Las perdurables sabidurías de Tiresias

"Eco y Narciso". John W. Waterhouse
Evocar un cuadro

Echarse la siesta es arriesgarse a volver a despertar, a transitar otra vez ese territorio intermedio lleno de ecos y de preludios que suspenden el ánimo o lo bambolean un poco, de forma no demasiado desagradable, pero quizá un poco durante cierto tiempo. Aunque, también a veces, acuden imágenes inconexas que vienen de la realidad transmutada por el sueño, o de la vieja memoria que quizá nunca existió pero que se recuerda con la nitidez de las películas que creímos haber visto alguna vez o de los libros que ya casi hemos olvidado pero que nos dejaron una huella en algún sitio.

Otra vez gente corriendo por las calles para huir de las bombas con niños de la mano. El brazo que asoma bajo una manta con los dedos inertes manchados de sangre, muy cerca de una maleta con ruedas, como la que tenemos todos en cualquier armario, que ahora permanece inmóvil y olvidada sobre el asfalto. Me pregunto que tendrá dentro, lo que se decide llevar cuando se presiente que ya no se va a volver, la ropa que ya no se elige o quizá sí: al menos una camisa de cuando se fue feliz, aquel regalo del último cumpleaños, la pequeña figura de Tintín que traía buena suerte, todo lo demás quizá a puñados, el cepillo de dientes, los recuerdos que casi no ocupan espacio, la ropa interior y los calcetines con barquitos de vela. La pena, el miedo y la rabia vislumbrando las llamas. Las certezas que no disolverá ninguna propaganda. La necesidad urgente de salir a la calle en paz, de respirar el aire todavía amable que no valoramos casi nunca, el placer de ver a la gente en los parques o en las grandes superficies comprando manzanas o aceitunas.

Allí estaban los narcisos, justo antes de brotar, muy seguros de ir hacia algún sitio muy alto. Los bulbos en pequeños cubos de hojalata azules o malvas. Los narcisos que anticipan la primavera cada año, que casi los podemos ver crecer mientras los miramos, que nos recuerdan el fulgor y la brevedad de la belleza. También la renovación y la persistencia del mundo. Recordé aquel cuadro de «Eco y Narciso» de Waterhouse, la historia de aquella chica o chico que seguían deseando al hombre o a la mujer que no les convenía o les hacía daño o no les hacía caso y decían que no podían remediarlo. Pensé en la realidad fascinante de los sexos, en la fuerza telúrica del deseo que busca la reproducción de la especie y también se transmuta en otras muchas cosas misteriosas y complejas, glóriosas o lúgubres. Me vino a la cabeza «La llama doble» de Octavio Paz: «El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida.» Pensé en las mujeres y en los hombres, en la necesidad imperiosa de volver a encontrarnos entre todos los espejismos. Recordé a Tiresias y a la sabiduría que le costó la ira de Juno. Decidí volver a leer ese fragmento de la «Metamorfosis» de Ovidio que sigue hablando de todo lo que seguimos siendo, de todo lo que cada generación tiene que volver a intentar comprender. El territorio donde también nos jugamos la vida.

«Manto y Tiresias» Henry Singleton

«Metamorfosis» Ovidio (fragmento). Traducción de Ely Leonetti Jungl

“Mientras en la tierra se verificaban estos acontecimientos, según las leyes del destino, y la primera infancia de Baco, dos veces nacido, se desarrollaba en lugar seguro, cuentan que un día Júpiter, eufórico por el néctar, había olvidado sus graves preocupaciones y discutía jocosamente con Juno, también ella ociosa y despreocupada, y le dijo: «Sin duda vuestro placer es mayor que el que alcanzan los hombres». Ella lo negó. Entonces decidieron preguntarle su parecer al experimentado Tiresias, pues él conocía ambos aspectos del amor.

Un día, en efecto, en un frondoso bosque, Tiresias había interrumpido con un golpe de su bastón la unión de dos grandes serpientes, y, cosa asombrosa, de hombre se había convertido en mujer, y así había vivido siete años. Al octavo año volvió a ver a las serpientes, y dijo: «Si el poder de vuestras heridas es tan grande que transforma el sexo de quien os las inflige en el sexo opuesto, entonces os heriré otra vez». Y golpeando a las serpientes volvió a la forma de antes, y recuperó su imagen natural. Elegido, pues, como árbitro de la amistosa disputa, confirmó la opinión de Júpiter. Juno, según dicen, se dolió más de lo debido y más de lo que el asunto merecía, y condenó a los ojos del que había sido su juez a una eterna oscuridad. Pero el padre omnipotente (puesto que ningún dios puede anular lo que otro ha hecho), a cambio de la vista perdida le concedió la facultad de conocer el futuro, aliviando así su pena con ese honor. Así que Tiresias se hizo famosísimo en las ciudades de Aonia, y daba su responso infalible a quienes iban a consultarle.

La primera en recibir una prueba fiel de la veracidad de sus palabras fue la azulada Liríope, a quien tiempo atrás había atrapado el Cefiso entre los meandros de su río, y apresándola entre sus olas la había violado. La bellísima ninfa había dado a luz un bebé que ya entonces era digno de ser amado, al que llamó Narciso. Al ser consultado sobre si el niño llegaría a ver los años de una avanzada vejez, Tiresias el adivino respondió: «Sólo si no se conocerá a sí mismo». Las palabras del augur parecieron no tener sentido durante mucho tiempo, hasta que el desenlace de los acontecimientos, la forma de la muerte y la novedad de la pasión probaron su certeza.

«Eco y Narciso» Nicolás Poussin Poussin

En efecto, el hijo del Cefiso ya sumaba un año a los quince y podía parecer tanto un adolescente cuanto un joven. Muchos jóvenes y muchas muchachas lo desearon, pero era tan dura la soberbia que había en su tierna belleza que ningún joven, ninguna muchacha lo pudo tocar nunca. Un día, mientras espantaba a los asustados ciervos hacia las redes, le vio una ninfa habladora, que, sin embargo, ni podía estar callada mientras otro hablaba, ni podía hablar ella en primer lugar: era la resonante Eco. Hasta entonces, Eco no había sido sólo voz, sino también un cuerpo; sin embargo, el uso que podía hacer de su parlanchina boca no era distinto del que tiene ahora, puesto que lo único que podía hacer era repetir, de entre muchas palabras, sólo las últimas.

Aquello había sido obra de Juno, porque en numerosas ocasiones en que había estado a punto de sorprender a alguna ninfa yaciendo con su Júpiter en un monte, Eco, que lo sabía, había entretenido a la diosa con sus largas pláticas, dando tiempo a las ninfas para huir. Cuando la Saturnia se dio cuenta, dijo: «Poco poder tendrás sobre esta lengua que se ha burlado de mí, y muy escaso uso de la voz», y confirmó sus amenazas con hechos: “Eco ya sólo duplica los sonidos cuando alguien termina de hablar, y reproduce las palabras que oye.

Así pues, cuando Eco vio a Narciso que vagaba por tierras apartadas y se enamoró de él, empezó a seguirle furtivamente, y cuanto más le seguía, más se abrasaba en la llama de su amor, como se incendia el fogoso azufre que se unta en la punta de las antorchas cuando se le acerca el fuego. ¡Ah, cuántas veces quiso acercársele con dulces palabras y dirigirle tiernas súplicas! Su naturaleza se opone a ello, y no le permite tomar la iniciativa; pero lo que sí le permite es esperar atentamente los sonidos, a los que responde con sus palabras.

«Narciso» Caravaggio

Casualmente el joven, que se había separado del grupo de sus fieles compañeros, exclama: «¿Hay alguien?»; Eco responde: «¡Alguien!». Él se asombra, y volviendo la mirada a todas partes, grita con voz potente: «¡Ven!»; ella le llama a él que la llama. Él mira tras de sí, y al ver que sigue sin venir nadie, pregunta: «¿Por qué huyes de mí?», y todas sus palabras vuelven a él. Él insiste y, defraudado, al no poder ver la imagen de esa voz, dice: «¡Aquí reunámonos!», y Eco, que nunca había respondido a un sonido con más placer, repite: «¡Unámonos!», y secundando sus propias palabras, sale del bosque y se dirige hacia él para rodear con sus brazos el ansiado cuello. Él huye, y huyendo le dice: «¡Quita tus manos, no intentes abrazarme! ¡Antes moriría que entregarme a ti!»; ella no contesta sino: «¡Entregarme a ti!». Despreciada, se oculta en los bosques, y avergonzada esconde su rostro tras las ramas, y desde entonces habita en cavernas solitarias. No obstante, el amor permanece clavado en ella, y el dolor por el rechazo sigue creciendo: la angustia que no la abandona va consumiendo sus miembros demacrados, la delgadez arruga su piel, y los humores vitales de su cuerpo se pierden en el aire; sólo quedan de ella la voz y los huesos. La voz permaneció, pero dicen que sus huesos se convirtieron en piedras. Desde entonces se oculta en los bosques, pero no se la ve en ningún monte, aunque todos la oyen: es el sonido, que vive en ella.

Así había burlado Narciso el amor de Eco, así el de otras ninfas nacidas de las olas o de los montes, y así también el de un sinfín de hombres. Hasta que un día, uno de los que él había despreciado exclamó alzando las manos al cielo: «¡Ojalá él también se enamore y no pueda poseer a su amado!». Así dijo, y la diosa ramnusia[19] accedió a sus justos ruegos.

Había un estanque sin barro, de aguas plateadas y cristalinas, hasta el que nunca habían llegado ni pastores, ni cabras que se llevan a pastar al monte, ni ningún otro tipo de ganado; ni pájaros, ni animales salvajes, ni ramas caídas habían agitado nunca sus aguas. Estaba rodeado de hierba que crecía vigorosa por la proximidad del agua, y de un bosque que impedía que los rayos del sol penetraran y llevaran calor a aquel lugar. El joven, fatigado por la caza y por el calor, se dejó caer allí, atraído por el aspecto del lugar y por el estanque, y mientras intentaba calmar su sed, otra sed fue creciendo dentro de él. Mientras bebe, seducido por la visión de la belleza que tiene ante sus ojos, se enamora de una esperanza sin cuerpo, y cree que es un cuerpo lo que no es sino agua. Con asombro se admira a sí mismo, y permanece inmóvil con la mirada clavada en su propio reflejo, como si fuera una estatua de mármol de Paros. Tumbado en el suelo, observa las estrellas gemelas que son sus ojos, los cabellos dignos de Baco, dignos de Apolo, las mejillas imberbes, el cuello blanco como el marfil y la belleza de la boca; admira, en fin, todo aquello por lo que él mismo es digno de admiración. Se desea a sí mismo sin saberlo, y el que alaba es a la vez alabado, a la vez busca y es buscado, al mismo tiempo enciende la pasión y arde en ella. ¡Cuántas veces besó en vano el mentiroso estanque! ¡Cuántas veces hundió sus brazos en el agua para rodear el ansiado cuello, sin conseguir abrazarse! No sabe qué es lo que ve, pero lo que ve le abrasa, y él mismo se engaña, a la vez que incita a sus ojos a caer en el error. ¿Por qué intentas aferrar, ingenuo, una imagen fugaz? Lo que buscas, no está en ninguna parte; lo que amas, lo pierdes en cuanto te vuelves de espaldas. Esta imagen que ves reflejada no es más que una sombra, no es nada por sí misma; contigo vino, contigo se queda y contigo se iría, si tú pudieras irte.

«La metamorfosis de Narciso» Salvador Dalí

Ni la necesidad de comer ni la necesidad de descansar pueden apartarle de allí; por el contrario, tendido sobre la hierba umbrosa, observa con ojos insaciables esa belleza mendaz, y se consume de amor por sus propios ojos. Incorporándose un poco, tiende sus brazos hacia los árboles que le rodean y exclama: «¿Acaso algún amante, oh bosques, ha sufrido más cruelmente que yo? Sin duda lo sabéis, ya que habéis sido para muchos un oportuno escondrijo. ¿Acaso recordáis, en toda vuestra larga vida, una vida de tantos siglos, que alguien haya sufrido tanto como yo? Me gusta y le veo, y sin embargo, aunque le veo y me gusta, no le encuentro, ¡tanta es la ceguera del que ama! Y lo que más me duele es que no es un inmenso océano ni un largo camino, ni las montañas, ni una muralla con sus puertas cerradas lo que nos separa: ¡nuestro obstáculo es un poco de agua! Y él también desea que lo alcance: cuantas veces me acerco a besar las líquidas aguas él trata de acercarse con el rostro  tendido hacia mí. Parece como si le pudiera tocar, es muy poco lo que se interpone entre nosotros. ¡Sal, quienquiera que seas! ¿Por qué me rehúyes, muchacho incomparable? ¿Adónde vas, cuando yo te busco? En verdad, ni mi edad ni mi belleza merecen que me rehúyas: ¡hasta las ninfas se enamoran de mí! Con tu rostro amistoso me das esperanzas y me prometes algo que ni yo mismo sé qué es, y todas las veces que he tendido mis brazos hacia ti, tú los has tendido también; también he notado lágrimas en tu cara cuando yo lloro; si hago un gesto con la cabeza tú me lo devuelves, y, por lo que sospecho del movimiento de tus bellos labios, pronuncias palabras que no llegan a mis oídos. Pero ¡si es que soy yo! ¡Ahora me he dado cuenta y ya no me engaña mi reflejo!

Ardo de amor por mí, a la vez despierto la pasión y soy arrastrado por ella! ¿Qué hago? ¿Le suplico o dejo que me suplique a mí? ¿Pero suplicar qué? Lo que deseo está conmigo: mi propia riqueza me hace pobre. ¡Ojalá pudiera separarme de mi cuerpo! ¡Un deseo inaudito para un enamorado, querer que lo que amamos se aleje de nosotros! El dolor ya está acabando con mis fuerzas, no me queda mucho tiempo de vida, y muero cuando aún estoy en mi primera juventud. Pero no me pesa la muerte, porque así terminará mi dolor: sólo quisiera que él, el que deseo, viviera más tiempo. Ahora, dos pereceremos juntos en una sola alma».

«Narciso» Giovanni Antonio Boltraffio

Así dijo, y presa ya del delirio, volvió a mirar la imagen y sus lágrimas agitaron la superficie del agua, y con el temblor la figura reflejada desapareció. Al ver que se iba gritó: «¿Adónde huyes? ¡No abandones, cruel, a quien te ama! ¡Deja por lo menos que te mire, ya que no puedo tocarte, y que alimente así mi desdichada pasión!». Y mientras se lamenta, tira hacia abajo de su túnica y golpea su pecho desnudo con las palmas de sus manos, blancas como el mármol. Entonces, por efecto de los golpes, su pecho se coloreó de un tenue rubor, igual que las manzanas se quedan blancas por un lado y se ponen rojas por otro, o como los racimos variopintos de la uva todavía inmadura, que adquieren un color purpúreo.
Al ver esto en el agua, que estaba otra vez clara, no puede soportarlo más: como se derrite la cera dorada al calor de una leve llama, como se disuelve el rocío de la mañana cuando lo calienta el sol, así, desgastado por el amor, se consume y es devorado poco a poco por un fuego oculto. En su tez ya no se mezclan la candidez y el rubor, ya no tiene ese vigor y esa fuerza que hace poco despertaban admiración, ni tampoco queda ya el cuerpo del que Eco se había enamorado. Ésta, no obstante, se afligió al verle así, aunque aún recordaba, airada, lo sucedido, y cuantas veces el desgraciado joven exclamaba «¡Ay!», «¡Ay!» repetía ella una y otra vez, y cuando Narciso golpeaba su cuerpo con sus manos ella reproducía el sonido de sus golpes.

Las últimas palabras las dijo Narciso mirando al agua una vez más: «¡Ay, muchacho vanamente amado!», y el lugar le devolvió todas las palabras; y cuando le dijo: «¡Adiós!», Eco lo repitió. Extenuado, dejó caer su cabeza sobre la verde hierba, y la noche se cerró sobre sus ojos, que aún admiraban la belleza de su propio dueño; y aun después de haber llegado al mundo infernal, siguió mirándose en las aguas estigias. Lloraron por él sus hermanas las Náyades, que se cortaron el cabello como ofrenda funeraria, le lloraron las Dríades, y Eco repitió sus lloros. Y ya estaban preparando la pira, las antorchas parpadeantes y el féretro, cuando vieron que su cuerpo ya no estaba: en su lugar encontraron una flor con el centro amarillo, rodeado de pétalos blancos.

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