Murciélagos en la mente

¿Alguna vez usted ha sentido que le pesa el corazón?

Como si tuviera una piedra en el pecho que, de vez en cuando, cae y le golpea el dedo pequeñito del pie izquierdo.

A mí me pasa seguido.

Me he acostumbrado a vivir con el ruido del silencio. Es casi fácil vivir desenchufada de la vida y de esas emociones que avanzan como gusanos, abriendo poco a poco huecos invisibles en los pensamientos.

De repente, me descubro espantando murciélagos de la mente, sonriendo mecánicamente mientras reacomodo, por tercera vez, los libros de la biblioteca.

Muchos suelen verme tranquila. Evito sostener la mirada demasiado tiempo; temo que alguien note que me estoy muriendo por dentro. Si supieran que a veces duermo entre dos y once horas, y despierto como si hubiera corrido un maratón entre bizarros sueños.

Camuflarse invisible, pero ser funcional, es, supongo, una habilidad más que gestiono mientras respondo correos y asisto a reuniones donde todos quieren brillar más que su compañero. Y yo solo miro por la ventana, observando cómo los árboles se mecen con el viento, agitando el lapicero que a veces siento que rompo, estrangulándolo entre mis dedos.

Quizás a usted le ha pasado.

Vestirse de payaso antes de salir, susurrarse “it’s showtime” aunque no sepa inglés ni lo que eso significa. Ensayar respuestas frente al espejo para la función de teatro que llegará esa noche: “Estoy bien, gracias, ¿y usted?… ¡Qué bonito está su perro!”

No es hipocresía ni melodrama. Tampoco busco lástima. Solo me pregunto si a usted le ocurre despertarse a las tres de la mañana sin razón aparente, levantarse a dibujar garabatos que nadie verá o escribir frases sin destino… Anoche escribí una:

Me gusta la gente adicta al teléfono porque me responden rápido, pero no me gusta que me llamen como si dispusieran de mi tiempo.

No se asuste si no reconoce nada de esto. Solo quería confiarle este pequeño secreto e invitarle la copa que sostiene mientras me mira confundido en silencio. Sí, ya sé que no nos conocemos, pero aquí estamos: yo hablando, usted leyendo esto.

¿Será que a usted también le ha pasado que, al final del día, cuando todos se van a sus casas, cuando las luces de la oficina se apagan y solo queda el eco de las sillas arrastrándose, se da cuenta de que por fin se cae la botarga y puede caminar un poco más ligero hasta hundirse de nuevo en su cama, para lidiar hasta el alba con ese murmullo sordo que se repite cada noche y le devora el alma?

Quizás usted también sea un forastero que cada mañana se dibuja un cielo para no mirar el agrietado piso. Y si no lo es, mírese en el reflejo de esa copa que ya empieza a vaciarse.

Dígame, entonces:

¿Quién está más solo?

¿Yo, que escribo?

¿O usted, que está leyendo?

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