Concha Velasco y los viajes imposibles

Decía Umbral en el Diario político-sentimental, de 1999, sobre Concha Velasco Varona (Valladolid 1939- Madrid 2023) –y lo recuerda bien Óscar Sánchez Vadillo en estas páginas– que “Sáenz de Heredia te hizo yeyé y Juan Diego te hizo comunista”. Referida la primer afirmación al hecho de que la película Historias de la televisión (1965) del primero de los citados, la hiciera yeyé sin saber aún su significado real; y sin saber las consecuencias reales y prácticas de la segunda de las transformaciones políticas, inducidas por el camarada Juan Diego en una militancia de salón y larga espera de humos pacientes.

Que Concha Velasco entonara la canción de Augusto Algueró y de Antonio Guijarro, Chica yeyé fue un giro definitivo en su vida y en su peculiar carrera cinematográfica, en clara combinación con otras aptitudes para la canción, la coreografía y la presentación televisiva; aunque fueran programas que condenaban al cine a la sobremesa aligerada de humores críticos, de Cine de Barrio. Por más que su primer papel protagonista de cierta entidad, llegaría con Las chicas de la Cruz Roja (1958), de Rafael J. Salvia, y ya no hubo remedio en ese desempeño temático de una España que se acostaba con el Plan de Estabilización de 1959 y se levantaba con el Spain is different de 1964 del ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga. Un legado sobre la aparición condicionada de las clases medias urbanas –pese a Martínez Soria y su aprehensión por las grandes ciudades–, de vehículos utilitarios, de cine en tecnicolor y de un incipiente bienestar que se colmataba en las playas retratada en cuatricromía.

Con Jose Luis Saénz de Heredia

De golpe, Concha Velasco adquirió el estatus de representante y hasta de la bandera, de eso que se vino en llamar nueva comedia española ligera y suavemente franquista. Que abordaba la ola del desarrollo tecnocrático, el turístico tentador y multicolor y que nada quería tener que ver con la amargura de la posguerra y con piezas del repetido Sáenz de Heredia como Franco ese hombre (1964). Un cine y unos actores que ahora se quiere normalizar, cuando bien claro es que, directores como Saénz de Heredia, Pedro Lazaga o Mariano Ozores componen el sequito de un cine impasible e imposible, que refleja finalmente los equívocos de una época atribulada. Títulos como Los tramposos (1959) de Pedro Lazaga,  El día de los enamorados (1959) de Fernando Palacios, Amor bajo cero (1960) de Ricardo Blasco al lado de otras películas que rodaría con José Luis Saénz de Heredia como la zarzuela La verbena de la paloma (1963), el drama rural-pasional Los gallos de madrugada (1971) y, sobre todos ellos, la citada comedia Historias de la televisión (1965) –secuela de Historias de la radio (1956), donde interpreta la canción yeyé que la marcaría in eternum, terminaron por componer la radiografía de un tiempo que por un momento se soñó nuevo, libre o quizá sólo distinto.

Esa canción –según cuenta Diego Manrique en su texto de El País, La chica yeyé (que no lo era), no estaba destinada a La muchacha de Valladolid, sino al trompetilla argentino de Luis Aguilé. Chica yeyé que le robaría el pastel canoro a Aguilé –¿Se imaginan a Aguilé con sus corbatas y su tupé, como chico yeyé, por muy porteño que fuera? –, e inauguraría la teoría político-sentimental del yeyé y de lo yeyé de mediados de los años sesenta? Existe toda una teoría del yeyé, que arranca de la extensión del estribillo de la canción She love you (Lennon y McCartney, 1963) que daba cuenta de esa portento de uso hispano. “She loves you, yeah, yeah, yeah/ She loves you, yeah, yeah, yeah/
She loves you, yeah, yeah, yeah, yeah”. Por más que en los apartados de La década prodigiosa, 60’s y 70`s, de Pedro Sempere y Alberto Corazón (1976), lo que emerja sea Lo beat, lo Hip y lo Pop. Pero nada del yeyé, o del beat girl que le quisieron endosar a la triunfal Velasco.

Aquí teníamos la ensoñación del yeyé. De cual dice Manuel Seco en su Diccionario del español actual, diferentes cosas. “Estilo popular de música en boga hacia el año 1965 y caracterizado por el frecuente uso del término yeyé como estribillo. A veces se denomina así cualquier música moderna más o menos estridente”. También por yeyé, Seco, acuerda fijar “al muchacho [también muchacha] que se muestra como inconformista y anticonvencional en sus costumbres y en el atuendo y que suele ser amante de la música yeyé, como mezcla de yeyés e hippies”. Un himno del desarrollismo pop, lo llama Jordi Amat en El País.

De todo lo cual podemos convenir que más allá de cine yeyé –con grupos musicales del momento, como Los Brincos y cantantes como Karina– Concha Velasco tuvo que esperar su oportunidad esperando a directores como Pedro Olea, Jaime Camino, Mario Camus y Josefina Molina –que llegaron con cuentagotas a partir de mediados de los 70– para salir del enclave de la comedia ligera y tardo franquista.

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