L. Lógica y razonamiento

Reflexiones de un cirujano (8)

“Todos somos responsables de lo que hacemos. Pero también de lo que dejamos de hacer.” — Jean-Paul Sartre (atribuida)

Nada termina donde empieza

A menudo me pregunto hasta dónde llegan mis decisiones. Mi profesión me enseñó, con frecuencia de forma incómoda, que lo que hago o dejo de hacer repercute más allá de mis cálculos.

Y cuando me sorprenden sus consecuencias, casi siempre descubro que no fue azar, sino falta de previsión o exceso de confianza.

En el esquema CEFALICA, reflexionar sobre qué va a ocurrir después de mis acciones u omisiones sigue siendo una de las guías más exigentes.

El efecto mariposa

La realidad no evalúa mis intenciones: se despliegan en los otros y en el tiempo, y de maneras que no controlo. Pensar en sus efectos es como alternar entre dos lentes: un teleobjetivo para intuir qué puede ocurrir con el paso del tiempo, y un gran angular para ver a quién puede afectar más allá de lo que pretendía.

Woody Allen ironiza sobre nuestra escasa capacidad de anticipación: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.

Aun así, no puedo ignorar que parte de lo que ocurrirá depende de lo que hago ahora.

No es temer, sino prever

El problema no es solo equivocarme —por acción o por omisión—, sino no anticipar el alcance de mi elección por desdeñarlo o ni siquiera sospecharlo. 

En la práctica clínica aprendí que intervenir pronto puede salvar … o empeorar. Un gesto precipitado, un simple descuido, o una postura tomada sin suficiente perspectiva pueden dejar secuelas irreversibles.

Cuando no pienso en lo que puede venir después, acabo apagando incendios que yo mismo ayudé a provocar. Dentro y fuera del hospital.

Error individual error sistémico

La prisa y la falta de control pueden afectar más allá del objetivoSe cuenta que el cirujano Robert Liston, famoso por su rapidez, provocó una tragedia múltiple por su precipitación al amputar una pierna: el paciente original falleció por gangrena, así como su asistente —herido en el gesto—, y un espectador por un ataque cardíaco al creerse también lesionado.

El exceso de confianza ha dado lugar a conocidas tragedias como las del Titanic, Chernobil o la nave Challenger; las señales estaban ahí: datos pequeños, incómodos, repetidos… a los que no se les dio el peso suficiente.

Más allá de la intención

Me cuesta no pensar cuántas veces ocurre lo mismo a menor escala. En mis relaciones, pequeños gestos o una palabra mal medida pueden dejar huella; o un conflicto pospuesto, fermentar en silencio. Un irreflexivo ”¡qué más da!” también suele llegar donde no espero.

A diario vemos que la seguridad en la cirugía, en el tráfico o en el hogar se compromete por minusvalorar detalles mínimos.

A gran escala, la introducción masiva de antibióticos favoreció la aparición global preocupante de resistencias. Las redes sociales, diseñadas para conectar, han favorecido una mayor vulnerabilidad emocional y polarización.

Incluso los errores más ingenuos pueden tener derivadas inesperadas: la restauración del Ecce Homo de Borja terminó convirtiéndose en un fenómeno turístico.

El mundo está lleno de ideas bienintencionadas con impactos no previstos.

Segundas víctimas

Los cirujanos, en nuestro ejercicio, tendemos a recordar con mucha más nitidez lo que salió mal que lo que salió bien. No es masoquismo profesional; es una forma de memoria emocional y moral porque cada complicación tiene nombre y apellidos.

Y aunque sepamos que no siempre pudimos evitarla, esa “espada de Damocles” nos obliga a revisar cada decisión con una honestidad incómoda.

Porque, como nos recordaba Arthur Bloomfield, “Habrá algunos pacientes a los que no podamos ayudar, pero ninguno al que no podamos dañar”.

Esa conciencia no es cómoda, pero es justa. Nos refresca que cada elección no solo afecta a la técnica, afecta a vidas completas incluidas las de los propios profesionales.

Errores y riesgos

Muchas secuelas de la asistencia sanitaria a veces se relacionan con fallos: son los llamados eventos adversos. 

Con frecuencia las complicaciones son inmediatas y tangibles. En una ocasión, un drenaje quedó retenido. No fue una técnica deficiente. Fue algo más simple: se dio por supuesto que había sido retirado. Hubo que reintervenir. 

En otras ocasiones, las consecuencias son más diferidas y silenciosas. Un informe de anatomía patológica no revisado retrasó un diagnóstico que se presumía trivial. Lo que no alarma, se olvida y lo que no duele es más fácil de ignorar.

La toma de decisiones médicas difíciles, donde se sopesan ventajas y riesgos, ofrece un enfoque diferente. En la cirugía de la obesidad aprendí que evitar problemas inmediatos podía generar otros mayores a largo plazo. Las técnicas “menos agresivas” ofrecían seguridad a corto plazo, pero algunos pacientes recuperaban peso y sufrimiento. Asumir mayor complejidad técnica era, quizás, una opción más honesta.

Y es que los efectos se miden en las tasas de complicaciones, pero también en la confianza del paciente, así como en su dignidad y en su autoestima.

La medicina asertiva no consiste en evitar el riesgo, sino en graduarlo y comunicarlo con honradez.

Consideraciones y matices

Mi capacidad de anticipación siempre será limitada. No solo por lo que sé, sino por todo lo que ignoro. Lo improbable también cuenta, y a veces tiene un peso desproporcionado.

Por eso me incomoda la idea de los “efectos colaterales” como algo inevitable: puede convertirse en una forma de diluir la responsabilidad.

La imprevisibilidad humana nos lleva a que lo que iniciamos rara vez termina donde imaginamos: irreversibilidad de acción (H. Arendt). Por eso, evaluar consecuencias no es controlar el futuro. Pero sí, al menos, no desentenderse de él.

En pocas palabras

No puedo controlar hasta dónde llegan mis actos, pero sí hacerme cargo de sus efectos, aunque no sean los que esperaba. Eso, en el fondo, es responsabilidad.

En esencia es el intento de sopesar siempre el impacto, el efecto dominó y las ramificaciones de mis acciones.

En CEFALICA, las Consecuencias me señalan que decidir no es solo elegir, sino hacerme cargo de lo que vendrá después.

Tras asumir las secuelas de mis actos, solo me queda una opción honesta: dejar que esa experiencia cambie lo que creía saber.

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