Esta mañana desperté y todo parecía intacto; por un segundo, todo estaba igual, casi cotidiano, pero el aire se cargó lentamente de silencio. No importa cuán clara sea la luz, hoy no logra alumbrarme y, tristemente, para mí, el mundo no se detiene: estoy obligada a levantarme.
Antes de salir, a las ocho menos cinco, intento arrancarme los clavos de mis sienes, pero se me hace tarde y es cansado: saco uno y no sé de dónde llegan cuatro a reemplazarlo. Es inútil maquillar sobre mojado.
El día está despejado. Yo no.

Camino y algo me arrastra hacia abajo, no en los pies, sino en el pecho. No es melancolía bonita de esa que ayuda a escribir por las noches y a borrar por las mañanas; es peso y desgaste, como si algo se hubiera quedado encendido por dentro y me consumiera el oxígeno de la sangre.
Todo lo que antes era sencillo ahora me atraviesa. Tu ausencia no hace ruido, pero se extiende como sombra, y no sé dónde ponerla para que me deje descansar.
Ya estoy más vieja y mi corazón no aguanta pasar por esto de nuevo.

Llego agitada al trabajo, casi a las nueve de la mañana, y recorro los pasillos de la biblioteca pensando en los fragmentos de tus silencios, esas promesas que llegaban y se iban como canciones improvisadas.
A veces creo sentir tus pasos detrás de mí y me doy vuelta esperando verte, pero siempre estás más que ausente.
Son solo las diez de la mañana e intento concentrarme, pero cada vez que miro por la ventana solo veo el viento arrastrando tu nombre entre hojas muertas y mojadas.
Quisiera ser pequeña y meterme entre las páginas de las novelas que hoy ordeno; vivir una historia donde el mundo regenere lo que tus ojos me entregan y me quita tu distancia.

Hoy el día transcurre sin pulso ni esmero. A la una de la tarde dentro de mí sigue lloviendo: me refugio bajo un toldo roto, temblando y cansada de perseguir sombras y huirle al duelo. Este frío cala hasta los huesos y me abrazo a mí misma, intentando contener el torrente denso del miedo y la tristeza que sube con cada recuerdo de cuando estabas apenas cerca y luego apenas lejos.
A veces, a las cuatro de la tarde, cuando todo parece desbordarse, cierro los ojos y me dejo llevar por la memoria de tus gestos, por tu risa que llegaba como un parpadeo de sol, por tus cálidos besos y tu mirada hipnotizante. Me aferro a eso pero poco a poco el goteo de mis ojos me devuelve a tu siempre paulatina ausencia.
Y así, a las cinco de la tarde, me voy a casa. Me meto a la ducha, donde mi llanto no se oye ni lo siento.
El agua cae tibia sobre mi piel y, por un instante, no sé si es lluvia o que me muero. Me quedo quieta, jadeante, dejando que todo corra por el desagüe, como si pudiera de ti vaciarme.
Ya son las diez de la noche y me acuesto en esa que fue tantas veces nuestra cama, y aunque hoy esté fría y un poco mojada, me abrazo a tu almohada esperando que mañana se me desintoxique el alma o que al menos el día me pese un poco menos.

*Los dibujos son de la autora