En los últimos años, parece que tanto profesionales como aficionados de la crítica musical (o lo que queda de ella) hemos tendido a dulcificar nuestras posturas y, Twitter/x aparte, apenas se escriben ya comentarios destructivos sobre nada, pero creo que esto no responde a un aplanamiento del gusto o una pérdida de exigencia sino a que le hemos cogido el punto a la imperfección y hemos aprendido a poner por delante de nuestra propia percepción dos cosas: que sacar a la luz cualquier obra conlleva normalmente un esfuerzo considerable y un buen número de avatares pueden echar a perder las cosas por el camino, y que la visión de un artista en un momento determinado no tiene por qué coincidir siempre con la nuestra ni con la de la actualidad más inmediata.
Con todo, para los artistas y su público hay una especie de campana de Gauss en la que, durante la fase de crecimiento aguardamos por defecto que cada nuevo trabajo supere al anterior, pero sólo sabemos dónde está el pico una vez que ya lo hemos pasado. Hay artistas que, llegados a la fase de descenso, han intentado desesperadamente mantenerse en el foco, lo que suele llevar consigo una notable pérdida de autenticidad. Pero los que saben ocupar su lugar en cada momento tienen casi siempre algo valioso que ofrecer.
En 2026 han aterrizado entre nosotros buenos nuevos álbumes de artistas y bandas de rock que dejaron su pico atrás hace mucho mucho tiempo (desde Paul McCartney y los Rolling Stones, a Yes, Deep Purple y U2), y también el de los herederos a los que, a principios de este siglo, les colgaron la vitola de salvadores del género.
Hoy está más que aceptado por todos que The Strokes comenzaron directamente en el pico. Han pasado 25 años desde Is this it y el disco sigue empeñado en asentarse cada vez más como una colección de canciones milagrosa y perfecta. Durante los años siguientes a su lanzamiento, la banda de Julian Casablancas sobrevivió más mal que bien a un escrutinio cruel que despreció en demasía los trabajos posteriores. Ellos consiguieron mantener el tipo gracias a unas cuantas canciones sueltas que estaban al nivel deseado (Reptilia, 12:51, You only live once, Heart in a cage), y que hacían esperar que, en un futuro, pudieran volver a cuadrar todas las piezas.

Pero para cuando salió Angles (en 2011, justo diez años después de Is this it), y a pesar de la fuerza de Under cover of darkness, la opinión general pasó injustamente de ser moderada y condescendiente a la mofa y a la masacre. Y cuando en 2013 llegó Comedown machine, la desorientación evidente de la banda hizo que muchos les preparasen el sepelio.
Ellos mismos tuvieron más claro que nadie que había que parar. Se abrió entonces el espacio para los discos en solitario (recuperen Francis Trouble, de Albert Hammond Jr.) y los proyectos paralelos (The Voidz, principalmente).
En 2018, después de cinco años de hiato, Arctic Monkeys daban un volantazo a las expectativas declarando que se habían hecho mayores y no iban a arredrase ante ello. Para abrir esta fase, Alex Turner cantaba “I just wanted to be one of the Strokes”.
Los susodichos también hicieron borrón y cuenta nueva, pero necesitaron dos años más para materializarlo. The new abnormal ha adquirido un estatus muy particular dentro del canon del grupo. Salió en abril de 2020, por lo que sus primeros pasos estuvieron íntimamente ligados a su título, la nueva anormalidad de la pandemia. Sobre el papel ya había cambios notables, puesto que las canciones habían pasado de orbitar en torno a los 3 minutos para hacerlo en torno a los 5-6. Los títulos se revestían de una cierta oscuridad, los medios tiempos y las estructuras menos directas se abrían paso. Pero, escuchando temas como The adults are talking, quedaba claro que la esencia estaba mejor preservada que nunca, ese toque maravilloso de simplicidad sofisticada y guitarras chispeantes que es su seña de identidad. Cuando el accidentado contexto de salida va quedando afortunadamente cada vez más lejos, The new abnormal se ha asentado como nueva vara de medir, siendo el álbum de The Strokes favorito de su última generación de adeptos y el que mayores cifras de streaming acumula.

Sin ningún tipo de urgencia, han transcurrido otros 6 años hasta recibir Reality awaits, cuyas primeras reacciones (sobre todo respecto a los singles de adelanto) fueron tan destructivas como efímeras. Apenas han pasado dos semanas desde el lanzamiento oficial del disco y muchos ya se están retractando de sus opiniones más apresuradas. Esto es debido al señuelo que han empleado Julian Casablancas y compañía, una trampa urdida para, en apariencia, sabotear su propio disco creando un filtro de entrada. No hay crítica alguna que no haga referencia a esto, es imposible obviarlo. La mejor definición que he leído es la de pastel de autotune, pues el uso de este recurso para retorcer la voz natural de Casablancas es desproporcionado, obsceno, antinatural. Una apuesta decidida por poner el artificio en primer plano, acentuado con el uso de la imagen del vaquero de Richard Prince para la portada (un tiro en el pie respecto a la cierta consonancia estética de sus anteriores cubiertas). El truco ha resultado ser tan grueso como efectivo, puesto que todo el mundo ha señalado en esa dirección, desnudando el funcionamiento de la mente colmena de nuestra era y sirviendo de carta de presentación a la temática desencantada y madura del disco, con una realidad cada vez más desvirtuada e inaprensible en el fondo pero que nunca deja de estar acechante.
Porque una vez acostumbrados a la cobertura del pastel, resulta que el relleno es bien jugoso y los ingredientes están mezclados a la perfección. Entre los meandros de estas canciones (otra vez mayormente entre los 4 y los 6 minutos de duración) asoman progresiones dramáticas bien armadas, guitarras, teclados y percusiones vivas que se complementan de forma orgánica y destilada, pasajes que nos llevan a lugares familiares bajo un paraguas pop y otros más alucinados y psicodélicos que nos sueltan la mano con progresiones armónicas muy conseguidas (el final de Falling out of love podrían haberlo firmado los mejores MGMT). La extrañeza y falta de ganchos inmediatos hacen que el primer acercamiento a Reality Awaits sea más bien nublado, pero la gran destreza con la que se desenvuelve el conjunto va despejando los cielos hasta revelarlo como un paso adelante decidido, nada complaciente y con muchos hilos de los que tirar. The Strokes saben dónde quieren estar y cómo transmitirlo. Bendita madurez.