Dolor, infortunios y resurrecciones de las obras de arte

En una reunión de militantes comprometidos con hermosas causas, dice el primero, —yo voy a protestar porque la energía nuclear es un peligro para el futuro de la humanidad; yo porque debemos detener el cambio climático; yo porque debemos luchar contra toda forma de racismo; yo por la defensa de los derechos de las minorías, yo contra el insoportable movimiento woke… —De acuerdo, pero ¿qué podemos hacer concretamente?, dice uno de ellos. El más zafio y perezoso tiene una idea genial, ¡Vamos a romper obras de arte! Todos aplauden. El teórico del grupo sentencia: vandalizar obras de arte es una buena opción para sensibilizar a la opinión pública, para que se hable de nosotros y de nuestro movimiento. Somos necesarios para agitar a la sociedad y hacer que sus dirigentes reaccionen. Nuestra acción está legitimada por la necesidad y por la urgencia. De acuerdo —dice otra—, pero yo prefiero encadenarme desnuda a una columna.

Aunque la relación causa efecto no es lógica a primera vista, la eficacia de la acción es real, un golpe de efecto seguro, el activista se aprovecha de la visibilidad social del objeto a destruir para asociarse a su fama. Lo importante no es el acto en sí mismo sino la existencia de la foto que lo confirma. Porque hoy, sin foto no hay noticia (y un vídeo es aún mejor), el acto debe ser público y publicitado, ejemplo: los islamistas filman y distribuyen al mundo entero la voladura de los budas de Bamiyan en Afganistán.

A lo largo de la historia, cuadros, estatuas, relieves, iglesias y palacios han sido sufridas víctimas de fanáticos, santones y profetas de diferentes calañas y ortodoxias.  Esto viene al hilo de la noticia del tartazo de crema a la Mona Lisa en el Louvre el pasado 22 de mayo. Un hombre, del que hay que callar el nombre, se levanta de su silla de ruedas y lanza una tarta de crema al cuadro ante una nube de turistas atónitos. Se había hecho pasar por un minusválido para poder estar en primera línea. Es un gesto de protesta por la destrucción de nuestro planeta y llamar la atención sobre el apocalipsis al que nos encaminamos. Poco importa si era un “artista” o un desequilibrado, porque luego fue internado en un psiquiátrico y acusado de atentado contra bienes culturales. Mona Lisa sale ilesa.

La pobre Gioconda ya había sufrido un atentado en 1956 cuando le lanzaron un ácido que dañó la tela. El mismo año un boliviano le arrojó una piedra que rompe el vidrio de protección y deteriora el brazo, el autor había recibido una orden de expulsión del territorio. En 1974, cuando es expuesta en Tokio, otra persona en silla de ruedas tira pintura roja al cuadro para protestar por la ausencia de rampas de acceso para los visitantes minusválidos. En 2009, alguien le lanza una taza vacía. Se trata de una mujer rusa que protestaba porque le habían negado la nacionalidad francesa. ¿Qué culpa tiene la sonriente florentina? Y ahora una tarta, un gesto proveniente del cine mudo para ridiculizar a alguien y actualizado en nuestros días por un belga que puso de moda ese tipo de anarquismo suave lanzando tartazos al bello, mediático e irritante politólogo francés BHL, que debió sufrirlo en sus carnes en numerosas ocasiones.

Quizás uno de los primeros atentados “reivindicativos”  contra una obra de arte tuvo lugar en 1914, cuando una feminista, de quien callaré el nombre, atacó iracunda con cuchillo en mano, el cuadro La Venus del espejo (c. 1650) de Velázquez, conservado en la National Gallery, y lo convirtió en un Fontana. Este gesto militante inicia tal vez la idea de que el arte puede ser un vehículo y un altavoz para la reivindicación, la protesta o la denuncia de tensiones e injusticias sociales. La exaltada sufragista dijo haber elegido ese cuadro porque “no le gustaba la manera en que los hombres permanecían boquiabiertos delante de él”. El objeto artístico elegido en los atentados ejerce una fascinación porque ha alcanzado el grado de “representación mental” en el colectivo social, en este caso de la concupiscencia, ya que la venus podía ser en realidad La Calderona, artista y amante de Felipe IV. La imagen puede provocar y escandalizar, en este caso porque el cuerpo desnudo sería el de una joven “ordinaria” y no la diosa misma. Es conocido el gusto de Velázquez por representar a los dioses como gente mortal, porque sus modelos lo eran. Al destruir el desnudo, cuerpo del pecado, se destruye por magia simpática una serie de ideas preconcebidas asociadas a él, como la explotación sexual en este caso. Todo resulta del hecho de que vemos el objeto de arte como portador de intenciones o discursos morales o inmorales. No se atenta contra un cuadro de Turner que represente un paisaje o contra un modesto bodegón de Meléndez, ni siquiera tenemos nada contra Velázquez. El autor no es nuestro objetivo. El artista crea, el ideólogo destruye. Piensa que mutilando la obra tiene el poder de destruir lo que la obra representa, en este caso la prostitución, o incluso el patriarcado si se quiere, sin importar el daño causado al objeto artístico, porque se considera una destrucción legítima en aras de una finalidad más elevada, un “daño colateral” de la lucha.

Cuadro de Lucio Fontana

Al atacar la representación se destruye mágicamente la injusticia y la lacra, en nombre de la moral y en pos de una misión. Esta misión puede ser “divina”, cuando la mano que la ejecuta es la de un desequilibrado mental, o humana si pertenece a la vanguardia militante de un movimiento ideológico. Cuanto más importante, representativo, conocido o venerado sea el objeto, mejor servirá de altavoz de la reivindicación o de la denuncia. 

Algunas obras de arte, por su carga emocional o simbólica, su génesis, su discurso son un objetivo preferido de violentos protestatarios, y deben ser protegidas de los atentados, amén del robo, claro.  Al igual que algunas personalidades que necesitan escolta, ciertas obras controvertidas o famosas necesitan una protección especial, en particular cuando alcanzan la categoría de símbolo. El Guernica de vuelta a España, recuerdo que lo vi envuelto en una luz muy tenue, custodiado por un guardia civil armado con un subfusil. Todo aquel espacio respiraba religiosidad. Se quería evitar que Guernica pudiera ser destruida por segunda vez, —la primera en el treinta y seis. 

Una víctima por excelencia de actos vandálicos se encuentra en Copenhague.  La persecución inexplicable sufrida por esta figura deliciosa e inocente, símbolo de la ciudad desde que se posara en su piedra en 1913, enternece a cualquiera.  La Sirenita, del escultor danés Edvard Eriksen, ha sido decapitada en dos ocasiones, 1964 y 1998, y le amputaron un brazo en 1984. La figura ha sido ultrajada para vehicular unas veces reivindicaciones políticas o climáticas, y otras por razones inexplicables, quizás por fetichismo.

La foto del refugiado húngaro machacando furiosamente con un martillo la nuca de la Virgen de la Piedad de Miguel Ángel me impresionó profundamente cuando era adolescente. Aún conservo el recorte de prensa de la época. Ocurrió en 1972. La virgen jovencísima mira llorosa el cuerpo de su hijo tras el descendimiento de la cruz, un tema muy tratado en el arte norte europeo. La novedad es que nunca la madre había sido representada, como aquí, más joven que su hijo.

Al grito de “Cristo ha resucitado”, el martillo del vehemente agresor partió el brazo izquierdo, impactó en la nariz, la mejilla, la barbilla, la frente y el velo de la Virgen antes de poder ser detenido por los turistas. La obra del mayor genio de la Historia del Arte, realizada con 24 años en un solo bloque del más puro mármol de Carrara, quedó mutilada. En total cincuenta fragmentos son recogidos, algunos son devueltos con una carta de excusas desde Estados Unidos por el turista que se los había guardado como recuerdo. Surgió entonces, como de costumbre, el gran debate de cómo y hasta qué punto debe restaurarse la obra de arte maltratada por el tiempo o por la mano del hombre. Devolver a la Madonna el esplendor formal del primer día parece la primera opción, otros prefieren que las heridas permanezcan abiertas para convertirse, en la memoria social, en un símbolo de las víctimas inocentes del siglo, como una metáfora poético-dialéctica de La Violencia y la Piedad.

La vía intermedia fue la de una restauración “crítica” que deja la huella tanto de la degradación como de los límites de la restauración, optando por un material sintético y amovible, fácilmente identificable con un negativo. Toda la intervención de la época habría de ser reversible si hubiera alguna razón que lo justificara. La obra fue restaurada y, como diría el cirujano saliendo ufano del quirófano, la operación fue un éxito.  Un año después, la Pietà vuelve a su zócalo, renacida, protegida en adelante por un vidrio blindado. 

La Pietà atacada

La mano de dios parece guiar de nuevo a un desequilibrado para atacar otra obra universal, (al menos desde el siglo XIX porque antes apenas nadie le había hecho mucho caso). Se trata de La ronda de noche, de Rembrandt (1642). El cuadro recibió una docena de cuchilladas en 1975 por un loco que gritaba “soy un enviado de Jesucristo” y “tengo que hacerlo, tengo que hacerlo”. La ronda ya había sido víctima de una venganza en 1911, cuando un cocinero naval la emprendió a golpes con el cuadro para protestar contra el Gobierno holandés por haber sido expulsado de la Marina. De nuevo en 1990, un hombre movido por no se sabe qué motivos lanzó ácido clorhídrico contra la tela, aunque por suerte solo afectó a la capa de barniz. El 2019 fue el año del renacimiento de este cuadro mártir, cuando se inició un vasto programa de restauración único en su género que los visitantes del museo pudieron seguir in situ durante meses, o a través de la retransmisión en directo por un canal de internet expresamente concebido para ello. El cuadro se transformó como una crisálida. La pintura, de unos cinco metros, se instaló en una gran celda de cristal levantada en el interior del Rijksmuseum de Ámsterdam. Al final de los trabajos, el público pudo descubrir con sorpresa que la escena, a pesar de su título, no se desarrollaba durante la noche sino al mediodía y, gracias a la inteligencia artificial, se pudieron reconstruir las bandas de lienzo que habían sido recortadas en el siglo XVIII con objeto de trasladarlo al Ayuntamiento de la ciudad y ser expuesto allí.

La Ronda de noche no fue el único. Otro cuadro del maestro Rembrandt, Danae, conservado en el Museo del Hermitage de San Petersburgo, sufrió un doble ataque, primero con ácido sulfúrico y después con un cuchillo, que le causó graves daños (1985). Tras una restauración que se prolongó durante doce años, volvió a su sala protegido con un barniz de blindaje. El cuadro representa el momento en que la diosa va a recibir a Zeus disfrazado de una lluvia de monedas de oro y, como hacía Velázquez, el pintor toma a una “mortal” como modelo, en este caso su propia esposa. No se trataba de un encargo, sino de una iniciativa personal, de manera que años más tarde, a la muerte de su mujer, se tomó la libertad de hacer algunas modificaciones significativas, entre ellas la de cambiar el rostro de la diosa por el de su nueva compañera. El autor del ataque fue un demente lituano que entró en la sala preguntando cual era el cuadro más valioso de todos. El agresor declaró que lo había hecho por motivos políticos y asegurarse la repercusión mundial de su acción, pero la versión oficial soviética prefirió presentarlo como un desequilibrado y enviarlo a un psiquiátrico. Curiosa coincidencia, tras seis años de internamiento, el hombre fue liberado cuando Lituania obtuvo su independencia de la Unión Soviética en 1990.

La lista se agranda a medida que entramos en materia y, por poco que busquemos, cada noticia de un atentado nos lleva a otros en cascada: un artista holandés, ofuscado por una deuda no saldada, la emprende a cuchilladas con el Retrato de Augustine Roulin (1889), de Van Gogh. En el mismo año (1978), como inspirado por el anterior, otro nuevo atentado con cuchillo se produce contra el Autorretrato con sombrero gris (1887) del mismo pintor. Un alemán de 69 años roció de gasolina la Celebración de la paz de Munster (1648) de Van der Helst con la intención de prenderle fuego (2006). Colmo del ensañamiento, algunas personas son reincidentes, especie de pirómanos a los que parece excitar no la visión del fuego sino el deslizamiento del cuchillo entre la tela, como al holandés que atacó en dos ocasiones la obra de un mismo artista, el pintor abstracto Barnet Newman, en el Museo de arte moderno de Ámsterdam, con un intervalo de 11 años entre el primero y el segundo atentado.

La obra artística puede ser degradada por puro vandalismo o por un acto protestatario, pero existe otra causa del mal que es el acto del ignorante, cuando la obra sufre por la incompetencia humana, como las restauraciones fallidas cometidas por aficionados. Pensemos en el caso del Ecce Homo del pueblo zaragozano de Borja, donde, si se me permite la broma, diría que al Ecce homo lo dejaron hecho un cristo. La imagen se convirtió en 2012 en un trending topic mundial y su iglesia en lugar de peregrinaje turístico debido a una restauración surrealista, un accidente tragicómico sin intenciones o, mejor dicho, realizado con “la mejor de las intenciones”, que ha inspirado a dos artistas americanos para escribir una ópera cómica de la que se hizo eco el New York Times en su momento.

A este grupo de infortunios pertenece la escultura femenina que orna una de las fuentes del Parque de Gasset de Ciudad Real. La obra, inaugurada en 1932, sufrió hace quince años un misterioso acto vandálico y a la noble señora le arrancaron la cabeza.  La restauración subsiguiente de 2007, aun no siendo del calibre inigualable de la de Borja, es igualmente extravagante y da muestras de la desidia con la que puede ser tratada la obra artística. El resultado es una especie de Golem de cabeza desproporcionada y un rostro acartonado que le dan un aspecto de cabezudo de feria, un efecto que viene acentuado por el empleo de un material distinto del original, que ha envejecido y enmohecido de manera diferente con el paso del tiempo y que avergüenza a aquellos vecinos que no se mueren de risa cuando la ven por primera vez.

La venganza que manifiesta una rabia contenida durante siglos ha hecho del arte religioso una de sus principales víctimas, dando razón al proverbio: “la venganza es una nueva injusticia”. Es frecuente etiquetar de enfermo mental al autor de los atentados contra las obras de arte.  En otros casos, la mano destructora no es la del loco sino la del ideólogo que mueve los hilos por inducción. Mesías, revolucionarios, savonarolas o ayatolas hacen también que el pueblo pierda su cordura. 

A lo largo de la historia, el arte ha pagado el precio de los pecados de sus mecenas. En nombre de la Razón, del Comunismo, de la Revolución o la Emancipación, la obra religiosa ha quedado destruida para siempre, sin posibilidades de recuperación. El objeto artístico ha sido el rehén de ideas salvíficas de uno u otro sentido, la víctima propiciatoria y el adolido de la ira desatada. En nombre de una religión o de su antítesis, la irreligión, iluminados y agitadores enardecidos han entrado a saco contra las representaciones religiosas destruyendo un patrimonio cultural que nos pertenece a todos y tenemos la obligación de transmitir a las siguientes generaciones. Pero las guerras y los guerreros han decidido de otra manera.

En nombre de la ortodoxia de la fe cristiana, la destrucción de imágenes religiosas y la persecución de sus adoradores alcanzó su paroxismo entre los siglos VIII y IX, durante el periodo llamado “ iconoclasta”. Estamos en Bizancio, el emperador prohíbe el culto de las imágenes de Cristo, la Virgen y los santos en frescos, mosaicos, monedas y manuscritos, en adecuación a la primera tradición cristiana, que era anicónica, una tradición que había sido heredada del judaísmo y que será copiada posteriormente por la religión musulmana. Los iconoclastas reprochan un acercamiento a las prácticas de la idolatría pagana propia del imperio romano. Hasta el siglo VII, las dos corrientes, a favor y en contra, de la imagen sagrada cohabitan y se enfrentan apaciblemente en el seno de la iglesia, no se conoce controversia u hostilidad por parte del clero hacia ellas a pesar de la prohibición bíblica (Éxodo 20:4-6), pero en el  siglo VIII la cuestión de las imágenes, que son para la religiosidad popular un objeto sagrado que sirve para la intermediación entre el hombre y la divinidad, se convierte en un tema de estado que provocó  la  guerra entre sus partidarios (iconódulos) y sus detractores (iconoclastas), una guerra que asoló al imperio bizantino durante más de un siglo. La persecución de los monjes o de las dinastías patricias se debe también al deseo de apropiarse de sus bienes, naturalmente. 

La iconoclasia es propia de los tres monoteísmos. El Corán es profundamente iconoclasta y prohíbe toda representación de Alá, del profeta o siquiera de la figura humana. Dios es el creador de todo lo existente, el hombre no tiene derecho a crear nada porque rivalizaría con Él, lo más que podría hacer sería un ídolo que solo merece la destrucción, ya se trate de una obra arquitectónica, pictórica, escultórica, musical o poética. Por esa razón, el califa de Damasco ordena en 723 una campaña de destrucción de los mosaicos figurativos de las iglesias cristianas de sus territorios y los talibanes y yihadistas aplican la doctrina sin piedad en el siglo XXI.

La iglesia ha sido históricamente el mayor mecenas de las Artes, y cuando se la quiere atacar, se ataca a sus creaciones artísticas, que son vistas como signos de riqueza, de superstición o de su alianza espuria con el poder terrenal. Las guerras de religión han causado los mayores estragos al arte religioso, los protestantes saquearon las iglesias católicas en el siglo XVI, los revolucionarios franceses del XVIII deificaron a la Razón pero destrozaron tímpanos de iglesias y descabezaron apóstoles a su paso. También desmantelaron piedra a piedra el monasterio de Cluny, después de que la Convención lo declarase propiedad del Estado, y fuera vendido como cantera de piedras. Cuando la municipalidad compró la abadía en 1840 solo quedaba el 10 por ciento de lo que  fue el mayor complejo gótico que ha existido. En 1931, ardieron las iglesias en España, y en apenas veinticuatro horas desapareció la práctica totalidad del patrimonio religioso que se custodiaba en los templos y conventos malagueños. En el treinta y seis se perdieron en Ciudad Real, por ejemplo, tallas barrocas de los pasos procesionales de gran valor artístico. Pocas se salvaron de la quema. En estos casos no hay iconoclasia religiosa sino anticlericalismo violento.

Capilla de San José, Sevilla 1931

Toda obra de arte merece ser conservada. La obra de arte es inocente. Las piedras del Valle de los Caídos también, el Arco de Triunfo de París, también, ¿quién vendría hoy a exigir su demolición porque fue erigido por Napoleón, un conocido déspota? Y cuando la conservación fracasa podemos preguntarnos qué sentido siente reconstruirla. Hoy la tecnología permite restauraciones impensables hace tan solo treinta años y la Inteligencia Artificial tiene mucho que decir en este campo. Los budas de Bamiyan atraviesan un complejo proceso de anastilosis (dejo al lector el placer de descubrir en el diccionario el significado de este bonito helenismo). Es muy interesante el punto de vista que defiende que la obra debe guardar también las huellas de su propia destrucción, como testimonio de su historia. Lo hemos señalado en el caso de la Pietá, si las heridas desaparecen completamente se corre el peligro de olvidar el sufrimiento. Además, la belleza intrínseca de la obra de arte sobrevive extrañamente en la desgracia, como si tuviera un instinto de supervivencia animal. El paso del tiempo, que desgasta el cuerpo, cristaliza a la vez la esencia del objeto en su materia. La esencia y la fuerza expresiva no se pierde sino que se permuta, trasciende y se transmite en una suerte de metamorfosis extraordinaria.

Me cautivó siendo estudiante la anécdota que nos contó un día en clase de prehistoria el profesor Rafael García Serrano, que a su vez la había escuchado a su profesor. En un yacimiento ibérico los arqueólogos encontraban a menudo restos de cerámica, vasijas, algunas decoradas. Cada cierto tiempo pasaba por la excavación un anticuario que preguntaba con cierta excitación al director de los trabajos — ¿Qué tal, ¿cómo va la campaña, han encontrado hoy algo?, pero la respuesta le decepcionará cada vez, — Sí, hoy hemos encontrado restos de una vasija que… El anticuario se daba media vuelta antes de que terminara la frase. No le interesaban los fragmentos. Y así cada vez hasta que un día, el arqueólogo, harto de aquel hombre le contestó — Sí, ¡hoy hemos descubierto una vasija completa! — Ah, es extraordinario, —dijo el anticuario, ¡entonces está entera!, —No, aquí cuando encontramos una vasija entera ¡la hacemos pedazos! 

¿Un Partenón completamente restaurado? Sería fácil hacerlo hoy con los medios tecnológicos del siglo XXI, pero ¿a quién le interesa? Haciéndolo, habríamos hecho desaparecer la emoción del monumento, la ensoñación del lugar y el eco de la historia. ¿Dónde está el límite de la buena restauración? Reconstruir, renovar, restaurar, restituir, reproducir, no son sinónimos. Aunque hay que debatir caso por caso sobre qué es lo que hay que guardar como testimonio de una destrucción, nadie desea que la obra milenaria pase por el quirófano del restaurador para que salga rejuvenecida y falseada como una doncella de piel tersa. 
¿A quién le interesa una réplica perfecta de la Pietá que ningún ojo fuera capaz de diferenciar del original?, ¿a quién le interesa visitar un Partenón reconstituido y coloreado como lo estuvo originalmente en época de Fidias? La admiración renacentista por el arte griego nos condujo a la creencia de que las estatuas habían sido concebidas en la blancura del mármol -así se imitaron durante el Renacimiento- y Occidente ha heredado esa idea sin imaginar que las figuras estaban policromadas originalmente. El templo griego ha tenido una larga vida, fue iglesia bizantina, luego mezquita musulmana, y sirvió de polvorín a la guarnición turca que se había apoderado de Atenas a mediados del siglo XV. Su estado actual se debe al estallido de una bomba lanzada por los venecianos que lo asediaban en 1687. Tal vez su belleza subyugante sea una consecuencia de su destrucción parcial. Las cicatrices del tiempo en objetos hermosos no son capaces de arruinar su belleza. El torso del Belvedere cautivó e inspiró a Miguel Ángel más de lo que lo hubiera hecho ese mismo cuerpo al completo, con brazos y piernas. Viendo su influencia en la historia del Arte, ¿quién puede decir que no fue una suerte encontrarlo en ese estado?

Apolo de Belvedere

No puedo evitar pensar en el concepto de “ruinismo”, ese gusto literario por el mundo medieval, por la noche como momento inspirador y misterioso (Cadalso, Novalis), el interés por el misterio, por la contemplación, por la melancolía, por las ruinas antiguas y su silencio como lugar de exaltación poética (Volney). Los elogios de los enciclopedistas a la pintura de Hubert Robert, las excavaciones de las ciudades de Herculano y de Pompeya ordenadas por el entonces rey de Nápoles y futuro Carlos III de España, conducen a un descubrimiento estético novedoso, “la ruina es bella”, la ruina es interesante porque pone en relación el monumento con la Historia y pueden inspirarnos consideraciones filosóficas y morales extraídas del devenir humano.

Podemos divagar sobre aquel esteticismo de los ilustrados contemplando el desolador e imponente aspecto del vacío dejado por los budas de Bamiyan en 2001. Un conservador y estudioso del Arte, Pierre Centlivres, señalaba en 2009 que para los que hacían el viaje a Bamiyan, los inmensos nichos vacíos dejan una profunda impresión. Las siluetas de los Budas siguen vivas en el valle, y se pregunta con atino si reconstruirlos idénticos no sería una manera de borrar el acto destructivo, de dejarlo caer en el olvido, porque eso equivaldría a negar su aniquilación. El prefiere sofísticamente pensar (y lo adjetivo así sin mala intención) que la noción de “patrimonio”, que antes se aplicaba casi exclusivamente a los monumentos islámicos, se ha extendido “gracias” a la voladura de los budas a otros objetos del pasado preislámico, el cual es aceptado ahora como propio por un número creciente de afganos. Si es una consecuencia positiva bienvenida sea, pero el precio es demasiado alto, aunque quizás Buda, con su generosidad infinita, hubiera estado de acuerdo con su propio sacrificio.
La noción de reconstrucción de la que tanto se puede perorar ha sido enriquecida en este caso por los avances tecnológicos de la realidad virtual, que combina reconstrucción visual de la obra con el respeto de la huella destructora. En efecto, la reconstrucción virtual de los budas ha sido posible gracias al mecenazgo privado chino.

Budas de Bamiyan, sin Buda

Los fundamentalistas islámicos no fueron los primeros en atacar a las artes y los símbolos de otras religiones, pero han brillado en el triste empeño. La comunidad internacional ha asistido impotente a la destrucción sistemática y despiadada de obras que pertenecen al Patrimonio Cultural de la Humanidad. El Isis declaró la guerra total a la cultura anunciando, como todos los fascismos, la creación de un “orden nuevo” que exige la destrucción de todo lo que no sea el periodo dorado del islam. El arte budista, asirio, persa, griego, cristiano y preislámico no tiene hueco en ese mundo. En 2001, los monumentales budas del siglo VI fueron dinamitados. La filmación se colgó en Internet, sirviendo de precedente a lo que habría de seguir. La lista de atentados es muy larga. Llevados por su odio al conocimiento intelectual, los islamistas del Daesh desean acabar con toda traza cultural preislámica. En febrero de 2015, aparecen los vídeos de la destrucción de los impresionantes toros alados de Nínive, joyas del arte asirio en Irak, empleando martillos neumáticos. La visión de estas imágenes me dejó profundamente conmocionado y me movieron a escribir a vuela pluma las siguientes líneas a El País: “Los terroristas no conocen límites a la barbarie. El vídeo en el que se ve cómo destruyen con saña las obras del museo de la antigua ciudad de Nínive es otra prueba de la ignominia total e inhumana de estos locos de Alá. Ayer fue un día de luto para la humanidad porque esas obras pertenecen a la raza humana, son una prueba de su genio, de su creatividad, de su capacidad para producir belleza, algo que estos fanáticos son incapaces de apreciar en sus tristes vidas. Eran obras del patrimonio universal que las generaciones futuras solo podrán conocer por fotos, o por reproducciones que algún día podrán llegar a ser muy fidedignas, pero serán eso, meras copias. Imaginen por un segundo que las alimañas hubieran pasado por el Prado o la Academia de Florencia. Hoy las lágrimas no son por las personas sino por sus obras”
 

En los siglos I a III d. C. Palmira era una gran ciudad romana al norte de Damasco, situada en la ruta comercial que unía Roma con Persia y la India. Sus ruinas monumentales, su kilométrica columnata, su teatro, su ágora, en un estilo arquitectónico en la mejor tradición greco-romana, testimonian de un pasado esplendoroso y rico propio de un gran centro comercial y cultural. Sus templos advocados a diferentes dioses ponían de manifiesto el sincretismo (hoy diríamos tolerancia religiosa) de la época. Pero Palmira tuvo la mala fortuna de encontrarse en el camino de Isis-Ei-Daesch, (tanto monta), ese estado islámico que aterrorizó con su barbarie y su extrema crueldad al mundo civilizado. El ejército del Isis toma la ciudad en la primavera de 2015 y la UNESCO tiembla ante la idea de ver ese tesoro, declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1980, destruido. Pero a los publicista de la yihad no les tembló el pulso a la hora de dinamitarla y proclamarlo al mundo por vía internética. Al mismo tiempo decapitaron al que fuera el responsable de la conservación del yacimiento, Jaled Al-Assad (de él sí que hay que decir el nombre), eminente arqueólogo y conservador del yacimiento desde hacía más de cuarenta años, y de ochenta años de edad, y a otros 13 funcionarios. El estupor y la incomprensión es total. Poco después, la destrucción irreversible de Nimrud quedó descubierta en toda su dimensión tras su reconquista (2016), los toros alados y el zigurat milenario de esta ciudad asiria cerca de Mosul habían sido destruidos y el museo saqueado.  Afortunadamente hoy están en marcha grandes proyectos para reconstituir modelos numéricos en 3D mediante fotogrametría que una impresora va a utilizar para crear réplicas tridimensionales. Esta técnica se ha empleado para replicar el Arco de Triunfo de Palmira en numerosas capitales europeas como signo de solidaridad y de afirmación de la voluntad de no dejar reducido a polvo el pasado y el patrimonio común.


Palmira

Quizás habrá algún día un nuevo conde de Volney que escriba con idéntica lucidez y pasión la segunda entrega de Las ruinas o la meditación sobre las revoluciones de los imperios (1783): “Oh ruinas, me volveré hacia vosotras para aprender la lección, me acomodaré en la paz de vuestra soledad y allí, lejos del espectáculo lamentable de las pasiones, amaré a los hombres desde el recuerdo…” (Invocación).

Energúmeno iconoclasta en acción, siglo XXI.
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