Lago Rydal

La playa es de adultos, la piscina de niños. De hecho, los romanos, a los que los niños les parecían un proyecto abortivo de adulto, jamás frecuentaron que yo sepa las playas, en habiendo baños termales y piscinas. Los baños, las piscinas, eran para ellos el signo sensorial y disfrutable del dominio del mundo, la recompensa de habitar nada menos que la ciudad imperial. Hay intimidad en un baño, en una piscina, tanto para el goce carnal como para la intriga política. ¿Quién se pondría a discutir de cargos, provincias, obras públicas, frente al peligroso piélago, achicharrado por el sol cayendo a plomo, con ronchas de arena en el cuerpo y la lata de cerveza caliente en la mano? Para colmo, el mar exige el tributo de toda una mañana, o toda una tarde, o todo un día entero de poner el cuerpo a la parrilla. Una piscina, en cambio, es para un rato, o diez largos, uno se baja a la pisci de la urba y al poco se sube de nuevo al piso con sensación del deber cumplido. Yo, desde que tengo pileeeeta de verano, ya no sólo soy Daddy Cool, como la serpiente de ébano de Boney M., también soy el jodido Daddy Pool….

De ahí los balnearios como el británico legendario de Bath, donde tomaban las aguas los atribulados personajes de Jane Austen, o los muchos rusos y alemanes referenciados para la aristocracia erotómana y sibarita por Vladímir Nabokov en Ada o el ardor. Tú le haces escoger a Tadzio, el pícaro efebo de La muerte en Venecia, entre playa y piscina, y el viejo esteta decadente de la novela no le hubiera visto jamás y hubiera muerto del modo más prosaico. Más todavía: el capitalismo engendra una tal deslocalización del deseo, un tal apatridismo y como negación del orden natural que me apuesto lo que sea a que si instalas uno de esos parques temáticos horteras en los que piscinas hay en que se generan olas artificiales, y lo haces a 300 metros de una costa con magnífica media luna de playa, y la gente despuebla el mar completamente a cambio de pagar una entrada. Las playas, pues, son hoy para las personas mayores indigentes de vitamina D, para el progrerío crédulo en puritanismos y para las familias con espíritu de clan que comen y beben de tuper y nevera portátil. Los demás amamos el agua domesticada (en mi piscina, para colmo, es salada), y si es con olas domesticadas pues miel sobre hojuelas….

Recuerdo esa película tan atípica de Burt Lancaster, El nadador. El hombre iba enseñando cuerpazo y ascendiendo monte de piscina en piscina de sus congéneres pijos hasta que llegaba a la cumbre, donde le tragaba la desgracia y el rechazo social. Lo curioso de aquello es que los propios dueños de las piscinas no las usaban, porque los ricos no tienen las piscinas para bañarse, sino para presumir y para que sus hijos hagan fiestas en las que arrojen a las guapas al agua con la ropa puesta. Burt, en el último peldaño al infierno terminaba en una piscina municipal, esas en las que hoy para entrar te exigen como poco tres tatuajes por extremidad. Es verdad, por tanto, que la playa suele ser más popular, más dominguera y más desclasada, pero a costa de sentarse en los chiringuitos con el pelo crujiente. Pero si yo, después de todo, pudiera escoger de verdad, como un señor, pues ni la una ni la otra, ni orilla ni pileeeeta. Yo me quedaría con los lagos. En un lago corres el serio riesgo no sólo de pasar un buen día de asueto y belleza natural variada (al fin y a la postre la playa es monótona, no es más que desaguadero de masas…), sino de hacerte pintor, remero o poeta…. lakista:

Aves acuáticas: Observadas frecuentemente sobre los lagos de Rydal y Grasmere

Ved cómo los plumosos habitantes del agua, con tal gracia al moverse,

que apenas se diría inferior a la angélica, prolongan

su curioso placer. Describen en el aire

(y a veces con volar osado, que se cierne hasta las mismas cumbres),

un círculo más amplio que el lago;

y en tanto que se aplican a trazar, una vez y otra vez, el gran círculo,

su jubilosa actividad describe centenares de curvas y círculos menudos,

ora abajo, ora arriba, en avance intrincado, pero seguro,

como si guiase un espíritu su vuelo infatigable.

Ya el juego terminó: así lo imaginé diez o más veces;

pero, mira: la bandada, desvanecida ya, vuelve a ascender.

Se acercan. Rumorean sus alas, leves al pronto,

y luego su enérgico batir pasa a mi lado y vuelve a oírse el rumor leve.

William Wordsworth

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2 Comentarios

  1. says: José Rivero Serrano

    Te aconsejo el texto de Alain Corbin ‘El territorio del vacio. Occidente y la invencion de la playa (1750-1849)’, quizas difícil de encontrar, es de 1993. No es agua todo lo que reluce. En 2000, la Fundacion Mapfre organizo la exposición, ‘A la playa. El mar como tema de modernidad en la pintura española, 1870-1936’.

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