Realismo de selva tropical

En la obra Everything Must Go (2007) del filósofo británico James Ladyman y del economista canadiense Don Ross, se intenta, probablemente, el ejercicio filosófico más sano que hay: naturalizar la metafísica, es decir, dejar de utilizarla como una máquina de generación de sandeces y comenzar a adecuarla al conocimiento científico disponible.

Entre todo lo que en este recomendable libro se dice, hay una idea que me ha llamado la atención, y no solo porque no la había escuchado antes, sino porque me parece una buena idea (lo cual, dicho sea de paso, no quiere decir ni que sea cierta ni que sea la mejor): el realismo de la selva tropical (Rainforest realism). En su ontología, Ladyman y Ross están en contra tanto del reduccionismo fisicalista clásico (lo único que hay son partículas) como del instrumentalismo (no sabemos qué tipos de objetos físicos existen, pero postularlos nos ofrece una buena herramienta para hacer buenas predicciones), defendiendo lo que llaman un realismo óntico estructural. Básicamente, la idea es que la realidad está formada por una jerarquía de patrones estructurales. Algo es real si se manifiesta como un patrón estable y robusto en los datos, permite hacer predicciones fiables y es indispensable para la explicación científica.  Por tanto, no existen objetos independientes en un sentido fuerte, ni tampoco las clásicas sustancias fundamentales.

Don Ross y James Ladyman

Ladyman y Ross nos ofrecen una didáctica metáfora vegetal para ilustrar mejor la tesis. Imaginemos una selva tropical. Al observarla vemos una gran densidad de estructuras: árboles, arbustos, lianas, animales, insectos, hongos, microorganismos… A su vez, vemos también una clara estratificación vertical: suelo, sotobosque, troncos, ramas, dosel y copa superior de los árboles… Nos encontramos con muchos niveles simultáneos con organismos y dinámicas propias que, a su vez, están entrelazados unos con otros. Por ejemplo, un insecto se nutre el néctar producido por flores situadas en altos niveles verticales en donde las plantas pueden recibir mejor la luz del sol y hacer la fotosíntesis. Al ir saltando de flor en flor, el polen impregnado en sus patas sirve para los procesos de fecundación de las plantas. La riqueza de formas, colores y aromas de las flores obedece a una carrera evolutiva por atraer la atención de los insectos polinizadores. Asimismo, los insectos co-evolucionan con las flores generando cada vez mejores mecanismos de vuelo y extracción de polen. Y, paralelamente, otros insectos y animales depredadores perfeccionan sus sistemas de caza en función, tanto de las formas, colores y aromas de las flores, como de los mecanismos de vuelo y extracción de polen de los insectos presa. Cuando uno de esos insectos muere, cae al suelo, donde hongos y bacterias degradan su materia, la cual enriquecerá de nutrientes un suelo del que las raíces de los vegetales se alimentarán para generar nuevas flores y reproducirse. Como vemos, multitud de procesos dinámicos se dan simultáneamente y a múltiples niveles y escalas: físico (partículas, campos), químico (moléculas, procesos) o biológico (células, tejidos, órganos, sistemas, organismos, especies, ecosistemas).

¿Con qué nos podemos comprometer ontológicamente en un escenario así? Con los patrones estructurales robustos que nos vayamos encontrando (Nótese la gran influencia de la teoría de los real patterns de nuestro querido Dan Dennett). Por ejemplo, para Ladyman y Ross, en contra del nominalismo, las especies biológicas existen. Una especie no es un objeto físico preciso sino un patrón de  reproducción y variación. Y es real porque permite explicar fenómenos como la evolución, adaptación y distribución geográfica de los organismos. Además, y esto es lo que me pareció más llamativo de esta teoría, no tiene por qué tener un reflejo ontológico a un nivel explicativo más fundamental. Es decir, la evolución darwiniana no tiene por qué ser explicable a nivel de partículas fundamentales. Cada nivel explicativo tiene su autonomía con respecto a los inferiores, no existiendo esa necesidad de explicación descendente del reduccionismo fisicalista. Tampoco existe ningún nivel de explicación privilegiado sobre los demás (de nuevo, otro golpe al fisicalismo). Ladyman y Ross ponen el ejemplo, entre otros, de la teoría de juegos en economía: es una teoría que no tiene nada que ver con la física, pero que permite captar la existencia de entidades reales y permite realizar predicciones correctas sobre el mundo. Si solo aceptamos como auténtica ciencia lo reductible a física estaríamos negando el éxito empírico a una multitud de teorías de otras ciencias.

Otra idea que me atrajo es cómo tratan la causalidad. En otras ontologías se destaca la causalidad como un elemento fundamental de la realidad. Para muchos es muy razonable sostener que algo es real cuando tiene poder causal sobre otras cosas. Hoy en día se habla de cierto renacimiento de las teorías realistas de la causalidad con, entre otros, el disposicionalismo fuerte de Stephen Mumford y Rany Lill Anjum. Sin embargo, para Ladyman y Ross la causalidad no es un ingrediente básico de la realidad sino algo derivado del nivel explicativo donde aparezca. Por ejemplo, en explicaciones de nivel físico, cuando se habla de campos, interacciones y ecuaciones dinámicas, la causalidad no aparece en el sentido ordinario en el que lo usamos. Sin embargo, cuando hablamos a un nivel macro, en biología, psicología o economía por ejemplo, la causalidad sí que aparece (el aumento del tipo de interés causó la caída de la inversión) como relación entre patrones estables.

¿Críticas? Por supuesto. Los real patterns de Dennett fueron ya criticados debido a que hacían depender la realidad de nuestra forma de conocerla. Si un patrón es real en la medida en que nos resulta útil para comprender y predecir,  hacemos depender la existencia de lo real de nuestros sistemas cognitivos. En términos kantianos, otras especies de organismos con sistemas cognitivos diferentes a los nuestros, captarían otros patrones distintos, por lo que vivirían en otra realidad. Además, la postura de Dennett llevaba a cierta superpoblación ontológica: existe el patrón de movimiento de una bandada de pájaros, la forma de las nubes, las constelaciones o cualquier regularidad estadística arbitraria… El mismo ejemplo ajedrecístico que ponía Dennett suena mal para las teorías más realistas o materialistas… ¿La defensa siciliana existe al mismo nivel ontológico que una roca de cuarzo en mi mano?

No obstante, Ladyman y Ross, intentan reforzar las tesis de Dennett introduciendo alguna restricción: no basta con que un patrón sea útil para que sea real, sino que tiene que ser indispensable para nuestras teorías científicas más maduras, más asentadas. En este sentido las constelaciones o la forma de las nubes no serían reales mientras que los electrones o los mercados financieros sí. Solo los patrones más robustos, altamente confirmados empírica e interdisciplinarmente, cobrarían existencia ontológica. Así reducimos la superpoblación e intentamos dar más objetividad a los patrones. Consecuencia profunda de esta idea: la ontología no es algo previo a la ciencia sino que es un producto de ésta. Es una tesis discutible, desde luego, pero siempre me ha parecido que nadie en mejor posición para decirme qué existe que la misma ciencia.

Hay muchas metafísicas y muchas ontologías, pero sin comprometerme con ninguna, de las que he leído o de las que han llegado a mis oídos, quizá la de Ladyman y Ross es la que mejor encaja con el conocimiento científico disponible. Así que si queréis una ontología científica, este libro os interesa.

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