A las mascotas que se fueron

Para Guille y Telmo

Mi perro se murió una noche en que yo no estaba en casa, lo que ya es mala suerte. Resulta que en mi universidad ese día habían organizado un encierro, que es como que tú mismo te arrestas y no te dejas salir de un sitio como si hubieras hecho algo malo y fueras policía y ladrón a la vez. Así que había que dormir en el edificio de la facultad, lo que quiere decir en realidad no dormir. Entonces había cabinas telefónicas, que era como habitaciones casi transparentes desde donde podías llamar si antes metías monedas, una especie de mezcla entre las casetas esas donde puedes mear en la calle sin que te vean y la ventanilla de un coche, donde en cambio puedes hablar sin que te oigan. Yo las usaba muchísimo, y esa noche de encierro voluntario llamé a casa para saber cómo estaba mi perro, que andaba mal del corazón. Digo mi perro porque era yo el que le sacaba siempre, tres veces al día y mucho tiempo cada vez, además de llevarle al veterinario y toda la pesca. Pues ya se había muerto, imaginaos la cara que se me quedó. Fue mi padre quien le llevó de urgencias al veterinario del barrio porque se quejaba, y eso que mi padre no le sacaba nunca. Casi se le murió en los brazos, y se llevó, mi padre, tal soponcio que ya nunca más quiso tener mascota (aunque, como recuerda Telmo, se quedó con nuestros periquitos hace unos cuantos veranos). Yo también me lleve un disgusto, pero como estaba en plena juerga de protesta de algo el resto de la noche lo pase más preocupado por parecerle interesante a Mamá que por esa desaparición en la familia. Sin éxito, claro, como hasta hoy…  

Pero sí, es verdad, se hace un hueco raro en las horas del día cuando uno ha perdido a un ser ladrido digo querido. “El exacto volumen de la muerte”, que decía un poeta. Las cosas que amamos dejan más agujero cuando no están que el espacio que rellenaban cuando sí estaban. Es como si sacaseis un jersey de un cajón y de repente se hiciera un hoyo en el que cupiera el equipo entero de esquí. Lo bueno de las mascotas, cuando se hacen mayores, es que apenas se les nota. Morrito blanquecino, lentitud al moverse, más tiempo de lo habitual echados en su manta y poco más. Pero hasta el último momento mueven el rabo si les dices su nombre, los perros, o se dejan acariciar si les llamas, los gatos. Están pachuchos pero sigue haciéndoles ilusión las cosas, o por lo menos fingen que todavía es así. A mí me flipa lo del movimiento del rabo de los perros. Telmo me cuenta que los gatos también levantan el rabo cuando se enfadan y se les eriza el pelo del lomo. ¿Para qué sirve un rabo, por cierto? ¿Y por qué todas las mascotas tienen rabo (también tortugas, visones, las colas de los pájaros, las crines de un caballo, si es que un caballo es también mascotaza, etc.) y nosotros no? Los gatos parece que lo tienen como de timón: pegan un salto y el rabo se pone tieso, para enderezar el vuelo. Los perros sólo lo tienen para motivarse y motivarte, como se dice ahora. Te miran a los ojos fijamente, agitan el rabo y sabes que algo quieren de ti. Te das cuenta de que has perdido a tu mascota cuando los rabos dejan de moverse, cuando se quedan sin viento como una bandera arriada. Los ojos son los mismos, pero el rabo se ha quedado lacio. No sé los gatos, pero los perros mueven el rabo hasta en sueños. A sus dueños nos gustaba pensar que nos estaban viendo en su sueño y salían a saludar, pero igual estaban soñando con otro perro, uno con una longaniza como collar… 

Las mascotas siempre tienen una salida digna de este mundo. Saben hacerlo mucho mejor que nosotros de modo natural. No se lamentan ni montan un gran teatro para decir adiós. Yo no sé si hay un cielo de las mascotas (si lo hay, espero que quepan también las pulgas o las garrapatas, por ejemplo), aunque un cielo sí que hay, allá encima, eso está claro, y cuando llueve es como las lágrimas de los niños que han perdido a su animal favorito, pero cuando vuelve a salir el sol es como si nuestro gato, o nuestro perro, moviese de nuevo su cola, y como si un limpiaprabrisas de coche barriese el azul y trazase en él la paleta entera del arcoíris…  

Cerca de este lugar 

reposan los restos de un ser 

que poseyó la belleza sin la vanidad, 

la fuerza sin la insolencia, 

el valor sin la ferocidad, 

y todas las virtudes del hombre sin sus vicios. 

Este elogio, que constituiría una absurda lisonja 

si estuviera escrito sobre cenizas humanas, 

no es más que un justo tributo a la memoria de 

Boatswain, el perro nacido en Newfoundland en mayo de 1803

y que murió en Newstead el 18 de noviembre de 1808.

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