Smiljan Radic, Priztker 2026: la fragilidad de un premio

Teatro Biobio, Concepción Chile

Dice, campanudamente, Anatxu Zabalbescoa en El País, sobre el reciente premio Priztker de este año: “El Premio Pritzker 2026, el chileno Smiljan Radić Clarke (Santiago de Chile, 60 años), es un arquitecto-artista. No porque sea un proyectista estrella o porque busque deslumbrar, levantando un sello que lo distinga o creando un espectáculo, nada más lejos de eso. Lo es porque, como sucede con los artistas, es capaz de anticipar el futuro”. Donde establece esa dualidad –su texto laudatorio, está recorrido justamente de alternativas y disyuntivas como veremos– cuestionable del artista como vidente, como augur del futuro. Cuando bien a las claras, muchas veces, el vaticinio de los artistas, lo es del pasado. Como una premonición inversa.

Como ha ocurrido este año, en que la institución del Premio Priztker se ha tambaleado –se ha retrasado el otorgamiento de la distinción– y a punto ha estado de aplazarse de forma definitiva. Desde ese retraso, “el anuncio del galardón se ha retrasado unos días para hacerlo coincidir con una resolución: Thomas Pritzker, el ya expresidente del grupo hotelero Hyatt, cuyo nombre aparece en los papeles de Jeffrey Epstein, ha renunciado a cualquier vinculación con el premio para no descentrarlo de su interés arquitectónico”. Mostrando con ello que durante estos 55 premios otorgados se ha producido la sombra –55 sombras de Priztker– de una o de varias dudas de la combinatoria entre el poder real y el poder simbólico de la arquitectura. 

De aquí que, en este ejercicio aplazado, se haya optado por premiar a una figura de la periferia –Chile, pese a todo, no juega en la centralidad occidental-asiática y pese a los orígenes europeos de Radic– que, paradójicamente, ha instituido una institución denominada Fundación de Arquitectura Frágil. Invirtiendo, con ello, el sentido vitruviano de la Arquitectura como Firmitas, para abrir con esa denominación un proceso irreversible de fragilidad. Frente a la permanencia fundamental de toda Arquitectura, se propone ahora la fugacidad de un presente volátil, donde quien diseña es el viento y quien modula el horizonte son las arenas movedizas del desierto. Proceso irreversible, visible por demás, en las disyuntivas de Zabalbescoa, al otorgar a Radic todo un rosario de sucesos y decesos. Tal como los desplegados entre “la convivencia de contrarios –lo fijo y lo temporal, lo industrial y lo artesanal, lo caro y lo económico o lo natural y lo artificial–”. Para componer un rosario de cuentas y de casualidades –también de cuento y descuentos– que prolongan esas dualidades. “Cambiantes, cada proyecto de Radić es una investigación, no sólo tipológica o topográfica, pero que también busca apropiar el lenguaje arquitectónico, el programa, las consideraciones antropológicas y las circunstancias sociales y políticas. Por eso, la forma de sus edificios la decide el viento…  Pero el trabajo artesano no descarta las innovaciones tecnológicas. En él, la tradición y la innovación conviven. Nada borra lo anterior… Es interesante que, para resumir a Radić, el jurado presidido por otro chileno con Pritzker Alejandro Aravena haya hablado de “inteligencia emocional, de fragilidad, de experiencia humana y de empatía”.

Serpentine. Hyde Park, Londres 2014

Y quizás, sea esa doble coincidencia chilena entre el Pritzker de 2016 –Aravena, jurado ahora en el 2026 que premia a un compatriota– y el actual de 2026, Radic, la clave del enigma de la arquitectura chilena, pocas veces oteada desde Europa y desde España, en particular. Baste recordar el recorrido sistemático propuesto por el trabajo Documentos de Arquitectura Moderna en América latina 1960-1965, publicado en 2005. Donde el peso obvio de la arquitectura latinoamericana aparece presidido por Brasil, México y Argentina fundamentalmente. Con casos ya analizados y vistos en estas páginas de Hypérbole: desde Niemeier, Lina Bo Bardi, Barragán, O`goorman, Williams, Le Corbusier o Bonet Castellana. Y donde, en el caso chileno, comparecen en ese trabajo de recapitulación de 2005, un temprano Le Corbusier en 1930 –casa Erraszuri– hasta la Unidad vecinal de Portales, de 1959, de Valdés, Bresciani, Castillo e Huidobro, para cerrar la secuencia con la sede Naciones Unidas en Santiago, de 1966, obra de Emilio Duhart. Al año siguiente, en 2006, con motivo de la Bienal de Santiago, Luís Fernández Galiano publicaba en Babelia –el 25 de noviembre– el trabajo Carta Austral, centrada en los prodigios visibles de la arquitectura chilena del momento. Y en donde nuestros Pritzkers actuales, aparecían puntualmente y con tono menor –Aravena con las viviendas en Iquique y Radic con el edificio de servicio públicos en Concepción–, frente al peso de las realizaciones de viviendas unifamiliares en todo el litoral andino, que han poblado –por su potente escenografía paisajística– diferentes revistas profesionales. Viviendas dramatizadas por los acantilados y escolleras del Océano Pacífico, en Zapallar o Los Silos, que componía parte de ese comentario de la Carta Astral de Fernández Galiano hace ya veinte años.

Bodega Vik. Millahue,región de O’Higgins, en el Valle de Cachapoal, Chile

La otra parte, la densidad argumental de la obra de Radic, compuesta por apenas ocho ejemplos destacables, con la incorporación de alguna Follie como la Serpentine de 2014 en Londres –que son los ofrecidos en los panoramas habituales, donde señalan al teatro de Biobío y las bodegas Vik– no dejan lugar a dudas de la otra disyuntiva presente. Como la abierta entre el comentario de Boyero a la película El arquitecto –Stéphane Demoustier, 2026–, que considera tal pieza “solo para expertos y profesionales”; y la derivada del reportaje del estudio Superflux (Babelia, 14 marzo 2026), dando cabida al nuevo concepto de Diseño crítico. Que quiere ser una nueva rama del diseño especulativo, orientado a imaginar futuro posibles, alternativos o incluso distópicos. Y esa es la posición otorgada por Zabalbescoa a Radic, “artista [que] es capaz de anticipar el futuro”. Y de predecir el pasado yerto de los premios.

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