Nostalgia de Guillermo Brown

Los españoles que ya peinan (muchas) canas, y también alguna generación posterior, recordarán unos libros de pastas rojas y papel fibroso de los que surgían en fascinante procesión cottages ingleses, cobertizos, vicarios y solteronas respetables, funciones benéficas, disfraces transgresores, etc: era el mundo mágico de Guillermo Brown. En aquella España franquista en blanco y negro, atrasada y aislada, la lectura y el cine eran la única forma de traspasar las rígidas fronteras del régimen y de abrirse a otros universos más risueños. El modelo infantil patrio lo encarnaba, por citar un ejemplo, Marcelino Pan y Vino (1954), una película de enorme éxito que hizo llorar a todo un país con aquel niño que abrazaba el martirio y la santidad. Por eso fue una bendición que la Editorial Molino pudiera sortear la censura y ofrecernos otros mundos que- al contrario de lo que afirmaba Paul Éluard- no estaban en este. En 1942 apareció Guillermo el Travieso, el primer volumen de una saga prodigiosa que se prolongaría hasta 1970 y que creó una auténtica secta de adictos y seguidores. De hecho yo sigo afirmando que soy capaz de adivinar quién ha leído a Guillermo en su infancia, porque tal hecho imprimía carácter. Y es que aquel niño inglés, siempre con las rodillas sucias, los zapatos con barro, el uniforme colegial descolocado y la gorra coronando un rostro de travieso profesional, era mucho más que un personaje de ficción. Con Guillermo aprendimos- aunque estábamos muy lejos de saber nombrarlo- la transgresión y la disidencia a la vez que un claro inconformismo; pero sobre todo, conocimos la gran importancia de lo que hoy llamamos autoestima o, si lo prefieren, la visión positiva de nuestras acciones. Dice Fernando Savater, gran admirador y autor de una semblanza magistal en La Infancia Recuperada, que Guillermo adoptaba siempre el punto de vista del héroe, afirmación que comparto plenamente.Y, como tal héroe, tenía una gran fé en su capacidad para cambiar el mundo, o al menos mejorarlo un poco. De ahí que sus aventuras tuvieran siempre un transfondo moral : de hecho, más que aventuras eran una causa por la que merecía la pena luchar y arriesgarse a recibir la eterna reprimenda de su familia y su entorno.

Richmal Crompton

Claro está que Guillermo no estaba solo en su proyecto de  reformar de la humanidad: le acompañaban otros tres amigos, los inolvidables Douglas, Pelirrojo y Enrique, una banda cuyo nombre tardé años en comprender, Los Proscritos (the Outlaws en inglés),  unas figuras legendarias de la época de Ricardo I Corazón de León y de Robin Hood que vivían fuera de la ley o de la sociedad y  glorificadas en las canciones populares. No es extraño, por tanto, que a los españolitos de entonces nos fascinara aquella cuadrilla y su entorno, una cultura extraña donde se hablaba de pueblos en los que no había vacas, campesinos, o bares, y donde no se citaba al  médico, el maestro o el alcalde. Guillermo habitaba un sitio extraño que no era ni rural ni urbano, donde su padre iba todos los días a trabajar a Londres pero a la vez vivian rodeados de setos y prados; donde el vicario estaba casado (¡), y el dinero era un lío de peniques, guineas y medias coronas; y donde no había ninguna viejecita vestida de negro con el pañuelo al cuello: muy por el contrario, vestían siempre como para una boda, incluso con sombrero, y organizaban con gran energía tés benéficos y tómbolas. El colmo era que allí nadie parecía estar agobiado por las tareas domésticas ni por llegar a fin de mes: en casa de Guillermo había doncellas, cocineras e incluso jardineros, a pesar de que no eran condes ni marqueses y no se veían mendigos pidiendo, ni la picaresca de la pobreza que entonces invadía la calle española. En otras palabras, el mundo de Guillermo exhibía los últimos estertores del Imperio británico y el orgullo nacional de sus ciudadanos por un país sólido, poderoso y, por supuesto, superior. Ese era el escenario donde Guillermo y los Proscritos hacían sus incursiones como colonizadores, buscadores de oro, bandidos, caníbales, náufragos, indios, piratas…. tras haber preparado cuidadosamente su plan en su cuartel general, el cobertizo, una palabra que para mí poseía un halo de exotismo insuperable. Tardé muchos años en comprender que con Guillermo los niños españoles nos estábamos asomando por primera vez a Europa, un continente lejano y ajeno en el sentido más amplio de la palabra. 

Pero, como decíamos anteriormente, los libros de Guillermo fueron mucho más que libros de aventuras. Una lectura atenta nos revela una sutil crítica del formidable establishment británico cuyo principal rasgo, la arrogancia, sigue trayendo de cabeza a la vieja Europa. Guillermo aspira a ser un cruzado, un reformista social y un crítico exigente que posee el arma de la argumentación y una insaciable querencia por el debate. No hay travesura que no suponga una infracción del orden establecido y, sobre todo, un cuestionamiento ácrata del mismo. Imposible olvidar la desfachatez y la convicción con que derriba, por ejemplo, los pilares  de la civilización occidental , como en el párrafo que a continuación transcribimos:

Guillermo, Douglas, Enrique y Pelirrojo regresaban juntos del colegio. Reinaba gran excitación en el pueblo. Una Sociedad Arqueológica estaba haciendo excavaciones en el valle y había descubierto restos de una antigua quinta romana.

—Y están encontrando pedazos de cacharro y cosas por el estilo —dijo Enrique.

—De poco sirven si están rotos —murmuró Guillermo.

—Sí; pero apuesto a que los vuelven a pegar con cola.

—A los cacharros, cuando están pegados con cola, se les cae el agua —dijo Guillermo, con infinito sarcasmo—. Lo sé porque lo he probado. Sea como fuere, no veo yo de qué sirve encontrar cacharros rotos. Yo podría darles la mar de cacharros rotos, que sacaría de la basura, si eso es todo lo que quieren. Nuestra criada siempre está rompiendo cacharros. Ésa sí que hubiera resultado una romana antigua excelente. A mí me parece que los romanos no deben de haber sido gran cosa, a pesar del bombo que se les da, cuando se pasaron la vida rompiendo cacharros.

—No se pasaron la vida rompiendo cacharros —exclamó Enrique, exasperado—. Los cacharros sólo se rompieron al ser enterrados.

—Bueno —contestó Guillermo con voz de triunfo—. ¡Mira que enterrar cacharros!… Casi es tan estúpido como romperlos. Eso de que una raza de hombres, como dicen que eran los antiguos romanos, se pasara la vida enterrando cacharros… Siempre me ha parecido que había algo raro en eso de los romanos… y luego nos dicen que los consideremos grandes cuando lo único que han hecho es enterrar pedazos de cacharro… A mí no me han gustado nunca, prefiero un pirata o un piel roja.

—Bueno, pues están encontrando dinero también —dijo Enrique, defendiendo con firmeza la fama de la raza desaparecida.

—¿Dinero de verdad? —inquirió Guillermo, con interés—. ¿Dinero que puede uno gastar?

—No —contestó Enrique, irritado—; dinero romano, naturalmente… Lo están encontrando por todas partes.

—¡Hay que ver! —exclamó Guillermo, con desdén—. ¡Romper cacharros y tirar por todas partes dinero que nadie puede gastar!».

Ilustraciones de Thomas Henry

No puedo evitar cierta comparación entre los discursos de Guillermo- caóticos y a la vez tremendamente lúcidos- y el esperpento de nuestra vida parlamentaria, con la diferencia de que esta última no posee, no puede poseer, la jocosa inocencia de un niño de 11 años. Se asemejan, eso sí, en la falta de límites, en la desfachatez como una de las bellas artes y en el acoso y derribo como táctica favorita. Pero me atrevería a decir que ninguno de nuestros políticos posee la esencia de líder nato que caracteriza a Guillermo Brown, gran estratega, brillante orador y, sobre todo, un idealista irredento que jamás busca otra satisfacción que la de añadir emoción y aventura a la aburrida sociedad inglesa. Y nada mejor para comprender su talla de líder que compararlo con su adversario Huberto Lane, un niño gordo de modales perfectos que atrae a sus seguidores llenándoles los bolsillos de golosinas. Habrían de pasar muchos años para que la palabra corrupción se incorporase al antiguo ejercicio de comprar adeptos y lealtades.

Solo uno de los múltiples recursos demoledores de Guillermo nos fue vedado a sus lectores. Conocimos sus disfraces, sus artimañas y sus magistrales distorsiones de la realidad cotidiana pero tuvimos que prescindir del impacto de su lenguaje fascinante. La increíble variedad de recursos de la lengua inglesa fue un filón en su boca pasando, con la mayor naturalidad, del  cockney más descarnado al más refinado inglés del rey, como se denomina a la vertiente más sofisticada. Las traducciones al español, con ser muy correctas, nos privaron de uno de los grandes personajes de Guillermo, el de prestidigitador del lenguaje. Claro está que esa versatilidad tan propia de la lengua inglesa se refuerza aquí por la formación de su autora, Richmal Crompton (1890-1969) una mujer ( durante mucho tiempo se pensó que era un hombre) que, tras licenciarse en Lenguas Clásicas, fue una respetable y respetada profesora de Latín hasta que un ataque de polio la apartó de la enseñanza y de la vida pública para siempre. Una mujer de vida ordenada y gustos refinados, de talante claramente conservador y profundas convicciones religiosas, que comenzó a  desdoblarse en Guillermo  en 1919 y con él cruzó setos en veloz huída de alguna fechoría, escandalizó a solteronas respetables como ella e hizo temblar a padres y educadores. En otras palabras, delegó en Guillermo la gran tarea de desestabilizar el universo social que presidió su vida. Javier Marías, otro devoto de los libros de Guillermo, no ha dudado en afirmar que “en lo que a mí respecta, debo en gran medida a Richmal Crompton, aquella casi invisible mujer inglesa, el haberme dedicado a la literatura…”. y ha publicado  a través de su editorial del Reino de Redonda alguno de sus títulos más desconocidos.  Sería ingrato , por otra parte, silenciar el nombre de otro gran aliado de Guillermo como fue Thomas Henry, el autor de las ilustraciones de sus libros. Henry colaboró con Richmal Crompton durante más de 40 años y, aunque solo se vieron por casualidad en una ocasión, captó a la perfección la idea de Crompton y creó un Guillermo desaliñado e imperecedero, dotando de vida un auténtico fresco de la sociedad inglesa con personajes como Violet, Ethel, Roberto y, por supuesto, la inefable banda de los Proscritos.

Si Guillermo Brown volviera,

yo sería su escudero;

 que buen caballero era.

Y no es palabrería mi modesto plagio del poema de Rafael Alberti, ni blasfemia alguna comparar a Guillermo con Garcilaso. Los dos, cada uno en su medida, marcaron mi tiempo cuando la mente no tenía límites y absorbía cuanto leía como una esponja, sin distinguir entre literatura y vida. De Garcilaso aprendí la belleza y la verdad de la palabra, que tanto había de influir en mi futura vida académica. Pero de Guillermo recibí lecciones sobre la vida y con él supe que hay otros mundos y que están en este si actuamos con imaginación y con intrepidez. Con él conocí los poderes mágicos del regaliz, los armarios llenos de pelucas, gafas, bigotes y otros utensilios del terrorismo social, y, sobre todo, aprendí a cuestionar ese discurso único que nos imponían desde el púlpito y el atril en aquellos años lejanos y, pese a todo, felices.

Desde aquí mi homenaje al gran maestro de los rebeldes con causa,   al precursor de los antisistemas dentro del sistema (establishment) por excelencia, al inspirador de los libros de autoayuda, al romántico cruzado de causas perdidas, al tertuliano impagable que dicta sentencia sin pestañear pero con talento, siempre con talento. Pienso que somos muchos los que, cada día con más intensidad, en este triste escenario de virus ocultos y necios omnipresentes, añoramos el guiño malicioso y triunfante con que Guillermo nos convocaba al mundo de los héroes.   

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2 Comentarios

  • Buenisimo, Inés, pero yo me temo que hoy a Guillermo le diagnosticarian -no me sale tilde- de TDH, le medicarian, le pondrían braquetts, o como se escriba, refuerzo de matemáticas, logopeda, y desde luego no podría comer más que verduras… (Eso sin mencionar que estaría completamente anulado por la PlayStation 23).

    Para que digan Pinker y otros. Gracias por tu texto.

  • Qué decir… que mañana sin falta echo mano al primer libro que pille… y me volveré a sentir Guillermo por un día.

    Cuando era niño una profesora, al acabar el curso, me regalaba libros de Guillermo por haber sido buen estudiante. Me hice con un puñado de ellos. Mis padres no estaban muy sobrados de dinero, así que el resto los fui leyendo en la biblioteca pública, y así poco a poco los leí todos. Luego, por alguna razón incomprensible se perdieron todos. Pero un día, ya de mayor, dando un paseo por Santander, entré en una librería, y de repente, en un estante recóndito, me pareció reconocer esos lomos tan llamativos… estaba la colección completa. Los compré todos, y los conservo como un tesoro, junto a las obras completas de Julio Verne. Mis hijos los leyeron al tiempo que los de Harry Potter. Ahora ellos y yo seguimos siendo lectores empedernidos. Y amamos las tartas de arándanos…

    Inés, tu eres experta, y además sabia. Gracias.

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