Voltaire, Rousseau y el volcán de La Palma

Andaba yo el otro día toqueteándome el móvil cuando, viendo los titulares de las noticias, recordé aquella polémica de la segunda mitad del s. XVIII que enzarzó, una vez más, a dos viejos rivales y sin embargo amigos, los enciclopedistas Voltaire y Jean-Jacques Rousseau. La ocasión se presentó a propósito del terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755, el también llamado Gran Terremoto, que conmocionó a toda Europa, que fue largamente recordado como una inmensa catástrofe y que incluso tuvo efectos políticos duraderos que no vienen al caso ahora. Voltaire, desde el retiro de su castillo de hombre célebre y venerado, salió al paso de la cuestión filosófica que el desastre proponía elaborando un largo poema en que criticaba a todos aquellos que entendían que la Divina Providencia velaba por el bien de los seres humanos, y que todo lo que en este zarandeado mundo ocurre es algo que termina por obrar por un bien mayor. A quien quería hundir líricamente Voltaire con su texto era a Leibniz, del cual las hablillas cultas decían (pero por entonces casi nadie lo había leído y menos comprendido[1]) que había afirmado que vivimos “en el mejor de los mundos posibles”, pero como Leibniz era filosóficamente bastante inaccesible para él, parecía más igualado y próximo tomar como sparring a Alexander Pope, que tiempo antes había versificado una versión tal vez demasiado literal y edulcorada de esa idea en un poema escrito bajo la admonición “Todo está bien”. Es fácil atacar a los optimistas, los optimistas están ahí, en realidad, para servir de diana de los cínicos[2], y en este poema Voltaire fue cínico, so capa de humanitario. Desde luego, el Terremoto de Lisboa fue tremendamente más terrorífico que las últimas semanas de volcán que están sufriendo los palmeros, pero trate el lector de acoplar las palabras elegiacas de Voltaire a la actualidad de las Islas Afortunadas…  

Jean Jacques Rousseau

Créanme, cuando la tierra entreabre sus abismos, 

mi llanto es inocente y legítimos mis gritos.
Rodeados por todos lados de las crueldades de la suerte,
Del furor de los malos, de las trampas de la muerte,
Padeciendo los golpes de todos los elementos,
Compañeros de nuestros males, permítannos los llantos.
 

(…)

 

¿Están ustedes seguros que la causa eterna
Que todo lo hace, todo lo sabe, y todo lo creó para ella,
No hubiera podido lanzarnos a esos tristes climas
Sin formar volcanes encendidos bajo nuestros pasos?
¿Así limitaría usted a la suprema potencia?
¿Le prohibiría usted ejercer su clemencia?
¿El eterno artesano no tendrá en sus manos,
Infinitos medios, ya listos para su designios?
Humildemente deseo, sin ofender mi amo,
que ese abismo encendido, de azufre y salitre,
Hubiese encendido sus fuegos al fondo de los desiertos.
A mi Dios respeto; pero quiero al universo.
Cuando el hombre se atreve a gemir de tan terrible desgracia,
¡Ay! No es por orgullo, es sólo sensible.
Los pobres habitantes de esas tierras desoladas
¡En el horror de los tormentos, encontrarían consuelo
Si alguien les dijese: “Caigan, tranquilos mueran;
Para la felicidad del mundo se destruyen sus refugios;
Otras manos levantarán sus palacios calcinados,
Otros pueblos nacerán en sus muros derruidos;
El norte se va a enriquecer con sus pérdidas fatales;
Todos sus males son un bien en las leyes generales;
Con el mismo ojo, Dios los mira a ustedes y a los viles gusanos,
Cuya presa serán pronto ustedes en el fondo de sus tumbas !”
Para desventurados ¡que horrible lenguaje!
Crueles, a mis dolores no añadan el insulto.
No, a mi trastornado corazón, ya no presenten
Esas inmutables leyes de la necesidad,
Esa cadena de los cuerpos, de los espíritus y de los mundos.
¡oh sueños de sabios! ¡Oh profundas quimeras!
En su mano tiene Dios la cadena, sin ser El mismo encadenado;
Su benéfica decisión todo lo ha determinado:
El es libre, justo, y en nada implacable
¿Por qué pues sufrimos con tan equitativo dueño?
he allí el nudo fatal que quedaba por desatar.

Voltaire termina este último verso de manera muy shakespiriana, para lo poco que le gustaba Shakespeare. No obstante, el final del poema apelaba a la esperanza, una esperanza entre teológica y meramente humana, puesto que en realidad Voltaire siempre fue creyente, aunque, como se ve, un creyente indignado o reformista respecto de la fe ruda de sus antepasados. Rousseau, siempre pendiente de las novedades textuales de su enemigo íntimo, adivinó enseguida las debilidades argumentales del poema, y muy hábilmente hizo como que ignoraba la conclusión y como que Voltaire había redactado un panfleto, en vez de una endecha, con lo que pasó a coger la pluma y darle una lección filosófica en prosa a su compatriota. Y se debe reconocer que lo consiguió, y que, por una vez y tan sólo por esta vez, Jean-Jacques le mojó la oreja a Jean-François. No hay nada como ser el segundo que tira el penalti, cuando ya conoces el resultado del que lo chutó primero. De modo semejante, Rousseau midió sus fuerzas, silabeo el texto de un Voltaire de repente entregado al drama y se dio perfecta cuenta de que si aquel había hecho siempre el papel del que se burlaba fríamente y a parte post de sus paroxísticas reflexiones, esta vez se cambiaban las tornas. Vamos a ver cuales fueron algunos de los razonamientos, ciertamente brillantes, con los que Rousseau, con toda calma y aplomo, procedía a la destrucción del poema volteriano tan sistemáticamente como el propio terremoto había aniquilado a la pobre Lisboa.    

François-Marie Arouet, Voltaire

¿Es que la naturaleza debe estar sometida a nuestras leyes? y ¿es que para prohibir un terremoto en algún lugar no tenemos más que construir una ciudad? 

Touché. Como Voltaire se había preguntado porque los terremotos no tienen lugar únicamente en los desiertos, las dos  preguntas transcritas tan sólo podrían sacar los colores de alguien que pretenda que la naturaleza sea vidente, y que exija que sólo agite la tierra allí donde no se haya establecido población alguna. Es decir, en nuestro caso: son los habitantes de La Palma los que han construido junto a un volcán, no el volcán el que ha decidido incinerar esas edificaciones –hace como diez días, por cierto, tuvo allí lugar una rogativa a la Virgen, algo tan humanamente comprensible como históricamente obsoleto. Pero es que luego Rousseau saca más munición, toda argumentalmente intachable, en mi opinión, como cuando hace notar que los males ocasionados por la libertad del hombre son siempre más intensos, dolorosos e insufribles[3] que los generados ciegamente por los eventuales estallidos de la madrastra naturaleza:

¿Hay acaso un fin más triste que el de un moribundo al que se atormenta con cuidados inútiles, al que un notario y sus herederos no dejan respirar, al que los médicos asesinan en su cama a su antojo, y al cual los bárbaros sacerdotes hacen saborear la muerte con arte? Por el contrario, veo por todas partes que los males a los que nos somete la naturaleza son menos crueles que los que nosotros añadimos. 

Sin embargo, por muy ingeniosos que podamos ser en fomentar nuestras miserias a fuerza de bellas instituciones, aún no hemos podido perfeccionarnos hasta el punto de convertir generalmente la vida en una carga y preferir la nada al ser, sin lo que el desánimo y la desesperación se hubieran pronto adueñado de la mayoría, y el género humano no hubiera podido subsistir por mucho tiempo. Luego, si es preferible para nosotros ser que no ser, esto sería suficiente para justificar nuestra existencia, y al menos no tendríamos que esperar ninguna compensación por los males que tenemos soportar, aunque esos males fueran tan grandes como los describís. Con todo, sobre esta cuestión es difícil encontrar buena fe en los hombres y cálculos correctos en los filósofos, porque éstos, al comparar los bienes y los males, olvidan siempre el dulce placer de existir, independiente de cualquier sensación, mientras que la vanidad de despreciar la muerte lleva a otros a calumniar la vida; poco más o menos como esas mujeres que ante un traje manchado y unas tijeras prefieren antes unos rotos que unas manchas.  


Luego habla de la relación entre el bien relativo a un ser particular, especialmente un ser sensitivo como es el ser humano, y el entero destino del universo, y aunque yo personalmente creo que Rousseau de nuevo acierta de pleno, ese es un tipo de enfoque que, desgraciadamente, ha envejecido demasiado a costa de formularse en lenguaje teísta, es decir, cuasi-religioso. Tiene, en cualquier caso, gracia. Rousseau, que siempre había representado el papel del agonías y del patético –en su sentido literal: lleno de sentimiento- de la Ilustración francesa, aprovecha una terrible calamidad colectiva para situarse en el bando de los irónicos y equilibrados, mientras que Voltaire, que se creyó muy seguro de sus fuerzas, cae sin advertirlo en su propia trampa y se ve obligado a exponer mejor su posición por medio de un relato en el que vuelve a emplear su mejor arma, que era la sátira. El relato es Cándido, seguramente el más célebre suyo, y curiosamente no alude en lo más mínimo a Rousseau (el texto, por cierto, se tituló Carta sobre la Providencia, y ambos están traducido en En torno al mal y la desdicha, Alianza editorial), sino, ahora ya más frontalmente, a Leibniz, que llevaba cuarenta años muerto y no podía defenderse. Pero leamos, para concluir, el K.O. técnico de Rousseau a Voltaire, allí donde le tumba pagándole con su misma moneda: 

Pero, según el curso ordinario de las cosas, a pesar de algunos males que siembran la vida humana, en su conjunto, no es un mal regalo; y si no siempre morir es un mal, es bien extraño que lo sea vivir. 


[1] Puesto que, en realidad, el leibniciano “mejor de los mundos posibles” incluida el mal o los males: https://hyperbole.es/2017/08/dios-sin-dios-spinoza-y-leibniz/  

[2] Por ejemplo, yo ahora: que Stephen Pinker nos explique esta crónica negra de hoy en el diario Público.  

[3]Remito de nuevo a mi nota anterior, que es realmente espeluznante y que ninguna enfermedad podría parangonar. 

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