Ecce Hetero: medio siglo de la desaparición de Jim Morrison

Hendrix y Joplin ya habían muerto cuando, según cuentan, Jim Morrison decía con tono fúnebre a sus compañeros de barra que estaban bebiendo con el número 3 de ese año, 1971. Acertó de pleno, desde luego, sobre todo porque él era la estrella de rock de su tiempo que más boletos tenía comprados para esa rifa, o que más balas metía a diario en su personal ruleta rusa. Eso si es que de verdad murió esa noche en la bañera de un pisito de París, porque la versión de que se hizo el muerto para no morir del todo (eso tan genial de Tom Sawyer y Huck Finn acudiendo a su propio entierro…), y así poder perderse en el anonimato de una isla paradisiaca como al final del 13, 99 euros de Beigbeder no la encuentro yo tan inverosímil. Primero porque su carrera de tío bueno autodestructivo de la contracultura norteamericana no tenía ya más recorrido, y nadie, a decir verdad, iba a fascinarse más por un tío barrigón y decadente que imitaba a Arthur Rimbaud en un micrófono de radio. Y después porque no mucho tiempo más tarde su churri y compinche iba a hacer lo mismo: alegar una muerte por sobredosis para reunirse con Jimi, quién sabe si en el Otro Barrio o en las Islas Cícladas. Es sabido que nadie vio el presunto cadáver de Jim Morrison, porque para cuando llegó la policía al lugar del óbito tanto Pam como el médico que certificó la defunción entregaron un ataúd cerrado prácticamente con soplete. Y es sabido igualmente que con esa muerte apócrifa o real Jim se libraba de varios años de cárcel por mostrar su hermoso miembro viril en público, que eso no se han atrevido a hacerlo ni los punkis. De ser así, Morrison podría tener ahora la edad de mi padre, y no habría Dios que lo reconociera. Habría publicado una docena de libros de poesía con nombre falso que nadie en el mundo habría leído, y todavía seguiría pegándole al whisky cuando anocheciera en Borneo…

Lo que más le molestaba a Jim Morrison, creo yo, era ser un hombre-objeto. En la película de Oliver Stone, que es muy fiel y encima excepcional -pero Val Kilmer no es tan atractivo como Jim Morrison-, hay una secuencia en que Jim va con sus cueros habituales de chulo hetero a rendir la obligada visita al príncipe Andy Warhol en sus instalaciones de The Factory. Ignoro si esa audiencia está documentada o no, pero en cuanto Andy le pone los ojos encima se le cae la baba hasta el suelo. A continuación viene una sesión de fotos, que era la peculiar manera que tenía Warhol de hacerle el amor a alguien, en la que el espectador de la película entiende claramente que al mundo le importaba muy poco el gran talento de Morrison (que lo tenía, pero en mi opinión Ray Manzarek al teclado mucho más); lo que le importaba al mundo más bien era contemplar a ese arrebatador dios griego ebrio de ambrosía sacudirse y convulsionarse hasta perecer –el otro dios griego de la época, Robert Plant, se limitaba a cantar, no a exhibirse, y por eso sigue vivo y activo hoy. En ese sentido, si verdaderamente Jim Morrison se quedó pajarito por sobredosis en una bañera de lujo de París podríamos decir que fue realmente muy obediente, y por eso yo prefiero con diferencia la hipótesis de la fuga. No podía ser tan tonto, Jim, no podía dejar de darse cuenta de que con la marcha que llevaba lo de Hendrix y Joplin iba a parecer un simple accidente en comparación con lo que “el camino del exceso” (William Blake recogido por ese imitador maño de Morrison, Enrique Bunbury) estaba preparándole a él. ¿Y para qué? Pues sólo para que Warhol y otr@s pudieran postrarse ante él. Y no podía ser tan tonto tampoco, en mi opinión, que no se percatase de que los psicotrópicos no dan lo que prometen, que uno no se evade del Velo de Maya colocándose un rato. No hay autoconocimiento ni mucho menos salvación en las drogas, sólo hay un arañar el Paraíso para luego despertarse lejos de él y con ganas de ir a morirse al retrete…

Las puertas de la percepción de Huxley que dan nombre a la banda (y es una prueba de la honestidad de Morrison haberse dado cuenta del mérito de sus compañeros aceptando ese nombre colectivo), están definitivamente cerradas para los hombres tomados individualmente. Únicamente los dioses de verdad podrían experimentar directa y personalmente el Absoluto, nosotros los humanos lo vivimos parcial y secuencialmente. Quiero decir que espero que si Morrison sigue vivo en las Islas Sandwich, pongamos por caso, a estas alturas haya ya engendrado cientos de nietos, como Marlon Brando, ese otro hombre-objeto que también se rebeló contra su condición de cacho de carne devorable por el espectáculo global. Imaginaos la escena. Morrison sacando la botella de Bourbon y un mazo de cartas. Enfrente, Marlon Brando, sonriendo a todo carrillo. Oscuridad tropical, velas encendidas y los dos más viejos que el más viejo vicio. Entonces Jim enciende un puro y dice las palabras mágicas: “soy el Rey Lagarto, yo parto y reparto…”

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