La memoria de Annie Ernaux

“La vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia adelante”

Soren Kierkegaard

El jurado que acaba de conceder el Premio Nobel a Annie Ernaux ha justificado su fallo por «la valentía y la agudeza clínica con la que descubre las raíces, los distanciamientos y las restricciones colectivas de la memoria personal”, con lo que ha logrado «algo admirable y duradero».

La alianza de la memoria y la literatura se pierde en el tiempo y hay un debate inconcluso sobre las relaciones entre memoria y género que, en teoría, suele conceder a la mujer grandes dones para relatar su intimidad y al varón mayor habilidad para la crónica de la vida pública. Por poner un ejemplo los diarios-el registro confesional por excelencia-florecen en la comunidad femenina, como lo prueban los de Virginia Woolf, Sylvia Plath, Anais Nin o Rosa Chacel, entre muchos otros. Pero también han pasado a la historia los soberbios diarios de Tolstói, Kafka o Pessoa, lo cual demuestra que la maestría es independiente del género, si bien varían las experiencias según el espacio y el tiempo que les tocó vivir. Hoy en día asistimos a una proliferación del relato autobiográfico donde hombres y mujeres brillan también por igual y parecen competir en impudor a la hora de exponer sus vidas. Baste citar la obra volcánica de Karl Ove Knausgard y compararla, por ejemplo, con la de Lucía Berlin. Pero unos y otros se diferencian en la selección y el orden de las vivencias que glosan y en el difícil equilibrio entre la memoria individual y la colectiva.

Pienso que esto último es sin duda uno de los grandes logros de Ernaux, junto con la conquista de un registro intimista único y diferenciado, hábil en el control de la nostalgia y consciente de las traiciones que nos asesta la memoria. Esto último, la imposibilidad de recordar las cosas tal como sucedieron, es un hecho probado, como también lo es que cualquier recuerdo es filtrado y teñido por nuestro “yo” presente. No debe extrañar, por tanto, que la falta de fiabilidad de la memoria haya conducido a la explosión de la llamada autoficción, una variante de la autobiografía donde los recuerdos verdaderos se alían con la imaginación. Pero, como ha resaltado el crítico francés Philipe Lejeune, para que la autoficción funcione debe establecerse un pacto entre autor y lector de tal manera que este último profese un “acto de fe” ante el relato autobiográfico (y en parte falseado) que se le ofrece. Annie Ernaux cuenta en este sentido con el acto de fe de miles de lectores, si bien su obra fue rechazada por algunos sectores.

«No hay prácticamente ficción en la mayoría de mis libros, apenas unos cambios de nombres», decía Ernaux hace tres años, cuando recibió el premio Formentor. Sin embargo, en su trayectoria hay una interesante evolución ya que comenzó escribiendo novela en 1974 para abandonar totalmente la ficción 10 años después y dedicarse exclusivamente a la auto-socio-ficción, como ella misma denomina su obra. Baste el ejemplo de que Los armarios vacíos recoge su experiencia personal cuando era una adolescente y abortó clandestinamente y que ese episodio está presente también en El acontecimiento y en otros libros posteriores abiertamente autobiográficos. Una dolorosa vivencia personal que ella narra en dos registros, refugiándose primeramente en la ficción cuando el aborto estaba penalizado en Francia.

Ernaux ha encontrado en la auto-socio-ficción el marco adecuado para narrar la experiencia femenina. Gran parte de la crítica feminista ha denunciado reiteradamente las limitaciones de la ficción para abordar una material tan complejo y en cambio ha apostado por la escritura del yo como la técnica adecuada, siempre que se evite el ego autobiográfico de la narrativa masculina. El feminismo aboga por una escritura elaborada en el contacto, en la relación, siempre híbrida y fragmentaria, en tanto que la masculina es lineal. Una autobiografía como lugar de resistencia, subversiva, que se apoya en el famoso principio de que “lo personal es político” y que hace de la intimidad de una vida un lugar de denuncia y reivindicación​.

Tal es el espíritu con el que esa gran dama de la escritura del yo que es Annie Ernaux deshoja las distintas mujeres que hay en una mujer- la hija, la esposa, la escritora, la ciudadana, la amante, la trabajadora- tomando como marco su vida personal. Y la explicación de su técnica asombrosa se encuentra en una afirmación suya de 2019 : “el yo es solo un lugar, y no la expresión de una persona”. Un lugar que aglutina y desnuda sus raíces, su familia, su despertar al sexo, sus traumas, su desclasamiento, al tiempo que pone la memoria individual al servicio de la experiencia colectiva y en concreto de la sociedad periférica, a la que observa, describe y desnuda cuando desnuda su propia intimidad. Realmente Arnaux traspasa las barreras de la escritura del yo para insertarse en el life writing del mundo anglosajón, algo que podríamos traducir como el arte de escribir la vida.

Esta amplitud física y metafísica del yo es clave para entender y valorar su obra. Su escritura es “el medio de aclarar las cosas que he sentido” y una “rigurosa búsqueda de la verdad”, sin caer nunca en esa burbuja de intimidad ensimismada que ahoga muchas veces la literatura femenina y sin ese afán, a menudo obsesivo, de diferenciar su voz de la masculina. La prosa de Arnaux es pura cirugía verbal, un bisturí- un cuchillo, en sus palabras- que actúa sobre llagas,heridas y cicatrices propias o ajenas, masculinas y femeninas, pasadas y presentes, públicas y privadas, sin que el género, el pudor o el dolor establezcan ninguna barrera ni límite. Así rastrea la memoria de su padre que acaba de morir “porque ya no teníamos nada que decirnos” y con la misma crudeza evoca la figura materna y la gran distancia que las separa. Hace del impudor un arte a la hora de abordar el sexo, el amor, el abandono, el desencanto y tantos sentimientos (hasta ahora) innombrables, y los nombra sin el menor ribete de solemnidad o dramatismo. La vida, tanto la personal como la de los otros, sin máscaras ni artificios literarios.

La memoria de Annie Ernaux, ese talismán tan valorado por el jurado del Nobel, cumple funciones tan variadas como la celebración, la denuncia, la recuperación, la catársis, la redención o la reivindicación de una experiencia que solo puede ser llamada femenina en tanto que es humana y universal, que se funde con la colectiva, y que reconoce sus raíces y sus orígenes. Una memoria plural, que sin embargo siempre deja sonar con nitidez y autenticidad la voz de una mujer.

Algún crítico ha apuntado que hoy la narrativa se nutre esencialmente de la escritura del yo por la ausencia casi generalizada de temas nuevos. ¿Se nos está anunciando, una vez más, la muerte de la ficcion?  Me apresuro a decir que no la tememos, a pesar de tantas voces agoreras. Pero sí reafirmamos nuestra fe en la memoria personal y en su gran importancia como albacea de la vida. Y, por supuesto, nuestra fe en su probada inmortalidad, como glosan estas hermosas palabras de Annie Ernaux: 

Como el deseo sexual, la memoria no se detiene nunca. Empareja a muertos y vivos, a seres reales e imaginarios, el sueño y la historia”. (Los años).

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