“Al sol y a la muerte no se los puede mirar fijamente”
Francois de la Rouchefoucauld
«La vida no es ni un bien ni un mal: es el lugar del bien y del mal. Pero es áspera, peligrosa, breve, y el alma necesita descanso.»
Seneca. “De tranquillitate aními”
“El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizá nos sea más doloroso que cualquier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen.”
“No nos extrañe, pues, que bajo la presión de tales posibilidades de sufrimiento, el hombre suele rebajar sus pretensiones de felicidad (como, por otra parte, también el principio del placer se transforma, por influencia del mundo exterior, en el más modesto principio de la realidad); no nos asombra que el ser humano ya se estime feliz por el mero hecho de haber escapado a la desgracia, de haber sobrevivido al sufrimiento; que, en general, la finalidad de evitar el sufrimiento relegue a segundo plano la de lograr el placer. La reflexión demuestra que las tentativas destinadas a alcanzarlo pueden llevarnos por caminos muy distintos, recomendados todos por las múltiples escuelas de la sabiduría humana y emprendidos alguna vez por el ser humano. En primer lugar, la satisfacción ilimitada de todas las necesidades se nos impone como norma de conducta más tentadora, pero significa preferir el placer a la prudencia, y a poco de practicarla se hacen sentir sus consecuencias. Los otros métodos, que persiguen ante todo la evitación del sufrimiento, se diferencian según la fuente de displacer a que conceden máxima atención.”
“Tal como nos ha sido impuesta, la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarla, no podemos pasarnos sin lenitivos («No se puede prescindir de las muletas», nos ha dicho Theodor Fontane). Los hay quizá de tres especies: distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas que la reducen; narcóticos que nos tornan insensibles a ella. Alguno cualquiera de estos remedios nos es indispensable[7]. Voltaire alude a las distracciones cuando en Candide formula a manera de envío el consejo de cultivar nuestro jardín; también la actividad científica es una diversión semejante. Las satisfacciones sustitutivas como nos la ofrece el arte son, frente a la realidad, ilusiones, pero no por ello menos eficaces psíquicamente, gracias al papel que la imaginación mantiene en la vida anímica. En cuanto a los narcóticos, influyen sobre nuestros órganos y modifican su quimismo. No es fácil indicar el lugar que en esta serie corresponde a la religión. Tendremos que buscar, pues, un acceso más amplio al asunto.”
Sigmund Freud. “El malestar en la cultura”

Cuando una chica o un chico eligen estudiar medicina siendo aun muy jóvenes, aunque sientan de forma más o menos difusa eso que se llama vocación, quizá no son muy conscientes del umbral que están atravesando, del territorio que van a tener que frecuentar cada día el resto de sus vidas profesionales. No sospechan que, aunque al principio, se fascinen al transitar el hospital con la bata blanca y se sientan importantes, aunque les agrade cuidar, el razonamiento clínico o la cirugía, van a ver y experimentar, en un solo día, calamidades o dilemas existenciales que el resto de la gente quizá no vislumbre en su vida entera.

Lo asombroso, actualmente, es que en su periodo de formación, quizá nadie, les enseñará el oficio o la sabiduría necesaria para enfrentarse a esas circunstancias limitando en lo posible los riesgos de transitarlas. En el momento de mayor avance de la medicina, todo el esfuerzo formativo parece estar enfocado a cuestiones técnicas y no parece quedar tiempo y energía para lecturas y espacios de reflexión que permitan adquirir los recursos culturales y psicológicos que ayuden a comprender el universo trágico en el que siempre se va a desarrollar la práctica medica. La falta de unas lentes para mirar ese sol, que deslumbra y puede dañar, también dificulta que la experiencia que posibilita la profesión pueda convertirse en una fuente de lucidez y posibilidad de crecimiento personal.

Freud dibuja casi con dureza los perfiles del mundo donde se desarrolla la existencia humana. Es como un aviso del punto de partida, un límite, pero también el comienzo de las posibilidades reales de vivir. La naturaleza puede ser hostil; el cuerpo se deteriora ineludiblemente y también azarosamente, aunque podamos hacer algo para cuidarlo; las relaciones con los otros pueden ser conflictivas y dañinas (también las del médico con el paciente). Pero asimismo, asumiendo el principio de realidad y siendo conscientes de la posibilidad perenne de la tragedia, podemos valorar las posibilidades que ofrece la vida, tolerar sus frustraciones, combatir la insatisfacción y alegrarnos por lo que tenemos o podemos conquistar y disfrutarlo con gozo: cimentar una esperanza en la viabilidad probable del día siguiente.

La importancia de utilizar bien los bálsamos que nos pueden ayudar a vivir amablemente. Las distracciones poderosas: los retos profesionales o personales, donde el ejercicio consciente de la medicina puede ser uno especialmente apasionante. Las satisfacciones sustitutivas como el disfrute de las artes, el cultivo de alguna actividad creativa o cualquier jardín de aficiones significativas. Lo que la medicina puede aportar para limitar los daños de la existencia, incluidos los fármacos que limitan el dolor, el miedo, la tristeza o el desvarío.
Pero sobre todo intentar construir contextos donde la conversación con los otros sea posible y pueda crecer hasta convertirse en amistad o en amor. El último refugio de la esperanza humana para sostener una “joie de vivre” siempre amenazada, pero suspendida eternamente en el tiempo mientras existe.
Me gusta cómo este texto invita a volver a ver a los médicos como seres humanos sensibles, que también sienten y sufren, en una sociedad que pocas veces se detiene a reconocerlo. También nos recuerda que el sufrimiento es una parte inevitable de la vida —especialmente visible en la medicina— y que reconocerlo puede ayudarnos a vivir con mayor lucidez y humanidad, apoyados en la cultura y en los vínculos con otros.