido del mundo, y no es una objeción al intelecto de Hesse. Porque el absoluto, lo místico, sólo puede ser mostrado, pero no explicado, como entendió bien Wittgenstein en el Tractatus. Sencillamente porque si lo absoluto precisase de una razón previa, estuviera horro de algún tipo de explicación, ya no sería el absoluto. Es igual que cuando Aristóteles afirmaba que los Primeros Principios son naturalmente indemostrables. De manera que Hesse remata su corpus con una gran conclusión, si no muy original -al fin y a la postre otro sincretismo hermético-, por lo menos consecuente y no tan tramposa como creía Borges. Los clásicos es que son así, incluso los más naíf…  

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2 Comentarios

  • Qué buena la adaptación de Vin Sidow (con una proto-Julia Roberts de anima jungiana). Me doy cuenta de que ese era el mejor Hesse, el de las visiones ebrio-oniricas. Pero no podía durar. Me pregunto si Vila-Matas ha querido ser el Hesse español….

  • “El anima es el arquetipo de la vida misma.
    En el hombre existe un imago no sólo de la madre sino de la hija, la hermana, la amada, la diosa celestial y la diosa infernal. Cada madre y cada amada está obligada a convertirse en portadora y encarnación de esta imagen omnipresente y eterna, que corresponde a la realidad más profunda de un hombre. A él le pertenece esta peligrosa imagen de Mujer; ella representa la lealtad, a la cual él debe a veces renunciar en beneficio de la vida; ella es la muy necesaria compensación por los riesgos, esfuerzos, sacrificios que terminan en desilusión; ella es el consuelo de todas las amarguras de la vida. Y, al mismo tiempo, es la gran ilusionista, la seductora, que lo arroja a la vida con su Maya. Y no sólo a los aspectos razonables y útiles de la vida, sino a sus terribles paradojas y ambivalencias donde el bien y el mal, el éxito y la ruina, la esperanza y la desesperación, se contrapesan entre sí. Ya que ella constituye su mayor peligro, ella exige lo mejor del hombre, y si él lo posee, ella lo recibirá”.

    El charlatán y filonazi de C.G. Jung

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