Los amaneceres rojos te obligan a mirar al cielo. Los enciende la luz temprana de la diosa Aurora, que cada mañana nos devuelve la ilusión de un nuevo día. Si te levantas pronto y miras al cielo verás los dedos de la diosa trazando rutas rosadas por el cielo.
Carmen dijo que ella nunca los veía, pues se levantaba tarde y cansada. Y cuando alguna vez lograba madrugar y salir a pasear, siempre iba mirando al suelo, hasta su propia cabeza le pesaba.
Los atardeceres rojos te obligan a mirar al cielo. Si hay suerte, al poco del ocaso pueden verse dos estrellas brillantes, son los caballos que tiran del carro de la diosa y la transportan por la noche hasta el nuevo día.

Carmen dijo que si era al atardecer peor todavía, pues fatigados el cuerpo y la mente, ya lo único que veía era la oscuridad de la noche, y dormir, y dormir, y no tener que despertar, ni levantar la vista del suelo.
Si tienes el hábito de levantarte pronto, y yendo al trabajo, o a pasear al perro, o a por el pan, levantas la vista al cielo, algo bello te entrará por los ojos y llegará al cerebro, y estimulará la dopamina, la hormona del placer y la alegría.
Carmen dijo que ella no debía tener eso en su cerebro, pues nunca sentía placer ni alegría, aunque, cómo lo iba a sentir si siempre iba mirando al suelo.
Si tienes la costumbre de pasear al atardecer y mirar hacia el ocaso, verás entre la penumbra la luz de los luceros despidiéndose del día, anunciando la oscuridad que a través de la retina llega al cerebro y estimula la melatonina, la hormona que nos prepara para el sueño.

Carmen dijo que tampoco tenía eso en su cerebro, pues siempre temía que llegara la noche, y con ella el miedo de no dormir, y las ganas de no despertar, y no tener que levantarse, ni tener que mirar al cielo.
Tras esta charla de psicoterapia celeste, le receté para el día dopamina y para la noche melatonina, y además le ordené un paseo matutino y otro vespertino, y así lo hizo, y algo mejoró, pero como no acababa de sentir los efectos de la diosa, le pedí un análisis de sangre.
Algo de anemia, dijo el analista, pero no severa.
En dos semanas, con un par de inyecciones de hierro y dieta abundante en lentejas de la Armuña y morcillas de Burgos, recuperó la color de las mejillas y elevó la vista al cielo.

Carmen dijo, por fin he visto a la diosa anunciar el día con sus tules rosados. Será imaginación, pero me recomendó un libro de un tal Homero donde ella sale mucho; me he puesto y me han dado las tantas, y me he perdido el atardecer, pero mañana no me lo pierdo. Aunque no sé si esto es normal o es que estoy drogada con tanta hormona, pero siento como un renacimiento de la vida.
Drogada sí que estas, le dije yo, pero del rosado divino del amanecer y el rojo sangrante del atardecer.
Y colorín colorado, está divina terapia se ha acabado.