Interludio. La razón bajo el fuego

Reflexiones de un cirujano (11)

“En tiempos de desorden, el orden es una victoria — San Agustín (atribuida)

Después de recorrer los criterios de CEFALICA y destilar sus preguntas, siento la necesidad de detenerme un momento. Si hoy puedo ordenar la mirada es porque hubo un tiempo en que no tenía nada claro. Lo que sigue no nació en un despacho: surgió a partir de una etapa de maduración profesional marcada por la tensión constante. Antes de seguir adelante, necesito volver un instante allí.

En mis primeros años profesionales, en Bilbao, la incertidumbre no era una idea filosófica: era la rutina. En aquella etapa enlazaba guardias de urgencias generales y de cirugía en distintos centros, públicos y privados, casi siempre con la sensación de vivir pendiente del próximo aviso.

Y cada día, camino de la urgencia, me preguntaba qué llegaría antes: el aviso de un atentado o el de un accidente de tráfico. Solo en Vizcaya, en 1980, hubo más de 125 atentados y 31 asesinados. En las carreteras españolas morían entonces más de 9.000 personas al año. La patología no derivada de enfermedad marcaba el pulso de la guardia.

Aún me asaltan escenas de caos: la explosión en el colegio de Ortuella, en 1980, que mató a más de cincuenta niños y llenó las urgencias de golpe, o la colisión en cadena con decenas de vehículos ardiendo en la autopista. En esos momentos, el hospital se transformaba. Los compañeros aparecían sin que nadie los llamara, reforzando turnos por puro sentido del deber, con esa mezcla de tensión y silencio que precede a una intervención que no admite demora.

En medio de ese vendaval de camillas, cuando entraban varios pacientes críticos a la vez y había que decidir por dónde empezar, los protocolos quedaban atrás. Algunos pasaban del triaje al quirófano sin más pruebas que el ojo clínico y la urgencia de atajar una hemorragia.

“¡Pincha, pincha!”, me conminaba el adjunto esa mañana. Yo era el residente de tercer año. No había ecografía. Solo una aguja enorme, una tripita tierna e indefensa y la instrucción urgente de detectar un hemoperitoneo para llevar al niño al quirófano. Recuerdo la mezcla de vértigo, responsabilidad y desconcierto. Aquel instante me marcó más de lo que entonces pude admitir.

Fue en esa confusión, donde el estrés nubla y la inseguridad golpea, cuando comprendí el valor del orden y del método. Admiraba a mis adjuntos: su frialdad no era falta de sensibilidad, sino la distancia necesaria para que la mano no tiemble mientras se intenta poner orden en la vorágine.

Este cuaderno es también una forma de entender por qué, con los años, necesité construir un esquema como CEFALICA: no para alejarme de la vida, sino para poder sostenerla.

Pero el método tiene un límite. La razón ordena, pero no lo explica todo. Lo que viene después tiene que ver con algo que ningún esquema captura del todo: cómo pensar y sentir sin que uno anule al otro.

Escrito por
Para seguir disfrutando de Antonio Rebollo
A: Autoexamen y sesgos
Reflexiones de un cirujano (5)
Leer más
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.