Fotografía Sergio Larrain

Septiembre – 2022 (San Vicente del Caguán, Caquetá)

Era un viernes de septiembre y para descansar de la jornada, yo leía el libro: En la tierra somos fugazmente grandiosos de Ocean Vuong, lo leía con un brutal deseo de no terminarlo nunca. Estaba al aire libre, en una sala del Vicariato Apostólico en San Vicente del Caguán, Caquetá, donde treinta personas provenientes de diversos lugares de la Amazonia colombiana recibían capacitaciones durante tres días. Uno de los participantes se acercó a mi mesa para saludar, yo respondí su gesto, pero cuando él notó que yo estaba leyendo, caminó silencioso hasta un mueble que apilaba ediciones viejas y echas polvo de la revista colombiana Semana; tomó una y se sentó junto a mí. Permanecimos en silencio un rato que no fue ni corto, ni largo, bajo un sol de 38 grados, los pájaros trinaban, las personas dormían y en ese momento me pareció que la vida era apenas simple. Mientras leíamos, yo miraba por encima de mi libro y me fijé en su rostro marcado por una línea honda que producía su ceño fruncido, me fijé en su mandíbula afilada, en su mirada fija sobre la revista. Supongo que cuando los dos nos cansamos de leer alguno rompió el silencio, no sé quién hizo la primera pregunta y ahora no sé si importe. Lo que importa es lo que supe. Su nombre era Anderson, me contó que tenía mi edad. “30 años, (ya soy un señor)”, dijo y también dijo que fue soldado profesional, pero que lo dejó porque aguantaba hambre, largas caminatas sin entender bien la dirección, semanas enteras sin bañarse bajo un camuflado en la selva del Guaviare y un dolor en el cuerpo que no se iba, quizá por aferrarse al fúsil que le habían asignado cargar al hombro todos los días. “A veces uno tiene sed y no queda más que tomar agua de charco. Eso no es vida”, me dijo. También me contó que cuando tomó la decisión de retirarse, su superior le dijo: “Anderson no se vaya que usted es un buen soldado”, pero no, él ya había llamado a su padre para volver a su finca, cuidar su tierra y ordeñar sus vacas. Aquellos días de septiembre, Anderson y yo caminamos por el parque central, fuimos al puente colgante, le hice un par de fotos, tomamos café y comimos buñuelos, hasta buscamos un regalo para llevarle a su novia. Anderson le compró un poncho blanco con líneas rosadas que decía San Vicente del Caguán. Me preguntó si yo no compraría nada para llevar a casa y le expliqué que había comprado en Florencia, una libra de café y que con eso me parecía suficiente, regresamos al vicariato para encontrarnos con el resto. Ya en el comedor nos juntamos con otras personas que asistían al encuentro para seguirnos en las redes y conversar un rato, cuando le tocó el turno a Anderson nos mostró una foto que tenía con su novia en el perfil de su Facebook. Una de las chicas de la mesa, también del Guaviare, le dijo: “qué bonito que se sienta orgulloso de su novia. Los hombres en el campo son muy simples con una”. Anderson nos contó que ya vivían juntos, pero que no se habían casado, que era cuestión de tiempo, de comprar un par de cosas, la chica que antes lo había felicitado esta vez lo retó y le dijo que lo primero era comprar una lavadora, porque no parecía, pero “lavar la ropa a mano es duro para uno de mujer en el campo” y él dijo que lo iba a pensar porque él estaba seguro que la ropa lavada a mano quedaba verdaderamente limpia y que además en su casa cada uno lavaba su ropa. Anderson nos contó que estaba terminando su carrera profesional como zootecnista a distancia, pero que era un reto mantener a diario una buena conexión a Internet. Los otros días que permanecimos en el vicariato, vi a Anderson sentado a la mesa donde habíamos leído juntos. Todas las mañanas en que yo me levanté a la madrugada para bañarme primero que todos, para saltarme una larga fila, él ya estaba tecleando, impecable y fresco, con el ceño fruncido mirando la pantalla de su computador. Si no hubiéramos hablado antes, me habría parecido que Anderson era un hombre serio e intocable, me habría parecido que la honda línea de su ceño era el aviso de una persona que mantiene la distancia, que avisa su frialdad, si no lo hubiese visto reírse mientras hablábamos o recordar los tiempos duros y contarme sobre su vida yo no habría entendido que esa honda línea que se le marcaba en la frente era la de un hombre que caminó horas enteras entre la selva, bajo un sol ardiente, abriendo paso entre la maleza para llegar a su destino.

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