Casa Cela, Palma de Mallorca, Corrales y Vázquez Molezún, 1961.

La Casa de Camilo José Cela, levantada en el barrio de la Bonanova de Palma de Mallorca en 1961, tiene una doble particularidad o un doble significado si se quiere. La primera particularidad, estrictamente arquitectónica y la segunda derivada de la personalidad del ocupante: un afamado escritor que llegaría a ser Premio Nobel de Literatura en 1989, cuando ya no se lo esperaba, según él mismo. Afamado escritor, provisto de un ego importante, que llega a producir un largo texto sobre la casa mallorquina, como presentación de su publicación, en el número 94 de la revista Arquitectura, en octubre de 1966. Texto que empequeñece y reduce la labor de los arquitectos, José Antonio Corrales y Ramón Vázquez Molezún, dejando entreabierta la puerta para reivindicar su autoría plena y el diseño de sus partes. Casi en paralelo a lo esgrimido por Curzio Malaparte en la casa diseñada por Adalberto Libera, que llega a reivindicar su autoría ante los visitantes alemanes. Arquitectos que son presentados por Juan Huarte para desarrollar la obra de la Casa Cela, como un anticipo de la Casa Huarte, y que según algunos las obras de Mallorca fueron financiadas por los Huarte. Otra de las coincidencias de esos mundos, se desprende de que años más tarde, en la obra de Torres Blancas –diseño de Sáenz de Oíza y promoción de Huarte– tuvo su sede la editorial Alfaguara, fundada por CJC.

La casa Cela se ubica, por tanto, entre el exitoso Pabellón de España de la Expo de Bruselas de 1958 y la posterior obra de los arquitectos, como fuera la Casa Huarte levantada en 1965. La indagación de las casas de Cela, tuvo lugar en 2018 en Guadalajara, desde la presencia del último refugio de CJC en las Terreras de Cervantes, cerca de Guadalajara. Exposición que bajo la rúbrica de Cela y algunos amigos. Casas singulares de una generación, se entrecruzan nombres propios –desde los Huarte, mecenas amplios y diversos, a los arquitectos Corrales, Molezún y Sáenz de Oíza, desde las amistades del momento a las razones literarias de revistas y editoriales– y casas concebidas en palabra de CJC como: “Fruto del amor del hombre por la tierra, nace la casa, esa tierra ordenada donde el hombre se guarece cuando pintan bastos, cuando la tierra tiembla, para seguir amándola”.

Alzado oeste

Hay, por otra parte, un trabajo reciente de David Viñas Piquer, Cela y Pla: Dos estrategias para Mallorca, dentro del número 496 de Revista de Occidente, que deja muchas puertas abiertas. “En un momento determinado Cela y su mujer decidieron vivir en Palma y se instalaron en chalé del barrio de Son Armadans, en la calle Bosque número 1. Allí Cela fundó una revista literaria y la llamó Papeles de Son Armadans, en claro homenaje al barrio en el que vivía, aunque luego hubo de trasladar la redacción de la revista a otro lugar, en el barrio de El Terreno”. Para el primer número de la revista, que apareció en abril de 1956, Cela preparó un texto que justifica la aventura mallorquina que llegaría a combinarse con las Jornadas europeas de 1959 y posteriormente las Conversaciones poéticas de Formentor. Del cual, según Viñas Piquer, tomaría buena nota Carlos Barral para organizar en paralelo, en 1961, el Premio Internacional de Formentor. Otra de las dudas que suscita el proyecto –más allá de la mano de los Huarte, – es que CJC no se dirigiera a José Luis Sert –amigo de Joan Miró y responsable de su casa estudio en Mallorca–, o que no optara por los ensayos de casa mediterránea que venía realizando José Antonio Coderch.

La casa fue la vivienda particular de Camilo José Cela y el local de redacción de la revista Papeles de Son Armadans en Palma de Mallorca. Emplazada en un terreno con pendiente hacia el mar, el proyecto se desarrolla en tres plantas escalonadas que siguen la topografía y le imprimen un carácter horizontal. Esta horizontalidad se acentúa mediante elementos como el escalonamiento de la casa, las terrazas en los distintos niveles, los amplios aleros o el cambio de los revestimientos en función de su posición en la composición de los planos y volúmenes. La vivienda se desarrolla a partir de la chimenea en una serie de planos horizontales y verticales estructurados en ángulos rectos. Esta construcción modular se refleja planta a planta, remarcada por los materiales autóctonos y novedosos.

El escrito de Cela en la revista Arquitectura de 1966, no deja lugar a dudas de algunas cuestiones:

“La casa que me hicieron Molezún y Corrales, y que se ha publicado en el número 94 de esta revista, es lógica, muy lógica y habitable. Es lo único que necesitaba y es también algo que las casas no suelen ser; las casas, con frecuencia, son lujosas, o aparatosas, o bellas, o de éste o del otro estilo y, al final, todo suele acabar en pastiche (en falso lujo, en agotador aparato, en convencional belleza, en réplica de un estilo que no la necesitaba). Sé de sobras que no es empresa fácil el levantar una casa para un escritor y, menos aún, si este escritor es como yo soy: bárbaro, elemental y cabezota (y también, a ratos, sentimental, barroco y ecléctico). Molezún y Corrales acertaron y entre estas paredes me siento a gusto para vivir y cómodo para trabajar. Voy a tratar de describirla un poco.

En la planta baja, por el lado de la fachada principal, que es la que da al sol, la que queda a espaldas de la carretera, hay un comedor bastante grande del que sale la escalera, y dos puertas: la de la bodega y la de los servicios (office, cocina, cuarto de la plancha, alcoba y aseo de los criados, etc.). Para entrar en la bodega se bajan tres o cuatros escalones; su suelo es de guijarrillos y en medio de ella hay una gran mesa hecha con el frente de una cuba de tamaño considerable, que compré en Inca; como no cabía por ningún hueco, la pusieron en suelo, cuando se replanteó la casa sobre el terreno, la taparon con unos tablones y levantaron la casa alrededor; las botellas se colocan en unos anaqueles de tejas árabes, que gustaron mucho a mi admirado amigo el arquitecto Alberto Sartoris.

CJC por esa época

En la fotografía se ven algunos de los detalles que apunto; ahora está todo más lleno, como es lógico. En la bodega tengo dos colecciones curiosas: una de anises de toreros (no de botellas en forma de torero, claro es, que son muy ridículas) y otra de botellas bebidas con amigos y dedicadas por ellos: don Ramón Menéndez Pidal (ésta me costó mucho trabajo porque don Ramón no bebe), don Américo Castro, Albert Camus, Ernesto Hemingway, Alberto Moravia, Picasso, Joan Miró, Jorge Guillén, John Dos Passos, Chaplin, La Chunga y muchos más, hasta un centenar. Casi toda la bodega es invento mío -el piso, la mesa, las tejas para las botellas- y estoy muy orgulloso de lo bien que me salió. En el resto de la casa no intervine, ni poco ni mucho; a Molezún y a Corrales les di una cuartilla conteniendo lo que llamé Nómina de mis necesidades y ellos la interpretaron con talento y una absoluta libertad. En una esquina del comedor, ante un tresillo en el que mi mujer, algún invitado, los quinquis de mi Casa Civil y yo solemos hacer una tertulia, se abre una gran chimenea que, ¡nuestro trabajo nos costó!, tira muy bien. Al aire libre, sobre el muro de contención de la terraza del despacho de mi mujer, está el mural de Picasso.

En el primer piso hay: la puerta principal de acceso, que da a un pequeño hall; otro hall más grandecito del que se pasa, a la derecha según se entra, al antedespacho y al despacho de mi mujer, y al almacén de mis papeles, y a la izquierda, a nuestra alcoba y a la escalera que baja a los servicios o sube a mi estudio y al cuarto de mi hijo. Del hall grandecito de que hablaba sale la escalera que baja al comedor, y puede pasarse al departamento de huéspedes y a un servicio para uso de las inevitables visitas que no se tomaron la precaución de salir meaditas de sus casas. Del almacén puede subirse, por una escalera de caracol, a la redacción de la revista; el almacén tiene acceso directo desde el porche de entrada. Las piezas del cuarto de baño de mi mujer y mío-dos lavabos, el retrete y su cisterna, y el bidet- fueron pintadas por Ángela von Neumann y cocidas en el alfar de Moisés Álvarez, en Vigo. El calentador del agua está pintado, pero no cocido (porque es de metal) y la bañera no está ni pintada ni cocida (porque es de metal con un baño de loza y porque, sin cocer, se hubiera borrado). Las paredes del cuarto de baño son de madera, con lo que conseguimos hacer desaparecer el siniestro aire de casa de socorro que suelen presentar; las señoras hacendosas, cuando les enseñamos la casa, preguntan siempre si no se nos estropea la madera; pues bien, sí y cuando se estropeé, que por ahora no se nos estropeó, la cambiamos y en paz (igual que se hace con todo). Del despacho de mi mujer puede salirse a una terraza cubierta y practicable. Ante todo, la planta corre otra terraza no practicable, con tierra vegetal y flores. a escalera, al llegar al segundo piso, termina en un descansillo del que salen dos puestas: una da al pequeño departamento (o gran cuarto) de nuestro hijo-alcoba, cuarto de estar y cuarto de aseo- y la otra a mi estudio, que es bastante capaz. De este estudio se sube, por una escalera interior (no de caracol), a un segundo estudio, y se puede pasar a la oficina de la revista: minúscula pero muy cómoda y funcional. La oficina tiene acceso independiente, por una escalera al aire, de hierro. Mis dos estudios forman un conjunto suficientemente amplio; en todo caso, he podido colocar mi biblioteca (doce o catorce mil volúmenes), cosa que no creí que hubiera de suceder jamás. Por delante de toda esta segunda planta corre otra terraza, tampoco practicable y también con jardín. Del segundo estudio puede salirse a otras dos terrazas: una practicable, en unos de cuyos ángulos planté la veleta de hierro que me hizo el escultor Carlos Ferreira, y otra no más que relativamente practicable, con vegetación. En la entrada por la carretera hay un pequeño patio de distribución del que se puede pasar al garaje, a la casa del guarda (pequeño vestíbulo, dos alcobas y aseo) y al porche de acceso. Eso es todo y, para mí, no poco; mejor dicho, más de aquello a lo que jamás -hasta que sucedió- hubiera aspirado. Mi casa es un gran taller y la consigna que di a los arquitectos –ni un solo centímetro cuadrado innecesario, ni una sola pieza falsa– la cumplieron con evidente fortuna. Es lástima que sean tan holgazanes y no se dedican a dibujarme los cuatro faroles exteriores que faltan. Las fachadas son de gres o de piedra, según por donde se mire; los pisos, de gres, y las paredes van dadas de cal. Por algunos sitios hay madera”.

La supuesta autoría intelectual de CJC, queda cuestionada y desmentida, cuando se conocen ámbitos en los que la expresión verificada, es la del morador que relata sus amplios conocimientos, y no la de los arquitectos que es esfuerzan por atender a un difícil cliente. Ese criterio personalista en la decoración egotista o en la bodega literario-ombliguista, deja reducida la suerte de empuje intelectual del escritor. Y permite ubicar el trabajo proyectual de Corrales y Molezún en el tránsito –tanteo y ensayo de soluciones formales y de materiales cerámicos– entre el edificio de Selecciones del Readers Digest y la citada Casa Huarte.

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